Pan de lobo

Pan de lobo

Por Félix Massó Milleiro

Siendo un niño tuve la fortuna de conocer a una persona que me condujo a un mundo desconocido. Se llamaba Luis  y era catalán.

Cuando crecí y me convertí en un jovencito, un día me habló de que en su tierra se salía al campo coger setas. A mí no se me ocurrió que de lo que me estaba hablando era de lo que en mi pueblo conocíamos como “pan de lobo”. Me enteré de lo que me estaba hablando la primera vez que salí con él al monte a buscar las setas.

Luis, músico de profesión, era una persona maravillosa, humilde, extremadamente educado, ocurrente, habilidoso y culturalmente muy inquieto. De todas estas cualidades que adornaban la personalidad de Luis me fui dando cuenta con el paso del tiempo.

El caso es que cierto día me preguntó que me parecía si nos acercábamos a algún pinar de los alrededores del pueblo y probábamos a encontrar algunas setas. Dicho y hecho. Nos pusimos a caminar hasta un pinar cercano e iniciamos la búsqueda. No pasó mucho tiempo y Luís me llamó para que contemplase su primer hallazgo. Inmediatamente le dije que aquello era “pan de lobo” y que era venenoso. Jamás había conocido a nadie al que se le hubiese ocurrido comer semejante cosa. Me explicó que aquello era un níscalo y se lo reconocía por su forma, por su color, y porque, al cortarlo su tallo derramaba un líquido que manchaba los dedos de color  anaranjado.

Seguimos caminando por el pinar y encontramos muchos más. Llegamos a casa con un pequeño cesto repleto de aquel “pan de lobo” que, al parecer, se podía comer.

Una vez en casa, nos  planteamos  cocinarlos y comerlos. Era una decisión que había que tomar con valentía confiando en la experiencia que Luis tenía al respecto. Preparó un poco de cebolla picada, cepilló los níscalos para dejarlos limpios; me dijo que  no era conveniente utilizar agua, y los troceó.

Puso al fuego una sartén con un poco de aceite de oliva, con el aceite ya caliente, echó la cebolla y procedió  a dorarla un poco. Seguidamente añadió  los trocitos de níscalo para que se cocinasen en su propio jugo.

Sentados a la mesa delante de la fuente que contenía el  resultado de lo cocinado, un par de copas de vino blanco del país, y un poco de pan, procedimos a repartirnos el mejunje.  A mí me temblaba todo el cuerpo, especialmente las piernas y las manos. Me preguntaba si no estaría a punto de suicidarme por hacerle caso a mi amigo Luis.

Observé que mi compañero llevaba a la boca el supuesto manjar y percibí que experimentaba una gran satisfacción. Comía con avidez, daba sorbitos de vino y, sobre todo, mojaba pan en la salsa que se había formado con el jugo del “pan de lobo”.

Pensé: bueno, tendré que atreverme a aprobarlos.  Con el primer bocado tuve la sensación de estar comiendo una de las cosas más ricas que había probado en mi vida. ¡Que rico estaba el pan mojado en aquella salsita!. Comimos y charlamos hasta dejar la fuente vacía.  De postre tomamos un poco de tetilla con membrillo y comenzamos a planear una próxima salida al campo.

Me fui para mi casa sin tenerlas todas conmigo. Pensaba: a ver si durmiendo me da un patatús.

El caso es que al día siguiente me encontraba estupendamente. Gracias a Luis había descubierto la pólvora en el sentido culinario.

Contamos la experiencia a nuestros amigos y familiares que, enseguida se unieron a nuestras cacerías de “pan de lobo”.  Se animaron a organizar comilonas en las que el producto básico eran los níscalos.  Carne asada con níscalos, codornices en salsa de perdiz (con el permiso de las ausentes perdices) con níscalos, etc., y la leyenda del “pan de lobo” fue relegada al olvido.

Como Luis solo conocía los níscalos (Lactarius Deliciosus), me entró la curiosidad de saber si, además de los níscalos, existían otras clases de setas susceptibles de ser cocinadas y manducadas.  Mi curiosidad fue satisfecha siendo ya mayorcito. El mundo que descubrí,  que estaba al alcance de cualquiera en los montes de mí querida Galicia, me resultó sorprendente. Poco a poco fui conociendo los boletos (Boletus Edulis), cantarelos (Cantharellus cibarius) , pies azules (Lepista Nuda) , champiñones silvestres (Agaricus Campester), tricolomas (Tricholoma equestre), la seta de los caballeros), etcétera, etcétera.

A mis setenta y siete años de edad, todavía practico la actividad de buscar setas.

Gracias, querido e inolvidable Luis. Te envío un fortísimo abrazo allí en donde te encuentres. A ver si algún día podemos volver a pasear, juntos, por pinares de tierras desconocidas.

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