Miau, miau, miau...

Miau, miau, miau…

Por Félix Massó Milleiro

 Tenemos una gatita que se llama Lisa. Tiene poco más de un año y medio y su cuerpo está adornado con manchas blancas y negras.

Voy a contarles su historia.

Lisa vino al mundo en la casa de una amiga que vive en una aldea cercana. La acompañaron dos gatitos más; otra gatita que se llama Neko y un gatito negro. Neko vive con una familia en la ciudad y, también, tiene manchas blancas y negras. El gatito negro se quedó a vivir en el lugar en donde nació.

De la toda la camada, Lisa fue las más grande, y la más peluda. La elegimos a ella. Para que fuese conociéndonos la visitábamos frecuentemente. Poco a poco fue acostumbrándose a nuestra presencia.

Un día nuestra amiga nos llamó para decirnos que los gatitos habían desaparecido. Hacía un par de días que no los veía. Suponía que se los había llevado un zorro o el “ave”. Por aquí le llaman así a las águilas ratoneras. Al día siguiente los encontró dentro de la leñera, en donde los había escondido mama gata.

Desde entonces los gatitos fueron creciendo dentro de un hórreo.

Apenas cumplidos los dos meses de edad la trajimos a vivir con nosotros.

Ver como crecía y nos iba conociendo y nos cogía cariño fue una experiencia inolvidable.

A veces, su hermanita Neko viene a visitarla. Después de efectuar el ritual del reconocimiento mutuo, hacen grandes carreras y no paran de jugar.

Se pasa el día yendo de un lado otro a otro. Después de comer viene a la galería conmigo y me hace compañía sentada en mis piernas mientras leo tumbado en un sofá. Cuando de cansa se va a un sillón cercano y echa una larga siesta.

Al anochecer la dejamos salir al jardín. Cuando empieza a oscurecer nos ronda maullando para avisarnos de que ya es la hora del paseo. Sale y deambula por los tejados de la casa hasta que se cansa y regresa. Sale al jardín por la puerta de la galería y vuelve por una de las ventanas del piso de arriba que le dejamos abierta. A veces, mientras está de paseo, se pone a llover y regresa pingando.

Cuando nos acostamos, Lisa nos sigue y se acurruca entre mi almohada y la de mi mujer, o lo hace encima de mis piernas con su cabecita acariciando mi libro. De repente se levanta y de un salto se coloca en el alfeizar de la ventana. Desde allí contempla el panorama nocturno y observa el deambular de sus amigos los gatos del vecindario.

A Lisa le encanta perseguir moscas y comérselas; desde que la tenemos prescindimos de los insecticidas.

Cuando hace frío y encendemos la estufa, a Lisa le encanta tumbarse delante de ella y calentarse.

La primera vez que  la encendimos en su presencia la curiosidad la impulso a tocarla con una de sus patitas. La experiencia no le resulto muy agradable porque nunca más volvió a hacerlo.

A veces, levanta la tapa de la cesta en donde guardamos la leña, y se esconde dentro de ella. También, es aficionada a subirse a los armarios y a las vigas de la casa.

Tiene un oído excepcional. Cuando escucha el crujido de la bolsa del pienso acude corriendo al comedero.

Lisa es muy afortunada. Sus congéneres, que viven sueltos por las inmediaciones de nuestra casa, no disfrutan de sus comodidades. Suelen maullar delante de la puerta de nuestra casa para pedir comida. Al principio eran cinco; tres machos y dos hembras. A los machos los bautizamos con los nombres de “Casposo”, “Blanquito”, y “Huevines” (le gusta levantar la colita y mostrar sus atributos masculinos). Casposo era el que nos visitaba más asiduamente. Era un gato que tenía muchos años. En sus buenos tiempos, en las temporadas del celo, era el visir del harén formado por las gatitas de los alrededores. En esa época siempre se le veía muy lastimado. Poco a poco su salud se fue deteriorando y un día dejamos de verlo. Suponemos que habrá muerto en alguno de sus escondites.

Conforme va creciendo, el carácter de Lisa se va haciendo más tranquilo. Ya no le presta demasiada atención a sus juguetes. Piensen ustedes que un año en la vida de un  gato es como siete para un humano; así que, como Lisa tiene un año y medio, está rondando la decena de años en términos humanos.

Es inmenso el cariño que se le llega a tener a un animal de compañía. En nuestro caso lo hemos experimentado cuando el año pasado un coche golpeo a nuestros gatito Indi y lo encontramos muerto en una cuneta. Está enterrado en el jardín junto su compañero Nicolas, otro de nuestros gatos que murió de viejo cuando estaba a punto de cumplir dieciséis años. Lloramos desconsoladamente ambas perdidas, sobre  todo la de Indi que fue una muerte inesperada y muy traumática; tenía trece años.

Ahora, como les conté, vive con nosotros Lisa.

Les recomiendo que compartan su vida con un gatito, o con una gatita; les aseguro que no se arrepentirán.

Lisa les envía este cariñoso mensaje: Miau, miau, miau…; ¿lo entienden ustedes?; ¿no?. Yo, sí.

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