Crónica de una alda

Crónica de una aldea

Por Félix Massó MIlleiro

Desde que me retiré de la vida laboral vivo en una pequeña aldea perteneciente al municipio de Oza-Cesuras (hasta hace poco era Oza de los Ríos) que se llama Callobre.  Bueno, no digo que viva aislado en la selva; estoy a solo a tres kilómetros de Oza-Cesuras, a seis de Betanzos, y a veintiséis de la ciudad de La Coruña

Siendo muy joven medité mucho sobre cómo desearía que fuese mi vida después de cumplir con el castigo divino que sentencia: “Ganarás el pan con el sudor de la frente (lo de que el trabajo dignifica al hombre es un cuento capitalista).  Decidí que llegado el momento oportuno pondría en práctica los pensamientos de Fray Luis de León expresados en su famosa oda a la vida retirada, que empieza diciendo así:

¡Qué descansada vida

la del que huye del mundanal ruido,

y sigue la escondida

senda, por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido

Desde entonces procuro llevar una vida tranquila en la medida que las circunstancias, que nunca son previsibles, me lo permiten.

En la aldea todos sus habitantes somos, salvo un par de excepciones,  gente mayor.  Basta decir que a mis setenta y siete años soy de los más jóvenes del lugar.

Todos los años sufrimos bajas.  Ese año nos dejaron Josefa, Lelo, Francisco y Ramiro.

Durante la pandemia disfruté de la ventaja de poder pasear por los caminos de las cercanías de la aldea sin que nadie me perturbase, ni yo molestase al  prójimo.

El más joven es José Manuel.  Explota una ganadería de alrededor de cuarenta animales destinada a la producción de carne de vacuno.   A veces me cruzo con su padre, Jesús, que esta tan sordo que mantener con él una conversación puede llegar a perturbar la tranquilidad del vecindario circundante.  Su esposa María falleció hace algunos años.

Agustín que supera los noventa años tiene que valerse de un carrito de mano para desplazarse cuando sale a pasear.  Suele hacerlo cuando el tiempo es bueno y, también, cuando es malo si no llueve.  Cuando coincido con él en el trayecto siempre le gano por varios cuerpos de ventaja.  En ese momento me siento el Fernando Alonso de la aldea.

Francisca y Pepe tenían una especie de taberna-ultramarinos en donde los vecinos iban a tomar unas cervezas y, de paso, ver el futbol.  A veces aquello parecía un cine.  Pepe, además, explotaba un molino en el que convertía el trigo y el maíz en harinas. El padre de Francisca fue el que comenzó con esa actividad.  Cuando se jubilaron abandonaron ambas actividades. Desde entonces, las cervezas hubieron de tomarse en casa y el futbol tuvo que servirse a domicilio.

Otros vecinos cercanos a mi casa son otro Pepe y su esposa Maruja.  Pepe tiene noventa y dos años y está en mejor forma que yo.  Es un andarín empedernido.  Maruja es una mujer muy parlanchina.  En cierta ocasión me encontré con ella en uno de mis paseos; iniciamos una charla y empezó a contarme la operación de cadera a la que se había sometido.  A los pocos minutos tuve que decirle:  Para, Maruja, que me estoy mareando.  Desde entonces, cuando me dispongo a salir a pasear, antes utilizo unos primaticos para comprobar que Maruja no se encuentra por las cercanías de la ruta que voy a transitar.  

Ramiro me contó, un día, sus andanzas en Australia en donde había residido cuando era joven y durante de siete años.

Recién llegado a la aldea, allá por los años ochenta, Josefa todavía cocía el pan de la semana en un horno de piedra similar el que tengo en mi casa anexo a la “lareira”.  Josefa padeció la enfermedad de Alzheimer y estuvo los doce últimos años de su vida encamada, aunque extraordinariamente atendida por su yerno, Manolo, y por su hija, Toñita.  Asimismo, todos los días venía una cuidadora profesional para atenderla durante un par de horas.

Por aquí la gente tiene muchos huevos, me refiero a huevos de corral.  Con los otros cada cual que se apañe Solíamos comprárselos a Lelo que, dicho sea de paso, también estaba sordo como una tapia. Es como una maldición divina caída sobre Calobre y que a mí está empezando a afectarme.  Después del fallecimiento de Lelo le compramos los huevos a Mari o a Isabel, dependiendo de la cotización en Bolsa. Con esto de la inflación hubo quien subió su precio hasta un 50 %.

A Isabel solemos encargarle la crianza de algunos  pollos de corral, sobre todo, para disfrutarlos en Navidad.

Domingo, un jubilado de la RENFE, nunca se llevó bien conmigo sin yo que supiese nunca el por qué.  A lo mejor era porque consideraba una afrenta mi afición a los trenes eléctricos.  Sin embargo, en los últimos años de su vida disfrutamos de una bella amistad, como se dice en la película titulada “Casablanca”.  Por otra parte, siempre gocé del afecto de Arminda, que así se llamaba su mujer.

La poca gente joven que se ve en el lugar es la que viene a visitar a sus padres los domingos o los días de fiesta.

Un hecho curioso es que hace muchos años que no se oye cantar a los grillos y hace un par de años que no hay moscas ni libélulas.  Supongo que será por el abuso en el uso de los pesticidas.  Una pena. Bueno, lo cierto es que a las moscas las extraño muy poco.

De mí vida aquí, voy contar algunas anécdotas que recuerdo.

Manuel era un hombre que vivía en la casa de su sobrino Luis en donde participaba de las labores propias del campo.  Lo contraté varias veces para hacerme algunos trabajos en el jardín.  Manuel tenía una dentadura en la que los dientes estaban totalmente cubiertos por una gruesa capa de sarro.  Como soy algo bromista, un día se me ocurrió decirle:  Manuel, ¡que buena dentadura tienes!: su respuesta fue inmediata y sorprendente; me dijo: “¡e eso que nunca os limpiei!” (¡y eso que nunca los limpié!). Manuel era feliz los sabados, en la taberna, con un paquete de galletas acompañado de una cerveza.

Un día, Esther y yo, entramos en la casa de Francisca en el momento en el que estaba recibiendo la visita de un matrimonio.  Cuando nos los presentó dije, dirigiéndome a Francisca: Sí, mujer, a este hombre lo conozco, tiene una querida. Nos reímos un poco  y cuando el matrimonio se marchó, poseído de una extraña prisa, Francisca me preguntó: ¿Y tú como sabes lo de la querida de este señor?   Y es que no acabo de aprender.

El matrimonio formado por José y Carmen vivían en una casa que está muy cerca de la mía. José falleció hace muchos años y Carmen, con sus noventa y cinco años, es una mujer bajita y muy delgada que, todavía, anda muy ligera. También, suelo encontrármela en mis paseos.  José estuvo de temporero en Francia trabajando en la recogida de la uva. Un día me lo contó y me dijo que en Francia, en el trabajo, le habían cambiado el nombre y allí le llamaban Carrantruá.  El hombre regresó de Francia sin saber que lo que pasaba era que, en la plantación lo conocían como el número cuarenta y tres.

Con una madre y su hija, cuyos nombres no voy a mencionar y que vivían en otra casa cercana a la mía, también, me sucedió una curiosa anécdota.  Cuando las conocimos y cogimos cierta confianza con ellas, observamos que solo tenían un pequeño transistor. Como nos dieron cierta pena, cuando compramos un televisor para nuestra casa, compramos uno más y se lo regalamos. Al poco tiempo nos comentaron que habían comprado una franja de tierra colindante con la finca en donde plantaban el maíz y las patatas.  Habían pagado por ella dos millones de pesetas.  La madre falleció con ochenta y pico de años de una peritonitis y su hija vive, actualmente, en un piso en Betanzos.

Carlos, uno de los hijos de una señora que se llama Petra, era escayolista de profesión y aficionado a la pesca de la trucha.  Digo era porque hace unos pocos años falleció a una edad bastante temprana.  Un día nos invitó, a Esther y a mí, a que le acompañásemos a pescar. Tenían escondida en el campo una especie de red elaborada con unos sacos.  Nos desplazamos a una zona por la que discurría el río Mero y Carlos se introdujo en su cauce equipado son su red.  La pasaba por los bordes del río en donde suponía que deberían de estar las truchas, las que iba capturando nos las iba tirando, las recogíamos, y las metíamos en una bolsa. Al terminar, como aquello nos olía a ilegal, se me ocurrió preguntarle que nos pasaría si nos veía un guardia forestal; me respondió, con la más absoluta tranquilidad, que nos pondrían una multa. Le pregunté: ¿Carlos, de cuánto sería la multa?; me respondió: Por lo menos de un millón de pesetas, pero yo soy insolvente. Salimos de allí corriendo y sin mirar para atrás.

En la temporada que corresponde no nos faltan los tomates, las judías, los grelos, los pimientos, los calabacines, las lechugas, las manzanas, las peras, etc., que nos regalan algunos paisanos que además de vecinos son nuestros amigos.  En el tiempo del carnaval nosotros los obsequiamos con orejas y ellos nos corresponden regalándonos sus riquísimas filloas.

Mi mujer, Esther, y yo, vivimos en una casa rural acondicionada a la que le añadimos una amplia cocina, una luminosa galería provista de unas grandes cristaleras, una bodega en la que hay más libros que botellas de vino, y un garaje que nunca ejerció de garaje porque lo convertí en taller.  Allí era donde elaboraba las pipas cuando me dedicaba a esa actividad. Actualmente no hago nada; no pongo ni un enchufe.

En la galería, cuando el tiempo me lo permite, porque el recinto carece de  calefacción, después de comer, me siento a leer mientras, de vez en cuando, le echo una ojeada a los árboles del jardín.  Evidentemente, tampoco tengo calefacción en la bodega ni en el garaje.  En el resto de la casa tenemos acumuladores de calor pero este invierno dejamos de encenderlos por el alto coste que nos representaba en la factura de la luz.  Hubo un mes en el que llegamos a pagar quinientos euros.  Desde entonces, cuando hace frio, alrededor de las cinco de la tarde enciendo la estufa de leña y en menos de media hora tenemos caliente la casa y la mantengo encendida hasta la hora de acostarnos.  Por la mañana aun está la casa a una temperatura agradable.  La leña, de roble, se la compramos a un matrimonio (Gloria y Ramiro) que nos la suministran.

Hablando de las cristaleras de la galería no puedo dejar de contar que me proveen de pitanzas que ellas mismas capturan de manera involuntaria.  A veces, algún pájaro  se estampa contra ellas al intentar traspasar un jardín que es inexistente pero que se convierte en tal al reflejar los árboles que tiene enfrente.  La semana pasada comí paloma torcaz en pepitoria.  Ayer se estrelló un estornino pero, de momento, no como estorninos. Tendré que planteármelo cuando la crisis financiera se recrudezca.

Vivimos acompañados de una joven gatita que se llama Lisa. Todos los días, cuando nos acostamos, suele dormir un ratito entre las dos almohadas de nuestra cama.  La dejamos salir al jardín cuando anochece para evitar que vaya a la carretera.  Durante un par de horas vive sus aventuras por los tejados de la casa que es su casa.

Esther se sube al tejado para acceder un cerezo, cuyas ramas se ven desde la ventana de nuestra habitación, y cuelga comederos para pájaros. Desde que lo hace tenemos la oportunidad de ver toda clase de pájaros.  Acuden a comer picogordos, herrerillos, carboneros, pinzones, gorriones, etc.. Resulta una verdadera delicia contemplarlos.

En el jardín, en donde todavía están las plataformas que utilizaba para ubicar mis telescopios cuando practicaba la astrofotografía, hicimos una charca en la que, actualmente, son felices dieciséis peces rojos.

Y así va transcurriendo la vida aderezada con lecturas, películas y otros entretenimientos con los voy (vamos) pasando el tiempo.  Además, cuento con la ventaja de que nuestra existencia está amenizada por los cantos de los pájaros y únicamente perturbado, en escasas ocasiones, por el paso de un tractor o del coche de algún vecino.

La vida es así, como cantaba  Spencer Tracy en la película titulada “Tortilla Flat”.

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