Toda una vida meciendo

 

Toda una vida meciendo

Por Félix Massó Milleiro

Estoy algo ajada porque soy una vieja mecedora.

Les voy a contar una historia.

Cuando era joven empecé a mecer en una casa en donde vivía un niño a quien le encantaba ocuparme mientras practicaba su caligrafía. Lo hacía con un “lápiz tinta”. Me asombraba verlo mojar la punta del lápiz con la puntita de su lengua. El niño se llamaba Manolito y era muy listo.

Después, los dueños de la casa me regalaron a una parienta muy viejecita que tenía un pajarito que me hacía sentirme alegre. Mientras tanto, acompañaba a mi nueva ama que se llamaba Micaela, en la aventura que se contaba en el libro que estaba leyendo. Transcurrieron unos pocos años y a mi dueña, como era muy anciana,  se le ocurrió morirse.

Entonces, pasé formar parte del mobiliario de uno de sus hijos. Me había heredado en compañía de algunos viejos muebles; una coqueta, una cómoda, una mesa de comedor, y un reloj. No tenía hijos pero tenía un par de gatitos, uno era blanco y negro y el otro negrito del todo. Ambos se disputaban mi regazo. Mi nuevo propietario no era demasiado aficionado a utilizar mis servicios.  Prefería sentarse en su cómodo sillón de orejeras en el que echaba sus siestas. Era viajante de profesión. Se pasaba casi toda la semana fuera de casa y cuando regresaba le contaba a su mujer sus éxitos comerciales y lo apreciado que era por sus clientes. A  veces las cosas no le habían ido demasiado bien y venía un poco malhumorado. Como nadie me mecía, me limitaba a escuchar sin hacer ruido alguno.

Cuando el viajante se jubiló, nos fuimos a vivir a una casa que tenían en el campo. Allí colocaron mis huesos, un tanto doloridos por el paso del tiempo, en una galería. Desde allí situada podía ver el bosque y, a veces, pasar a alguna mujer por un estrecho camino cercano a la casa. Me hacían gracia las que llevaban una especie de recipiente en equilibrio sobre sus cabezas. A mí eso me parecía una costumbre un tanto extraña, sobre todo, porque mi dueña no la practicaba. Por aquel entonces no sospechaba cuanto me quedaba por mecer.

En cierta ocasión el matrimonio decidió llamar a Simón, el carpintero del pueblo, para que arreglara una de las ventanas de la galería que no cerraba bien. No fue porque yo me quejase de tener frío. Observé que, mientras trabajaba, Simón no me sacaba el ojo de encima. Pensé que estaría contemplando la belleza de mis curvas. Al terminar su trabajo se fue y se puso a parlotear con mis dueños y me pareció que estaban hablando de mí. Resultó que la conversación trataba de una transacción comercial destinada a venderme al carpintero. Me resigné a cambiar de domicilio.

El carpintero me llevó a su taller y me colocó en un rincón y permanecí allí, durante bastante tiempo, sin que nadie me prestara atención.

Como Simón, además de ser carpintero, era un magnífico ebanista, un día se quedó mirándome y, dirigiéndose a mí, exclamó: ¡Voy a restaurarte!.

Se puso manos a la obra y, nunca mejor dicho, comenzó a meterme mano. Primero reparó mis partes dañadas, después pasó por mi piel algo que rascaba bastante, seguidamente me suavizó y, para terminar mi restauración me aplicó en todo el cuerpo algo a lo que llaman “goma laca”. Me alegré de que no utilizase tintes porque me gustaba conservar mi color de piel original. Es lógico, había sido construida con una magnífica madera de abedul. Cuando Simón terminó su trabajo, tuve la sensación de volver a nacer.

Comencé a sospechar que la intención del artesano era deshacerse de mí. Al poco tiempo de ser restaurada mis sospechas se vieron confirmadas.

Mi nuevo dueño fue un anciano que se llamaba Pascual; le gustaba escribir. Esperaba, meciéndose, la llegada de las musas que le ayudasen a encontrar una historia digna de ser escrita.

En una estantería se acumulaban manuscritos, pacientemente esperando a ser convertidos en libros. Recuerdo como mi dueño, el escritor,  mascullaba palabras en voz baja y daba pequeños respingos de vez en cuando. De repente, daba un pequeño salto, se levantaba, se sentaba a una mesa cercana, se ponía las gafas, y comenzaba a escribir. En su cara podía apreciar la satisfacción que estaba experimentando.

Pasó el tiempo, llegó lo inevitable y volví a convertirme en una mecedora con derecho a ser heredada.

Terminé en la casa de una de sus hijas, la que se llamaba Serafina y era soltera. La buena mujer utilizó los manuscritos de su padre para encender la chimenea. Solo Dios sabe cuántas obras literarias habrán sido pastó de las llamas a lo largo de la Historia. ¡Ay, si Pascual levantara la cabeza!  Yo temblaba pensando en si se le ocurriría hacer lo mismo conmigo.

A Serafina le gustaba mucho cantar acompañándose de su piano. Sus “do de pecho”, que más bien eran alaridos, hacían que su mecedora; es decir yo, entrara en resonancia y comenzara a mecerme involuntariamente. A veces sentía que formaba parte de un pelotón de soldados a punto de cruzar un puente.

Resulta que Serafina se casó  con su novio y como el que se convirtió en su marido tenía un piso muy bien amueblado en el que solo cabía el piano, a esta la mujer no se le ocurrió otra cosa que regalarme al cura de su parroquia que se llamaba Don Sergio, y que vivía con una hermana que lo atendía. Este hombre tenía por costumbre confesar a sus parroquianos favoritos en su domicilio y ahora, podía hacerlo sentado en una flamante mecedora. La de cosas que me enteré. No se las cuento para ser respetuosa con el secreto de confesión.  A veces, meciéndose, leía el Nuevo Testamento. Cuando lo hacía me parecía que experimentaba cierta inquietud. Era como si estuviera pensando que, a lo mejor, no ejercía adecuadamente su sacerdocio. Un día se acostó, se durmíó, y nunca despertó. Supongo que estará en el cielo. Su hermana se marchó al pueblo en donde había nacido y en el que tenía una pequeña casa heredada de sus padres.  Volvieron a abandonarme hasta que un día, Marcial, que había sido el sacristan de Don Sergio, se percató de mi presencia, me rescató, y me vendió, por mil quinientas pesetas, a un paisano que tenía una tienda de antigüedades.

Y aquí me tienen ustedes esperando a que alguien se fije en mí, y me compre. Cuando eso suceda, quizá me anime a contar nuevas aventuras.

 

 

 

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