Me llamo Fahrenheit 451
Me
llamo Fahrenheit 451
Por
Félix Massó Milleiro
Me llamo Fahrenheit 451 y
soy un libro. Cuando digo esto me siento como aquellos que dicen: Me llamo
fulanito de tal y soy alcohólico, esto sí que es una muestra poderosa de
voluntad; hay que tener mucho valor para atreverse a decirlo. Que Dios bendiga
a quienes lo hacen; sean alcohólicos, drogadictos, o escritores.
Fue un tipo llamado Ray
Bradbury quien puso las letras dentro de mí para contar una historia que
debería ser recordada por de todos los libros y por quienes los leen. La
historia se desarrolla en una sociedad de un futuro tecnológicamente muy
avanzado pero proclive a la manipular a los
ciudadanos. En esa sociedad se crea un
cuerpo de bomberos que entran en las
casas en donde sospechan que puedan encontrar libros y, si los encuentran, los
queman con lanzallamas. Escondidos en los bosques habitan personas que se
dedican a memorizar las grandes obras literarias de la historia de la humanidad
para poder conservarlas y transmitírselas a las generaciones venideras.
Por cierto, ¡vaya nombre que
me pusieron! 451 grados Fahrenheit es la
temperatura ideal para quemar un libro.
Eso de quemar libros no es
una novedad, estuvo muy de moda a lo largo de toda la Historia. En el año 1933,
los nazis ya tenían esa afición. Un tal Pinochet, también, era aficionado a las
piras de libros. En la antigüedad algunos se calentaban quemando bibliotecas;
un buen ejemplo es lo sucedido en la de Alejandría, otra biblioteca en Letrán;
etcétera, etcétera.
Cuento todo esto porque
estamos viviendo en un mundo en el que cada vez se lee menos. Es como lo que
sucede en Fahrenheit 451 pero sin tener que utilizar el lanzallamas. Inculcar
el amor por la lectura es lo único que puede salvar a la especie humana de su
autodestrucción. Si no hay cultura no hay criterio, y si no hay criterio
malamente podrá desenmascararse a los farsantes que, generalmente, suelen ser unos
perversos incultos.
La existencia de los libros puede
decirse que comienza en la Edad Media. No voy a hablar de lo sucedido previamente en
Mesopotamia, Egipto, Roma, etc., hasta llegar al momento en el nace la especie
a la que pertenezco, que es el libro impreso.
Sucedió que a un paisano
alemán se le encendió el “quinque” y, a mediados del siglo XV inventó un artilugio
mediante el cual los libros se imprimían como churros. Algunos, todavía sucede
hoy en día, algunos libros son más churros que libros, pero eso es un problema
a abordar en otro momento. Al mencionado artilugio lo bautizaron con el nombre
de “imprenta de Gutenberg”; ¿Adivinan ustedes por qué?; por supuesto que sí.
Seguro que lo averiguaron leyendo, ¿no?. Pues eso.
Desde entonces, publicar
libros fue un coser y cantar.
A partir de ahí la familia
de los libros proliferó y tuve ascendentes y descendientes que contaron
historias maravillosas y a veces, sorprendentes. Aprovecho esta ocasión para
animarles a que los conozcan. Por suerte no dieron abasto quemando bibliotecas
y las bibliotecas sobrevivieron y se reprodujeron. Las bibliotecas y las
librerías son nuestras viviendas habituales. Les invitamos a que nos visiten, nos compartan, y
sean ustedes nuestros amigos. Incluso es posible que a alguien se anime a
adoptar a alguno de nosotros y llevarnos a compartir su vida.
Dicen que se disfruta mucho
leyendo libros de cuentos,
epopeyas, novelas, poesías, fábulas, leyendas, ciencia, etcétera. Leer libros
les ayudará a enfrentarse a la vida con mayor optimismo.
Desde hace relativamente
poco tiempo existe la posibilidad de trasladar miles de nuestras almas a un
dispositivo del tamaño de un dedo meñique humano y residir allí a la espera de que a alguien que, provisto de un artefacto
llamado “libro de tinta electrónica”, se decida a escudriñar el contenido de
cualquiera de las ánimas que estemos allí acogidas esperando, pacientemente, a
ser leídas.
Se cuenta que hay muchos
humanos que dicen que no les gusta leer las almas de los libros porque
prefieren hacerlo en nuestro estado natural.. Alegan que les gusta apreciar el
tacto del libro y pasar sus hojas que, para ellos, son como los pétalos de una
rosa. A mí me parece que se trata de una disculpa de los que tienen poco
interés en ensanchar su horizonte de lecturas, que leen poco, que se limitan releer
los libros que tienen en sus casas, alguno que compran muy de tarde en tarde, o
que, simplemente, no leen. Lamento que este juicio de valor le moleste a
alguien, pero es como yo lo veo. Supongo que nadie tendrá en consideración lo
que opino al respecto y pensarán que, al
fin y al cabo, no soy más que un ridículo e insensible montón de papel. Olvidan
que lo importante no es el continente, sino el contenido. Por cierto, las
ánimas de los libros no valemos para participar en “La Santa Compaña”.
“En un lugar de la Mancha,
de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de
los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…”
¡Ay, que penita me da no
poder leerlo!. Es lo que tiene ser solamente un libro.
Comentarios
Publicar un comentario