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Mostrando entradas de abril, 2023

El quincallero

El quincallero Por Félix Massó Milleiro Se llamaba Manuel y vivía de la venta de pequeños objetos de todo tipo en   ferias y mercadillos, y de comerciar con algunas antigüedades que caían en sus manos. Manuel nació en una ciudad en donde su padre tenía una pequeña librería de viejo. A Manuel nunca le atrajo estudiar, y a duras penas consiguió el título de Bachiller elemental. Cuando alcanzó la edad necesaria se presentó de voluntario para el cumplimiento del servicio militar y librarse, cuanto antes, de la atadura que representaba. Una vez licenciado decidió irse de la ciudad y emprender una búsqueda de oportunidades. Por aquel entonces, muchos jóvenes decidían probar suerte en otros países. Algunos de sus amigos habían emigrado a Bélgica, a Francia, o a Alemania. Manuel decidió probar suerte y la oportunidad le surgió cuando se solicitaron trabajadores para realizar la vendimia francesa. Su trabajo había de realizarlo en la región vinícola de Bourgogne. Tras un lar...

La sotana del cura

La sotana del cura Por Félix Massó Milleiro Don Heliodoro, el cura del pueblo, era una persona rebosante en virtudes pero extremadamente pobre. Sus feligreses avergonzados de verlo siempre con su raída sotana, decidieron hacer una colecta para comprarle una nueva, que estuviese acorde con la condición sacerdotal. Reunieron el dinero, y convencieron a don Heliodoro a que aceptara el regalo. Hablaron con Valeriano, el sastre, ajustaron el precio del encargo, y le dijeron que el señor cura pasaría por la sastrería para que le tomara las medidas. El resultado fue que, al poco tiempo, el señor cura estrenó una flamante sotana. Desde entonces, cuando don Heliodoro se cruzaba con alguno de sus feligreses lo señalaba con el dedo y hacía lo mismo con la sotana, como diciendo: la sotana que visto me la compraste tú y estoy en deuda contigo. El señor cura parecía acometer la liturgia con renovados ánimos, como felicitándose de tener unos feligreses bendecidos con la virtud teologa...

Campanadas asesinas

Campanadas asesinas Por Félix Massó Milleiro Don Heriberto era un indiano que, habiendo hecho una fortuna en tierras brasileñas, regresó a Tuy, su ciudad natal. Su hijo Alvarito iba a la academia de don Daniel y era un chaval un tanto aplicado. Todavía no había hecho el ingreso en el bachillerato y ya redactaba muy bien. El caso es que don Daniel, que sabía que don Heriberto no tenía estudios, se animó a visitarlo y hablarle de las virtudes literarias que adornaban a su hijo Alvarito. Le animó a que fomentara la lectura en su pupilo y que él colaboraría en la acción prestándole algunos libros que le sirvieran de iniciación. El indiano había invertido parte de su dinero en tres tipos de negocios: una empresa dedicada a la construcción, una tienda de electrodomésticos, y una imprenta. Pasó el tiempo y un cultivado Alvarito, que estudió la carrera de Filosofía y Letras, empezó su carrera literaria orientándose a escribir cuentos cortos. El tiempo libre que le quedaba después de ...

Mi pueblo, y sus personajes

Mi pueblo, y sus personajes ¡Ah, el pueblo!. El pueblo es nuestra casa común. El pueblo es, también, sus personajes. Andrés el Rata -así le llamaban-, era un zapatero remendón que tenía, como mascota, una rata metida en una jaula. La cuidada con esmero. A los chillidos del animal, prestaba especial atención su gato, El Rata lo tranquilizaba y, acariciándolo, le decía - Tranquilo, gato, cuando la palme, te la comerás Era cojo; había quedado tullido a causa de la poliomielitis. Marcial el Furtivo, se dedicaba a capturar pájaros en el campo. Cogía jilgueros, pardillos, camachuelos, y verderones, que vendía a los aficionados al silvestrismo. El resto del tiempo lo dedicaba a disecar animales y a hacer chapuzas.. Evaristo el Tenazas, el herrero, tenía muy mala leche. Corría a los niños que curioseaban su trabajo, los perseguía blandiendo las enormes tenazas con las que sujetaba los hierros que calentaba en la fragua, gritándoles - ¡Como os coja, os voy a poner las orejas al ro...

Juventud, divino tesoro

Juventud, divino tesoro Por Félix Massó Milleiro En el pueblo, la vida de los ciudadanos discurría con tranquilidad. A veces era perturbada por algún acontecimiento inesperado. La buena convivencia, salvo raras excepciones, era lo habitual. Las trastadas de los niños eran asumidas con estoicismo por el vecindario. Los domingos, en la misa de las doce, la Iglesia solía abarrotarse, y don Perfecto aprovechaba la ocasión para, desde el púlpito, pedirles devoción y buen comportamiento a sus feligreses. A don Perfecto lo mosqueaba ver a algunos comulgar y no recordar que hubiesen pasado antes por el confesionario. Apartaba sus dudas pensando que, a lo mejor, se habían confesado con alguno de los frailes del convento del Colegio Salesiano que estaba en las cercanías del pueblo. Aunque pensando en alguno de los personajes, esa posibilidad no lo tranquilizaba. Las procesiones eran acompañadas por una marcha procesional interpretada por la Banda Municipal que dirigía don Luis. Los dom...

Muletillas

Muletillas Por Félix Massó Milleiro Todos estaban jubilados y en entre ellos, se conocían por sus muletillas. Por ejemplo; cuando veían a don Fermín, el médico, decían: Ahí viene No tiene cura. Era su coletilla. Se relacionaban de jugar una partida de tute, de pasear juntos, de compartir un banco en el jardín, o de sentarse juntos en la mesa de la terraza de un bar. Don Javier, cuando mantenía una conversación con alguien, utilizaba mucho - Toma jarabe El abogado, don Julio, si las circunstancias le daban pie a ello, solía apuntar - Una causa perdida Don Antonio el juez, decía - En caso de duda El jefe de correos, don Justo, formulaba - Vaya paquete Francisco, el carpintero, exclamaba - No pega ni con cola A Ricardo, el ferretero, le gustaba utilizar la frase - Menudo clavo El panadero, que se llamaba Luis, soltaba, siempre - Es harina de otro costal García, el pastelero calificaba los hechos diciendo - Menudo merengue El fotógrafo, exigía precis...

Robín

Robín Por Félix Massó Milleiro Se llamaba Raimundo pero en el pueblo todos lo conocían como Robín. Años atrás sus familiares esperaban la llegada de Raimundo, que había emigrado a hacer las Américas. Cuando lo vieron bajar por la escalerilla del barco, se percataron de que su pariente no había sido muy afortunado en su aventura. Su raido traje y la maleta de cartón que portaba no eran buenos augurios. Descubrieron qué en sus cartas les había mentido. Raimundo estaba ya muy cerca de cumplir los setenta años de edad. Una vez en el pueblo, lo alojaron con ellos. En la trastienda de la zapatería colocaron un jergón para que pudiera pasar las noches hasta que encontrase un acomodo. En su casa estaban demasiado apretados y no podían ofrecerle un alojamiento permanente. Podían darle de comer y cubrir sus primeras necesidades, pero quedaba pendiente buscarle un sitio en el que pudiera vivir los últimos años de su vida. A la hora de la cena, su hermana le preguntó por qué los había enga...

Memorias de un psiquiatra

Memorias de un psiquiatra Por Félix Massó Milleiro Decidí ser médico cuando leí La historia de San Michele. También, siempre tuve una gran inclinación hacia el mundo de las letras. En los años que pase en Santiago de Compostela fui miembro del   Partido Galeguista cuyas cabezas visibles eran Ramón Piñeiro y Domingo Garcia Sabell, teniendo como compañero de fatigas, entre otros, a José Manuel Beiras con quien me unió una amistad hasta el final de mis días. Siendo estudiante de medicina gané la “Flor Natural”, otorgada a la mejor poesía en castellano, en los juegos los florales que organizaba la Universidad de Santiago de Compostela, y publiqué varios trabajos en el periódico “La Noche”. Terminé la carrera y elegí la especialidad de psiquiatría. Por aquel entonces la psiquiatría en España estaba en mantillas. Ser psiquiatra era poco más que aspirar a ejercer la profesión en un manicomio. Con el título en el bolsillo, y sin encontrar una salida, no tuve más remedio que dec...