Condenado a no opinar

Condenado a no opinar

Félix Massó Milleiro

John Palmer escribía artículos de opinión en uno de los periódicos más prestigiosos del país.

Sus crónicas tenían fama de ser un tanto escurridizas. Le decían que su máquina de escribir perdía aceite.

El jefe de redacción del periódico le dijo:

- Muchacho, acostúmbrate a no escribir cosas tan incisivas, a los “dueños” no le gustan.

Palmer sabía a quienes se refería.

A veces, pensaba que era cuestión de tiempo que lo invitaran a dejar de opinar.

Al cierre de la edición, solía pasear con Poppy, una  guapa periodista que decía que el sujetador le resultaba una prenda imprescindible, algo así como la soga a un ahorcado.

En el garito en donde solían tomar la última copa, a esas horas de la madrugada, al barman se le ponía cara de pijama.

Una mañana, el director del periódico le llamó a su despacho y le dijo:

- Amigo mío, estuve pensando que sería conveniente que te ocupases de la crónica social.

Palmer le respondió:

- Harry, siempre sospeche que lo tuyo era escribir en letras de cambio.

- Me conoces lo suficiente como para oler que ya has encargado mi funeral.

Se levantó, y se fue dando un portazo.

A día siguiente decidió no volver al periódico y probar suerte como periodista freelance. Su carta de dimisión se adelanto al finiquito que recibió días después, por correo ordinario.

Experimentó una agradable sensación de libertad. Un sentimiento del que había disfrutado trabajando en el periódico que tantas satisfacciones le había proporcionado.

Al cabo de unos días, se encontró con Poppy.

- Querida, ¿cómo estás?, ¿te apetece tomar una copa con un moribundo?

La muchacha sonrió, y le dio un abrazo.

Caminaron juntos mientras comentaban lo que estaba sucediendo en el periódico desde hacía tiempo.

La autocensura por miedo a perder el empleo, y el servilismo, estaban transformando su profesión en una cloaca.

Vivían en un circo en el que los payasos se habían hecho dueños de la pista y a los pocos tigres que quedaban les estaban haciendo la manicura.

- Y tú, ¿qué piensas hacer, Poppy?.

- No lo sé, John, estoy buscando una salida.

Se acercaba la hora de visitar el garito en donde un barman con cara de pijama les serviría la última copa.

Al día siguiente los periódicos, los malditos periódicos, sacaban la noticia de que una joven periodista había sido encontrada muerta en su apartamento.

Aquella noche había tomado su última copa. Pero eso, solo ella, John, y un barman con cara de pijama, lo sabían.

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