La sotana del cura

La sotana del cura

Por Félix Massó Milleiro

Don Heliodoro, el cura del pueblo, era una persona rebosante en virtudes pero extremadamente pobre.

Sus feligreses avergonzados de verlo siempre con su raída sotana, decidieron hacer una colecta para comprarle una nueva, que estuviese acorde con la condición sacerdotal.

Reunieron el dinero, y convencieron a don Heliodoro a que aceptara el regalo.

Hablaron con Valeriano, el sastre, ajustaron el precio del encargo, y le dijeron que el señor cura pasaría por la sastrería para que le tomara las medidas.

El resultado fue que, al poco tiempo, el señor cura estrenó una flamante sotana.

Desde entonces, cuando don Heliodoro se cruzaba con alguno de sus feligreses lo señalaba con el dedo y hacía lo mismo con la sotana, como diciendo: la sotana que visto me la compraste tú y estoy en deuda contigo.

El señor cura parecía acometer la liturgia con renovados ánimos, como felicitándose de tener unos feligreses bendecidos con la virtud teologal de la caridad.

Mientras tanto, en el pueblo comenzó una especie de cisma que consistía en  establecer que en los bancos de la iglesia el lugar en donde sentarse quedase determinado por la cuantía aportada para la compra de la sotana. Recurrieron a la lista de donantes, que conservaba el alcalde y se pusieron a elaborar un plano de la nave del templo en el que figurase el lugar y el nombre de cada feligrés, según había sido su aportación.

Sorprendentemente, y para escarnio de los ricos del pueblo, los primeros puestos en los bancos fueron ocupados por los más humildes del lugar.

La reacción no se hizo esperar y los desplazados de los primeros puestos propusieron que las ubicaciones no fueran inamovibles, y cambiasen en función de las donaciones que se hicieran en las colectas que se realizaban al final de la ceremonia de la misa de doce de los domingos. Se decidió que las colectas serían supervisadas por Gervasio, unos de los contables del banco, que redactaría una lista con los nombres de los donantes y las cantidades aportabas por cada uno de ellos.

Aquello fue, nunca mejor dicho, un alabar a Dios, jamás se había recaudado tanto en las colectas de los domingos.

Poco a poco, los ricos del pueblo fueron ganando posiciones hasta hacerse con los primeros puestos en los bancos de la iglesia.

No satisfechos del todo, a alguien se le ocurrió que la medida debería de extenderse a la hora de establecer el lugar a ocupar en la fila de los comulgantes. A tal efecto, se estableció que Anselmo, el sacristan, elaboraría otra lista en la que se reflejasen quienes deberían de ocupar los primeros puestos a la hora la recibir la comunión.

El asunto alcanzó tal entidad que nombraron a Eulogio, el acomodador del cine, encargado de situar en los bancos al personal y establecer el orden en la fila de aquellos que decidiesen comulgar. 

Al final, aquello se parecía más a un cine que a una iglesia, llegándose a extremo de que algunos le daban propina al acomodador.

Para evitar que la medida se extendiese a los confesionarios, se decidió poner una maquinita como la que había en el banco y que aquellos que acudiesen a hacer la confesión de sus pecados, cogiesen un número que le indicaría su turno a la hora de acudir al confesionario.

Algunos intentaron que el sistema se implementase en las filas de las procesiones y de los rosarios de la aurora, pero el asunto se presentó tan complicado que desistieron en su empeño.

El asunto llegó a oídos del señor obispo que no daba crédito a lo que le estaban contando. Decidió llamar al párroco para conocer, de primera mano, que es lo que estaba sucediendo en la parroquia.

Don Heliodoro, ante la reprimenda recibida, le pidió disculpas al señor obispo y le dijo había transigido con las medidas adoptadas por sus  parroquianos para evitar enfrentamientos.

De regreso al pueblo, en la primera misa de doce que celebró después de su entrevista con el señor obispo, le comunico a sus fieles que se numerarían los bancos y que a la entrada de los actos religiosos se dispondrían tres saquitos con números en su interior, como en la lotería, de uno de ellos se extraería el número que indicaría el lugar a ocupar en los bancos, en otro el número para la fila de la comunión, y en el tercero el número que establecería el turno a la hora de acudir al confesionario.

Desde el púlpito, el sacerdote, apercibió a su rebaño, diciéndole

- Espero que cuando me compréis otra sotana no volváis a caer en el pecado del egoísmo. En lo que a mí respecta, quedáis perdonados, y espero que el señor obispo me haya perdonado a mí.

La tranquilidad volvió a la parroquia, al menos, mientras don Heliodoro no necesitó una sotana nueva.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Mantequilla de cacahuete

Condenado a no opinar