Una vida en su tinta
Una
vida en su tinta
Por Félix Massó Milleiro
A mí lo de pluma me viene de
muy lejos. Las primeras plumas de escribir proceden, como su nombre indica, de
las plumas; sí, de las plumas de las alas de las aves y especialmente de las
alas de ganso. Eso surgió por lo incómodo que era escribir a golpe de cincel, o
con un punzón.
Conmigo, en forma de pluma
de ave se escribieron grandes obras de la historia de la literatura. Imagínense
ustedes lo incómodo que sería leer el Quijote de la Mancha, o cualquier otra
obra literaria, en piedra, y en cómo serían las litotecas y los artilugios que
habría que utilizar para pasar las losas.
Por lo tanto, admitiremos
que el descubrimiento de la pluma de escribir fue crucial para el desarrollo de
la cultura.
Como la punta de la pluma,
que servía para mojar en la tinta y escribir, no duraba demasiado, a un
ingenioso se le ocurrió colocarle a la pluma una punta metálica. Hasta
entonces, la pluma y el tintero estuvieron juntos en su destino. Coexistimos
con la manecilla de madera con punta metálica. Este tipo de “pluma” debió de
surgir en una época en la que los gansos y las ocas escaseaban; digo yo. Las
manecillas de los poderosos eran de oro.
La primera pluma con
depósito de tinta fue una pluma de ganso unida al cañón de otra pluma y
conectadas ambas entre sí.
Ustedes se preguntarán a que
viene todo esto y yo les aclaro que es para introducirles en mi vida de pluma
estilográfica.
Nací a mediados del siglo
XIX y mi creador se llamaba Duncan
MacKinnon y quien más nos paria por aquel entonces no era una señora pluma sino
un tal Waterman. El intríngulis de mi
existencia consiste en un depósito que tengo dentro del cuerpo para satisfacer
de tinta las necesidades de mí plumín.
Nos parecemos al calamar en lo de la tinta y nos
diferenciamos de ellos en que no somos susceptibles de ser cocinadas en nuestra
propia tinta. No obstante, cuando nuestro dueño nos maltrata descargamos la
tinta para defendernos, tal y como hacen los calamares. Hablando claro, le manchamos
la ropa con nuestra tinta. A ver si, así, aprenden a tratarnos mejor.
Los viajes en avión no
suelen sentarnos bien, nos producen nauseas y soltamos nuestra tinta aunque
nuestro dueño sea de los que nos tratan bien. Es culpa de la presión en cabina.
Las plumas, tanto las de ave
como las estilográficas formamos parte de la Historia. Me refiero a que fuimos
útiles para firmar armisticios, testamentos, pactos, y otro tipo de documentos.
En algunos casos hasta somos exhibidas en museos.
Las estilográficas
pertenecemos a diferentes razas. A la Parker, la Montblanc, la Sheafer, la Waterman
y la Dupont, pertenecen las élites de las plumas estilográficas. Podría decirse
que la raza Montblanc representa a la realeza de las plumas estilográficas.
Cuando estábamos en auge y
parecía que la pluma estilográfica iba a ser el principal instrumento de
escritura a un tal John Loud se le ocurrió utilizar una bolita para sustituir a
los plumines de las plumas estilográficas, a sea que inventó el bolígrafo. Todo
surgió porque el tal Loyd era peletero y necesitaba un instrumento que le fuese
cómodo para marcar sus pieles.
Este primer bolígrafo era un
tanto complicado y no fue hasta principios del siglo XX cuando un tal Lazslo
Biro y su hermano György definieron lo que sería el bolígrafo definitivo.
Aunque pueda resultar una obviedad, aprovecho para aclarar que la palabreja
bolígrafo viene de los términos bola y grafo. Cuando el bolígrafo se
comercializó, también se le conocía como “pluma atómica” o “pluma esferográfica”.
¡Qué cosas!.
En la actualidad ya casi
ningún autor literario escribe sus obras en manuscritos, lo hacen con una
máquina de escribir o, más comúnmente, en un ordenador.
Afortunadamente todavía hay
gente reacia a utilizar el bolígrafo, si no fuera así mucho me temo que las plumas
estilográficas estaríamos en peligro de extinción.
¡Larga vida a la pluma
estilográfica!.
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