¡Meigas fora, San Silvestre!
¡Meigas
fora, San Silvestre!
Por
Félix Massó Milleiro
Hay hechos que dicen que son
leyendas pero, a lo mejor, no lo son.
De pequeño era muy travieso (me
llamaban “trueno negro”). Un día un
vecino me dijo: Como seas malo te va a llevar la Santa Compaña. Algunas noches
escuchaba cánticos que parecían venir de la calle y pensaba si aquello sería la
Santa Compaña. Cantaban algo parecido a
que el demonio aconsejaba no rezar el rosario y seguir durmiendo. Escondido
bajo las mantas pensaba yo: A buenas
horas voy yo a rezar el rosario tan de madrugada; no tenía necesidad de meter
el demonio en el asunto. Espero que Dios y, de paso, el padre Peyton, me hayan
perdonado. Después me enteré de que lo
que escuchaba no era más que el paso del rosario de la aurora. Se trataba de paisanos, en su mayoría
paisanas, a los que les daba por desfilar por las calles del pueblo rezando el
rosario y entonando cantinelas más o menos animadas. Lo hacían, como su nombre indica, a la aurora
que es cuando comienza a amanecer. Ya eran
ganas de fastidiar a los que dormíamos plácidamente. Me pregunto cuál sería el por qué no lo hacían
después de comer, o por la tarde, solicitando el preceptivo permiso en el
trabajo como se hace para acudir a las urnas cuando las elecciones se celebran en días laborables.
Uno de mis vecinos, que se
llama Delfino, me aseguraba que un día vio la Santa Compaña y que estuvo a
punto de ser capturado y pasar a presidir la procesión de las almas en pena. Me aseguró que viniendo de realizar sus tareas
en el campo (no me especifico si se trataba de plantar patatas o maíz, lo mismo
me dio) la noche se le vino encima. A
mitad del camino que le llevaba a su casa observó que se le acercaban unas
luces. De pronto, se percató de que se
trataba de una fila de individuos que iban descalzos, vestidos con unas capas
de color blanco que tenían capucha, portando velas encendidas. Se le iban acercando. El que iba delante y que llevaba una gran cruz (debería ser de
madera de balsa porque parecía no pesarle nada) le preguntó: Delfino, ¿me das
fuego?. A Delfino le extrañó que el tipo estuviese enterado de que era fumador
y se mosqueó un poco. Sacó su chisquero y
cuando de disponía a satisfacer la solicitud del tipo de la cruz se percato de
que era Higinio, el tractorista, que había fallecido hacia un par de años. Aunque estaba muy desmejorado (no es de
extrañar), lo pudo reconocer. Entonces, Delfino dio un salto hacia atrás
exclamando: ¡Cruz ya tengo!. Era el truco que el cura le había enseñado a los parroquianos
para utilizar en el caso de que se topasen con la Santa Compaña. Siempre me fie
de lo que me decía Delfino, sobre todo si lo hacía antes de entrar en la
taberna. Así que eso de que la Santa Compaña es un cuento, está por ver.
El finado Delfino (finado quiere
decir fallecido, muerto, perecido, etc.), a quien Dios tenga en la Gloria, era
un vecino un tanto peculiar. Gastaba parte de su pensión en comprar ladrillos y
cemento, Era como si fuese adicto a la cocaína pero trasladando su adicción al cemento.
El hombre no carecía de inventiva. En cierta ocasión le dio por fabricar una
máquina para hacer chorizos con el mínimo esfuerzo. Me llamó para enseñármela (ojo, la máquina) y
cuando la vi me recordó a una catapulta. En ese momento, me sentí transportado a un
campo de batalla medieval. Al burro que utilizaba en sus labores agrarias, casi
siempre lo tenía metido en un pequeño y ajustado recinto. Sospecho que el pobre animal se pasó la vida
durmiendo de pie.
El asunto de las brujas es algo
más complicado. En primer lugar hay que demostrar que existen para aclarar la
contradicción de que no se cree en ellas pero que “habelas hailas”. Algo casi tan difícil de resolver como la
cuadratura del círculo, el asunto de la materia oscura, o el de los ovnis. A lo
mejor las brujas están hechas de materia oscura y está ahí el quid de la
cuestión. Al menos visten de negro y
aparecen y desaparecen. Es una hipótesis
interesante.
Por otra parte, se dice que
las brujas tienen establecido un pacto con el demonio. A lo mejor es por eso que no se las debe
buscar en los rosarios de la aurora. Es
una primera e interesante conclusión a tener muy en cuenta. Un método que puede resultar eficaz para
localizarlas es escudriñar el cielo utilizando unos prismáticos y comprobar si
vemos a algo, con traje largo y negro, provisto de un gorro de bruja al estilo
tradicional, y que se desplaza montando una escoba a reacción. Ojo, si lleva luces estroboscópicas no es una
bruja.
En la época de la Santa
Inquisición los curas le cogieron manía a las brujas y, una vez identificadas
como tales, las juzgaban en un tribunal eclesiástico, que se supone estaba
formado por clérigos conservadores, y solían condenarlas a ser quemadas en la
hoguera. Se desconoce cuántas fueron víctimas
de esas quemas porque, tardíamente, se dieron cuenta de que la mayoría, si no
todas, las condenadas a ser achicharradas no eran brujas. Es la consecuencia de practicar lo de “A río
revuelto, ganancia de pescadores” (en el caso que nos ocupa “ganancia de
brujas”). Las pocas que hayan quedado habrá que demostrar que son las que
“hailas”, que después de tantos siglos, y tantas hogueras, va a resultar un
tanto complicado.
Hay que aclarar que, a veces
se encuentra uno con brujas que parecen serlo y no lo son, y con brujas que lo
son y no lo parecen, es otro punto a tener en muy cuenta para resolver el
problema.
Hablando de hechos que pudiera
parecer que tienen algo que ver con la brujería, recuerdo que en mi pueblo
había gente que iba al practicante a que
le levantaran la paletilla. Era creencia muy establecida que la caída de la
paletilla era causa de desánimo o melancolía; o sea, más o menos lo que hoy
llamamos depresión. Uno de los métodos que utilizaban los practicantes
especializados en levantar la paletilla consistía en buscar el pelo central de
la coronilla del paciente (tarea harto complicada, como es de suponer) y tirar
de él, hacia arriba, utilizando unas pinzas. Se presume que ejecutando dicha
acción en el pelo acertado, la paletilla se ponía en su sitio y el mal
desaparecía.
Los fabricantes del Prozac
trataron, durante mucho tiempo, de ocultar el procedimiento a la población, por
razones que resultan obvias.
Como dijo Paul Eluard: “Hay
otros mundos, pero están en éste”.
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