Cuestión de tiempo
Cuestión
de tiempo
Por
Félix Massó Milleiro
El tiempo marca nuestra
infancia, nuestra adolescencia, nuestra madurez y nuestra decadencia.
A mí me parece que el reloj es
uno de los inventos más siniestro de la historia de la humanidad. Desde su
invención le existencia la vida del ser humano está controlada por esas
malvadas máquinas.
Imagino a los primeros
homínidos viviendo sin preocuparse de que un artefacto les vaya midiendo la
vida. Supongo que su cotidianidad estaba más marcada por la luz que por el tiempo,
quizás por eso prefirieron cazar y descubrir el fuego a ser relojeros. Supongo
que cuando amanecía saldrían de sus cuevas y se limitaban a satisfacer sus instintos
y sus necesidades. Cuando oscurecía se refugiarían en sus cuevas o cavernas
(por eso les llamaron hombres de las cavernas) hasta que volvía a amanecer. No
estaban sujetos a horarios que condicionaran sus vidas. Únicamente dependían de
cosas tan simples como es la rotación del planeta. A eso le llamo yo llevar una
vida sencilla aunque no exenta de complicaciones. Para mayor gozo aun no se
habían inventado la propiedad privada ni el capitalismo. Lo que sigue siendo un
misterio es como resolvían el problema del ¿a qué hora quedamos?.
Cuando a algunos les entró
la manía de medir el tiempo, comenzó a terminárseles la fiesta.
El primero fue el reloj el de
sol. Solamente era útil cuando lucía el sol. Síí, ya sé que suena un poco raro,
pero no me pareció correcto decir: “Soleadamente era útil cuando lucía el sol”.
Si se nublaba el día no había modo de saber si había llegado la hora de ir al
cine. Para colmo de males no podían llevarlo en el bolsillo ni ponérselo en la
muñeca ¿Se imaginan ustedes a un señor con un reloj de sol de pulsera?.
Para resolver el problema de
la nocturnidad sin alevosía, a alguien se le ocurrió recurrir al agua para
resolver el problema. Nació el reloj de agua que, asimismo, atendía al nombre
de “Clepsidra”. A mí el nombrecito me sugiere a un monstruo que, si uno se
descuida, le salta a la yugular y le chupa la sangre. Supongo que a Bram Stoker
no le hubiese importado, a su famosa novela sobre la vida de un vampiro titularla:
“Clepsidra”.
A otro inventor se le
ocurrió utilizar el efecto de la gravedad para resolver el problema de saber
cuando un huevo pasado por agua está en su punto, e inventó el reloj de arena.
En los lugares en donde suelen tener
cortado el suministro de agua, como es el caso de los desiertos, el reloj de
agua carece de utilidad a la hora de
tener que cocinar un huevo pasado por agua (alguien pensará que estoy
obsesionado con los huevos pasados por agua). El correcto uso de este artefacto
obligaba a darles la vuelta cada vez que su recipiente superior vaciaba su
contenido en el recipiente inferior. Se supone que los poderosos disponían de un
esclavo cuyo trabajo consistía de darle la vuelta a los distintos modelos, y
marcas, de sus relojes de arena. Durante el tiempo que se pusieron de moda este
tipo de relojes, el planeta estuvo a punto de quedarse sin desiertos y sin
playas. Claro, todos querían tener un
reloj de arena, y no había arena para tantos relojes.
El uso del resorte fue
crucial para el avance de la relojería. La energía necesaria para el
funcionamiento de los relojes ya no dependería del sol, del agua, de la arena,
ni de las pesas. La energía necesaria para el funcionamiento del reloj se
almacenaba en un resorte, cuyo nombre se vulgarizó con el tiempo y pasó a
llamarsele “cuerda”. De ahí surgió la expresión: “voy a darle cuerda al reloj”;
aunque a mí me resulta más científico decir:
“voy a tensarle el resorte al reloj”.
El resorte y las pesas se
utilizaron, indistintamente, para hacer funcionar los relojes de péndulo (siglo
XVII). Estos relojes tienen un cierto poder hipnótico, No es se recomendable fijar
la mirada en el péndulo de uno de estos relojes. Puede uno entrar en un estado
que le haga predisponga a obedecer y
hacer todo lo que le pidan. Se cuenta que algunos partidos políticos pensaron
regalarles relojes de péndulo a sus votantes, previa entrega de un certificado
que los acreditase como tales.
Tengo un reloj de péndulo al
que unos amigos asturianos, cuando venían a visitarnos y dormían en casa, antes
de acostarse interrumpían el ir y venir del péndulo porque sus campanadas
perturbaban su sueño. A mí, sin embargo, escuchar, en sueños, las campanadas de
mi reloj de péndulo me transportaban a Londres (London). Desde que fue lo del
asunto del “Brexit” paré el reloj. Además,
ya estuve tres veces en Londres (London).
Los hermanos menores de los
relojes de péndulo son los relojes de cuco que se inventaron en la Selva Negra
a mediados del siglo XVIII. Se llaman así porque simultáneamente a las
campanadas horarias, y por una puestecita, sale un cuco cantando: cucú, cucú,
cucú, por ejemplo, cuando dan las tres.
Aunque parezca mentira, el
reloj eléctrico fue inventado, por otro “manitas”, a mediados del siglo XIX. De
este no voy a hablar, no vaya a ser que me de una sacudida.
Me encantan las torres de
reloj que tienen figuras que, cuando dan las campanadas, salen por una puerta,
y entran por otra. A veces alguna figurilla sale un poco rana. Es el caso de la
que atraviesa con su espada a Franz
Kindler (Orson Welles) en la película titulada “El extraño” (The Stranger
-1946). Le estuvo muy bien, por nazi.
En la actualidad, los seres
humanos podemos consultar la hora en multitud de artilugios electrónicos o
relacionados con la electrónica. Me reservo el derecho de no enumerarlos.
Por cierto, cuando alguien
consulte su reloj deberá conocer a que velocidad está circulando, lo aconsejo
por si tiene que aplicar lo que dice la Teoría de la Relatividad al respecto;
no vaya a ser que cuando llegue a su destino se encuentre a su pareja
convertida en una piltrafa.
Bueno he decidido no perder
más el tiempo.
Ah, se me olvidaba.
Recuerden ustedes que el tiempo es oro, y que las horas, oro dan.
Comentarios
Publicar un comentario