Raíces aldeanas
Raíces aldeanas
Por
Félix Massó Milleiro
Vine
a este mundo en una aldea de Galicia poco después de que finalizara la guerra
civil. Tengo, por lo tanto, casi 83 años de edad, que es como decir que soy bastante
viejo.
Nací
y me crié en una familia humilde.
Mi padre era carpintero, un buen carpintero. Me asombraba como con las herramientas de que
disponía para desarrollar su profesión pudiera trabajar la madera con tanta
precisión y obtener tan buenos resultados. Ver una ventana elaborada por mi
padre, con sus hojas y sus contras tan perfectamente ajustadas hacía que me
sintiese orgulloso de ser su hijo.
Mi
madre se dedicaba a las tareas propias del campo, a atender a sus hijos, y a
los pocos animales que teníamos. Una vaca, dos bueyes, un cerdo, dos ovejas,
unos pocos conejos, y unas cuantas gallinas. Mi abuela le echaba una mano
cuidando de nosotros. De mi abuelo tengo el recuerdo de verlo desayunar
torreznos acompañándose con pan de brona y una copita de caña.
La
vida era muy dura y mis padres trabajaban desde que salía el sol hasta que se ponía.
En
la parroquia había un maestro que era quien nos enseñaba a leer y las cuatro
reglas. Era soltero, algo mayor, y usaba sombrero. Vivía en un cuartito anexo
al pequeño edificio de planta baja que hacía de escuela. Mis hermanos y yo no
podíamos quejarnos porque había niños cuyos padres tenían menos recursos que lo
nuestros y que acudían al colegio descalzos y mal vestidos. Se protegían de la
lluvia con corozas que son unas prendas elaboradas con juncos y que los cubría
de la cabeza a los pies.
Mi
casa estaba construida con mampostería; tenía una planta baja y un piso al que se
accedía por unas escaleras. En la planta baja estaba el fregadero situado frente
a una ventana orientada hacia el este para que le diera el sol desde su
nacimiento. En la lareira, una especie
de chimenea, era donde se encendía el fuego para cocinar o para calentar el agua
que sacábamos de un pozo que habia al lado de la casa, utilizando un
caldero amarrado a una cuerda que se
deslizaba por una roldana. Pasados tantos años parece que estoy viendo a mi
madre haciendo el caldo en una pota suspendida sobre el fuego mediante la gramalleira
que era una cadena provista de un gancho para colgar las potas y que se
enganchaba mediante una gran argolla a una viga situada en el interior de la campana
de la lareira, para que tirase bien y no
entrase el humo en la casa cuando se encendía, hiciese frío o calor, había que
tener las puertas de la casa abiertas de par en par.
A
la derecha de la puerta de entrada a la casa que estaba situada de cara a la
era, estaba el establo en donde se recogían, al anochecer, la vaca, los bueyes
y las cuatro ovejas que teníamos. Bajaban y subían al recinto utilizando una
pequeña rampa. Por unas pequeñas trampillas en la pared de la cuadra se les echaba
la paja con la que los alimentabamos.
En
los escasos terrenos que teníamos, cultivábamos maíz, patatas, nabos, trigo y
algo de centeno. Con el trigo cosechado mi madre elaboraba el pan, que cocía en
un enorme horno de piedra, y que solía alcanzar para abastecernos durante quince
días. Amasaba pan blanco y brona, que así se llama al pan elaborado con harina maíz
y una pequeña cantidad de centeno El pan
se guardaba en la artesa.
Para
arar la tierra utilizábamos un arado de los llamados romano tirado por los
bueyes.
El
carro de bueyes lo guardábamos en un recinto que estaba pegado a la casa en la
parte de atrás, contiguo al alpendre. Todavía se pueden ver en algunos caminos los
surcos que dejaron en ellos las ruedas de los carros de bueyes con su
permanente rodar precedidos por sus dueños.
En
el alpendre guardábamos los aperos de labranza, la leña y las herramientas.
Las
gallinas, el cerdo y las jaulas de los conejos estaban en el corral. Criábamos
pollos y conejos para venderlos y las gallinas nos regalaban sus huevos.
En
uno de los terrenos de labranza dedicábamos un espacio para plantar ajos,
cebollas, lechugas, puerros, acelgas, repollos, etc.
También
teníamos algunos árboles frutales; cerezos, ciruelos, perales y manzanos.
Cerca
de nuestra aldea solo había dos pueblos en donde una o dos veces al mes se
celebraban ferias de ganado y productos del campo. El más cercano estaba a 8
kilómetros y el otro a casi 15. Mi madre iba a las ferias caminando, por
caminos y carreteras, acompañada de los animales y cargada con los productos
que quería vender.
Sacrificábamos
el cerdo en el mes de diciembre. El día la matanza preparábamos la zorza para
los chorizos, la sangre para morcillas, y comíamos el hígado, los riñones, y
algo de lomo. El resto del animal convenientemente descuartizado por el
matarife, lo salábamos y lo guardábamos en el “baño” que es una especie de
cajón de madera en donde permanecía hasta el momento de tener que desalar una
de las piezas para consumirla.. El cerdo era la base de nuestra alimentación.
Muchos días nuestra comida consistía en tocino acompañado de berzas y patatas
cocidas.
En
el hórreo almacenábamos, a salvo de ratas y ratones, el maíz, el trigo, y el
centeno.
Por
aquel entonces los montes estaban limpios y casi no había incendios, era el
resultado de utilizar el tojo y las xestas para estrar las cuadras y los
corrales. De paso obteníamos el abono
necesario para la tierra. Era raro ver eucaliptos.
En
las tareas de la siembra y recogida de las cosechas éramos ayudados por los
vecinos a quienes nosotros correspondíamos de la misma forma cuando nos lo pedían.
Al
volver de cumplir el servicio militar, que hice en la ciudad de Ceuta, decidí
emanciparme para escapar de aquel tipo de vida. Con los ahorros obtenidos
trabajando para algunos vecinos y algo que me prestaron mis padres, mi padrino,
y mis tíos, pude comprarme una pequeña camioneta con la que me dediqué a
transportar mercancías entre los pueblos cercanos. Así fue como comenzó la
profesión que me ocuparía el resto de mi vida, camionero. Recuerdo que era
habitual pinchar una rueda en alguno de los trayectos. Entonces había que
desmontarla, pegarle un parche a la
cámara en el lugar adecuado, volver a montarla, y reanudar el viaje.
Ahora
la casa y las tierras están abandonadas. Los pocos labradores que quedan en la
aldea son muy mayores y llevan sus vidas como pueden. Hace tiempo que los
jóvenes se fueron y viven de otra manera. Solo se les ve por la aldea algún fin
de semana o cuando se celebra alguna fiesta que es motivo para que se reúnan las
familias.
Soy
viudo y vivo, desde hace muchos años, en un piso en la ciudad. Añoro, quizá
demasiado, mi vida en la aldea.
Con
los recuerdos que afloran en mi memoria en las noches de insomnio bien podría alguien
escribir una novela.
Me
temo que tendrán que conformarse con lo que aquí les he contado.
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