Manoliño

Manoliño

Por Félix Massó Milleiro

Manoliño era un niño al que le gustaba mucho ir a la escuela, en donde prestaba mucha atención a lo que el maestro le enseñaba.

Su padre era agricultor y carpintero. Las labores del campo las compartía toda la familia, incluidos los más pequeños. A la llegada de la escuela siempre le estaba esperando alguna tarea en el campo. Llevar a las vacas al pasto, echarle de comer al cerdo, alimentar a las gallinas, coger los huevos…

A Manoliño le gustaba aprender. Sus padres estaban admirados con las cosas que les contaba que le había enseñado su maestro, Don José.  Don José les decía que Manoliño era un rapaz muy listo y que le costaba poco trabajo aprender.

Así fue creciendo, observando sin descanso y haciéndose constantes preguntas sobre las cosas más variadas. Una de ellas, quizá la que más le intrigaba, era la capacidad de los pájaros y de los aviones para volar. Cuando pasaba un avión se quedaba absorto pensando cuál sería el misterioso efecto que lo mantenía en el aire.

Cierto día se lo planteó a Don José que sabia de todo y que él creía que podría explicárselo. El profesor, sorprendido con la pregunta, se aprestó a explicarle el asunto a su alumnado y les contó que tanto las aves como los aviones se mantenían en el aire en gran parte por el llamado efecto Venturi.

El caso es que, al ser tan listo, Manoliño empezó a ser motivo de comentarios dentro de la familia, que empezaba a barruntar que el porvenir del chaval no podía reducirse a ser carpintero, o a cuidar de la tierra y de los animales. Entonces fue cuando llegaron a oídos de un pariente cura, que se llamaba Don Sebastián, noticias que hablaban de las capacidades intelectivas de su pariente Manoliño.

Don José se reúne con la familia y les dice que la mejor salida para que el mozo pueda disfrutar de una esmerada educación académica es su entrada en el seminario. Dicho y hecho, Manoliño se pasó cuatro años en un seminario, creciendo y aprendiendo. Aquello de ser cura nunca le había atraído y lo de ir a formarse a un seminario lo acepto como el único recurso a su alcance para adquirir cultura y conocimientos.

El caso es que Manoliño, ya crecidito y convertido en un hombrecito, comprobó que cuando salía a pasear por la ciudad sus ojillos miraban hacia lo que según le habían enseñado era fruto prohibido. Lejos de escandalizarse, el curita se reafirmó en que su paso por el seminario había sido una necesidad coyuntural y se planteó el abandono de su carrera hacia el celibato.

Tras la reunión familiar para hablar del asunto, con el consiguiente pataleo de su pariente el cura que asistió al conclave, sus padres decidieron apoyar la decisión de su pupilo y ayudarle a terminar sus estudios fuera del ámbito sacerdotal.

Manoliño se trasladó a un pueblo cercano a su aldea y asistió a una academia, hasta llegó a echarse una novia, pero por su cabeza seguían revoloteando los pájaros y los aviones.

Por fin, el muchacho obtuvo su título de bachiller y ahora tenía que decidir que cual iba a ser su futuro que se presentaba lleno de ilusiones.

Cada vez que veía pasar a un avión, algo se despertaba en él; no lo acababa de entender, era como un mensaje oculto y no tardó en descifrarlo. ¡Eureka, ya lo tengo, quiero ser aviador!

Con la ayuda económica de sus padres se trasladó a la ciudad con el objeto de preparar su entrada en al Academia General del Aire y hacerse piloto de vuelo.

Su intención era hacerse piloto de aviones de  transporte del Ejército del Aire.

Una vez ingresado en la Academia General del Aire y teniendo aviones tan cerca no le faltaron estímulos para conseguir hacerse, tras cinco cursos académicos, con el tan ansiado título de piloto. Manoliño se convirtió en Don Manuel, oficial de aviación.

Tras su paso a la aviación civil, ahí tenéis a Manoliño volando ayudado por aquel efecto del que le habló Don José.

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