El globo de mi hijo
El
globo de mi hijo
Comencé a ejercer la
medicina en un pueblo de Galicia en el año 1944. Mi consulta se limitaba a una mesa, un
estetoscopio, un tensiómetro de mercurio, un termómetro, y algunos instrumentos
sencillos para practicar cirugías
menores.
Me establecí como médico de
medicina general, que es una especialidad que no requiere especialización.
En esta práctica es
fundamental lo que se llama “ojo clínico” que consiste en saber utilizar los
conocimientos adquiridos para diagnosticar acertadamente una enfermedad.
Al poco tiempo de
establecerme, mis condiciones económicas me permitieron adquirir un equipo de
rayos X.
En aquel momento la ley del
seguro obligatorio de enfermedad promulgada resultaba prácticamente inoperante
para la mayoría de la población. Si alguien necesitaba acudir a la consulta de
un médico tenía que pagar el servicio.
Aunque cuando llegué al
pueblo ya había un par de galenos más, nunca me faltó clientela.
Además de atender a quienes
acudían a mi despacho, tenía que realizar consultas a domicilio, frecuentemente
para asistir a ancianos que padecían enfermedades crónicas.
En esa época las farmacias
ya disponían de de específicos producidos y suministrados por la industria
farmacéutica, sin embargo, todavía se elaboraban las llamadas “formulas
magistrales” que eran preparados elaborados por el farmacéutico. Las más
comunes eran cremas y pomadas de usó tópico para atajar problemas
dermatológicos, jarabes para uso pediátrico, además de píldoras y supositorios
para usos específicos.
En el año que me establecí, las sulfamidas eran las armas más eficaces de
todas las que disponíamos para combatir las enfermedades infecciosas.
Entonces le llegó el momento
a una sustancia que, hasta entonces, únicamente había sido utilizada por los ejércitos de los aliados. Esa sustancia
era la penicilina, un milagro que nunca podemos dejar de agradecer al Dr.
Fleming, su descubridor.
Al principio la principal
fuente de abastecimiento de la penicilina era el contrabando. Recuerdo el caso
de un niño que padecía de una amigdalitis muy rebelde que no cedía con los
tratamientos convencionales. Uno de sus familiares se desplazo al mercado de
“La piedra” de la ciudad de Vigo para comprar penicilina. Se le inyectó al niño
y el resultado fue espectacular, parecía algo milagroso. Una experiencia
inolvidable.
La penicilina fue para la
sífilis lo que la estreptomicina para la tuberculosis. Hasta entonces solo se
disponía de tratamientos a base de arsénico que resultaban poco eficaces sobre
todo cuando la enfermedad estaba en un estado avanzado.
La tuberculosis también era
una enfermedad que carecía de tratamientos eficaces hasta la llegada de la
estreptomicina.
Bueno, como me estoy
enrollando demasiado, es hora de
contarles un par de anécdotas.
La que voy a relatarles
sucedió a mediados de los años sesenta. Tenía un paciente al que por el llamado
“seguro” le correspondía le atendiese otro de los médicos del pueblo. Mi
paciente me contó que en una de las consultas, el médico, observándolo
atentamente, le espetó: ¡Que fuerza tiene
usted en al ojo derecho!. Mi colega desconocía que su paciente tenía un
ojo de cristal.
Mi amigo el farmacéutico no
solo servía para despachar específicos y realizar fórmulas magistrales, también
inflaba globos. Se preguntarán ustedes que tiene que ver esto con la medicina,
¿verdad? Pues no tiene nada que ver,
pero se lo voy a contar.
Resultaba que los globos que
hinchába soplando no le hacían mucha ilusión a mi hijo que veía como, en las
películas, los niños llevaban unos globos que flotaban y no se caían al suelo
como los de él.
Como yo conocía cual era el
truco por aquello de los dirigibles, hablé del problema con mi amigo el
farmacéutico quien me dijo que no me preocupase, que pasara el sábado por la
farmacia con unos globos y que él me daría la solución.
Llegó el sábado y allí
estaba yo con mis globos. Cuando llegue vi que tenía preparadas dos botellas de
cristal conectadas a través de sus tapones por unos tubos de goma. Comprobé como
sujetaba el globo al ultimo tubo del circuito y procedía a introducir en la
primera botella unas tiras de algo que parecía metálico; entonces el globo
comenzó a inflarse y llegado el momento en el que el globo se inflo de todo, lo
desconecto del circuito, los ató con un cordelito y se los dio a mi hijo que,
sorprendió y contentísimo se fue con un globo como los que veía en las
películas.
Mi amigo el farmacéutico y
yo, nos partíamos de risa ante lo eficaz que resulta la ciencia para satisfacer los deseos de un niño.
Actualmente, estoy retirado,
lo que es muy lógico si se tiene en cuenta que tengo ochenta y cuatro años de
edad. Mi hijo, el del globo, también es médico.
Supongo que se habrán dado
cuenta ustedes de que todo lo que les conté tenía como objetivo contarles lo
del globo de mi hijo.
Y es que… hay amores que
matan; aunque uno sea médico.
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