Jorobado de nacimiento
Jorobado
de nacimiento
Por
Félix Massó Milleiro
Una vez me contaron que había
una mula y un caballo que sabían hablar. La mula se llamaba Francis y el
caballo Mr. Ed. Francis llego a ser una estrella de cine en Hollywood y Mr. Ed fue
muy famoso en la televisión. Hasta tal punto fue célebre que le hicieron una canción
que decía así:
Caballo
con voz
no
hay dos
no
hay dos
solo
Mr. Ed tiene bella voz
feliz
de aquel
que
escucha al sabio caballo Mr.Ed
es
toda una fuente del saber
para
él no hay problema sin solución
ustedes
lo verán
el
gran Mr. Ed es un campeón
Yo solo soy un dromedario,
tengo una magnífica joroba, pero no se hablar. Mi primo, el camello, tiene la joroba
repetida. Aunque a ustedes les parezca extraño, no tengo una sola joroba porque
haya empeñado la otra, es que ya naci así. A veces añoro no tener dos jorobas y
me siento bastante frustrado cuando lo pienso, aunque lo lógico sería que me
sintiese bastante jorobado, porque lo de las jorobas es lo mío. No obstante, me
basta con una joroba para que me sienta jorobado.
Se preguntarán ustedes para
que servímos los dromedarios. Trataré de explícaselo en la medida que ello me
sea posible porque, como se habrán imaginado ustedes, al ser un dromedario,
tengo serias dificultades para expresarme.
Mi verdadero nombre es
Camelus dromedarius pero no lo utilizo
porque me resulta un tanto rimbombante. Mis primos, los camellos, tampoco son
mancos en eso del nombre, se llaman Camelus bactrianus. No sé cual de los dos puede
resultarles más ostentoso.
Primero voy a explicarles
para que sirve una joroba, además de para que alguien aficionado a jugar a la
lotería me pase su décimo por ella.
Nuestra joroba es como un
aljibe que tiene la propiedad de almacenar grasa y convertirla en agua y en
energía, cualidad que hace más soportable mi vida en el desierto. ¿Se imaginan
por qué? ¿No? Pues es muy fácil de adivinarlo, porque en los
desiertos escasean el agua y los alimentos. Podemos caminar grandes distancias sin
necesidad de beber y somos capaces de estar mucho tiempo sin probar bocado.
Aunque les parezca mentira,
nací en la isla de Tenerife y de allí, todavía siendo un camellito, me trasladaron
a vivir en el desierto de enfrente.
Viví muchos años en una familia de tuaregs; son un pueblo nómada que viaja por el desierto
del Sáhara. Los tuaregs hablaban en
tamashek por lo tanto nunca entendí nada de lo que hablaban. Vestían, cubiertos de los pies a la cabeza, con
ropas y turbantes de color azul.
A los dromedarios nos
utilizaban para trasladarse de un lado a otro que es una manía que tienen los
tuaregs. Por eso les llaman nómadas del
desierto. Cuando la palmamos nos convierten
en alfombras, me entristecía convivir con algunos de mis colegas convertidos en
alfombras.
Algunos años después me adquirió
un libio y me llevo a formar parte de una caravana (de dromedarios, claro). Estuve
una temporadita, viajando de un lado a otro, transportando mercancías. Lo pasé muy mal porque ya tenía mis añitos.
El libio, que cuando no tenía nada que hacer se
entretenía peinándome las pestañas, me vendió a un egipcio que vivía en un
poblado beduino del desierto de Hurghada. Allí me dedicaba a pasear a unos individuos a quienes denominaban turistas.
Los turistas son unos chalados a los que,
entre otras excentricidades, les da por pasear a lomos de los dromedarios. Cuando alguno se caía de la joroba yo le pedía
a Ala que mi dueño no me apalease. Lo
lógico sería que apaleara al turista, por burro. Que me disculpen los burros por asociarlos con
algún turista tonto.
Mientras prestaba mis
servicio a los beduinos, me enamoré de una dromedaria muy guapa que me derretía
cuando me miraba con sus enormes ojos adornados con unas maravillosas pestañas.
Al poco tiempo de casarnos mi pareja quedó embarazada. El acontecimiento le
causo a mi dueño una enorme alegría. Durante el embarazo yo no las tenía todas
conmigo, pensaba: a ver si, por eso de lo que llaman genética resulta que el
bebé viene con dos jorobas. Todo fue bien y nació un dromediarito precioso y,
como deseábamos, con una sola jorobita.
No sabría decirle que
desierto me gustó más, si el del Sáhara, el de Libia, o el de Hurgada, no
obstante, en este último desierto mi vida resultó más placentera que en
cualquiera de los otros dos.
De mis parientes lo camellos
hace tiempo que no tengo noticias suyas; supongo que siguen estando más
jorobados que yo; que ya es decir.
Les dejo; voy a seguir
paseando a un pelma que está empeñado en que le cuente mi historia para
escribirla. Todavía no se dio cuenta de que no se hablar.
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