Para Luisa
Para
Luisa
Por
Félix Massó Milleiro
Tengo cinco años, todavía no
los he cumplido… Así comenzaba mi primer libro de lectura. Mientras leía bajo
la atenta mirada de la monja, pensaba que Lúa me estaría esperando fuera para
llevarme a casa.
Lúa me paseaba y solía
llevarme a un campo en el que, recuerdo, había muchas flores blancas esparcidas
por la hierba en la que nos sentábamos. A veces tenía que pedir un vaso de agua
en alguna casa cercana para darme de beber.
Lúa y su hermana Pilar habían
venido, a finales del siglo XIX, de una lejana aldea para servir en nuestro
pueblo. Cuando llegaron todavía eran unas adolescentes.
Lúa se quedó en mi casa y Pilar
al servicio de un abogado viudo, primo carnal de mi padre, que tenía un hijo
único. Pocos años después el hijo se fue a estudiar a Madrid. Cuando falleció
su padre el muchacho ya había terminado su carrera y había decidido quedarse en
la capital. Pilar siguió a su servicio encargándose de mantener la casa en
condiciones para cuando su dueño viniese de vacaciones. Mercedes, que así se
llamaba, convivía con Pilar para que no estuviese
sola y le ayudaba en las tareas de la casa y de la huerta.
Cogido de su mano, Mercedes
me llevaba a la huerta, para echarle de comer al cerdo y a las gallinas. Lo que
comía el cerdo se llamaba lavadura y lo
que comían las gallinas salvado. En las épocas en las que la fruta estaba
madura, Mercedes me cogía ciruelas, peras, higos, o cualquier otra fruta que
estuviese madura.
Criaban al cerdo y cuando lo
sacrificaban, Pilar hacía morcillas y butifarras para enviárselas al señorito. Elaboraba
las morcillas con miga de pan, pasas, piñones, y azúcar.
A veces Lúa me llevaba a visitar
a Pilar.
En su casa, Pilar me cogía
de la mano y me llevaba al piso de arriba en donde había un armario con un cajón
del que cogía uno de los lápices que habían quedado allí tras la muerte del
abogado y me lo regalaba. Después íbamos a otra habitación en la que había un
inmensa virgen que portaba en sus manos un niño Jesús y una pequeña embarcación
de pesca. Estaba allí guardada a la espera de que finalizasen las obras del
templo nuevo. En esa misma habitación
había una caja de galletas llena de azúcar de la que Pilar cogía una pequeña
piedra de las que se habían formado y me la daba. Después, en la sala, jugaba
con unos tentetiesos que había encima de una consola en la que, también había
una caracola que yo acercaba a mi oreja para escuchar el ruido del mar.
Pilar me hacía unos
merengues deliciosos. Yo era como un nieto para ella.
Solía acompañar a Lúa cuando
iba a la plaza de abastos a hacer la compra. Llevaba una cesta de mimbre con
dos tapas abisagradas. Recuerdo a Aurea, la carnicera, y los puestos de
pescado. A veces, compraba carne de ballena. A mí me gustaba mucho la carne de
ballena.
Cuando estaba enfermo, Lúa
se sentaba a mí lado y me contaba cosas que recordaba de cuando vivía en la
aldea. Me hablaba de los lobos que, en invierno, bajaban de los montes y se
acercaban a las puertas de la casas y las arañaban con las patas.
Fui creciendo y Lúa fue
haciéndose cada vez más vieja. Recuerdo que, siendo ya un jovencito, antes de
irme a dormir entraba en la cocina, en donde ella estaba esperando para
acostarse, y le daba un beso. Sigue grabada en mi memoria su sonrisa de
agradecimiento.
Estuvo en casa más de
sesenta años y ya formaba parte de la familia. Cuando falleció fue enterrada en
al panteón familiar.
Imagino que se habrán dado
cuenta ustedes de que Lúa es la Luisa a quien dedico, con todo mi cariño, este
pequeño cuento.
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