El jardín de la farmacia
El
jardín de la farmacia
Por
Félix Massó Milleiro
Se accedía al jardín
mediante unas amplias escaleras de piedra.
Lo primero que se veía era
un arco cubierto por un rosal trepador de flores blanquísimas.
A la izquierda solía estar
“Chicho”, el perro, tumbado al lado de su caseta, calentándose con
los rayos del sol.
A la derecha había una
caseta y dentro, unas cajas de madera en donde los champiñones
brotaban y se desarrollaban.
Encima de la caseta había un
gran palomar en donde, en la primavera, las palomas se apareaban y hacían sus
nidos sus nidos. Podían oírse los gorjeos de los palomos defendiendo su territorio.
A la derecha del
galpón había un melocotonero viejo y encorvado tentando al visitante con sus
escasos pero hermosos melocotones.
En un rincón estaba
Toniño, durmiendo envuelto en una mantita, mientras su madre, que se llamaba Amalia cuidaba el jardín.
A veces podía
verse como una señora mayor podaba un gardenio y cortaba algunas de sus blancas
y olorosas flores. Desde allí, por el
rabillo del ojo vigilaba a un niño que jugaba con una paloma blanca de peineta
en una galería.
A la enredadera que cubría
la pared de la casa colindante, al atardecer, acudían los gorriones a
refugiarse para pasar la noche.
En la pared situada a lo
largo de la izquierda del jardín estaban las colmenas. La abejas despegaban y
aterrizaban como si fuesen unos pequeños aviones. Se afanaban en ir a buscar y
traer lo que necesitaban para alimentarse y elaborar la miel. El zumbido que
hacían al volar alegraba el ambiente.
Donde terminaba la
enredadera había un peral de los llamados de peras de invierno, Sus frutos
redondos y de de color amarillo pálido parecías lunas que colgaban de árbol.
Más allá del peral estaban
los ciruelos. Los había que daban unas ciruelas rojas que parecían enormes
rubíes. Los que ofrecían sus ciruelas
amarillas parecían tener en sus ramas una multitud de amaneceres.
Al fondo del jardín estaba
un enorme pozo cegado desde hacía mucho tiempo.
Próxima al pozo, elevaba sus
poderosas ramas una higuera que en el mes de septiembre, regalaba unas sabrosísimas brevas.
Cuando llegaba la noche, las lombrices brotaban del suelo para
aparearse.
En las cercanías del día de
San Juan, un señor que tenía una taberna que lindaba con el final del jardín nos
llamaba a voces para invitarnos a probar sus sardinas.
Era el jardín de la
farmacia.
Era mí jardín.
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