El nogal

El nogal

Me regalaron recién salido de una nuez y mis nuevos dueños me plantaron entre una alambrada y un pequeño acebo.

Además de nosotros dos había un cerezo, un abedul y un cañaveral que daba sombra a una charca con nenúfares y peces rojos. Al fondo un hórreo del que, a veces, mis sueños sacaban, o metían, todo tipo de cachivaches.

El paso de las estaciones marcaban mi vida. Después de la desnudez en la que pasaba el otoño y el invierno, con la llegada de la primavera me brotaban las hojas.

Las idas y venidas de los pájaros preparando sus nidos animaban el jardín. Contemplar a los mirlos afanados en encontrar materiales para construir sus nidos y a las palomas torcaces beber en la charca, me entretenía mucho.

También, me gustaba escuchar el canto del ruiseñor antes de las amanecidas.

Al atardecer el cañaveral se convertía en refugio de los gorriones que llegaban a bandadas para pasar la noche.

De vez en cuando venía un jardinero a cuidar el jardín.

Con el paso de los años fui creciendo y un dia me salieron las primeras flores y di mis primeros frutos. Los únicos que dábamos frutos éramos el cerezo, el acebo, y yo. Los rojos frutos del acebo competían con las cerezas y los peces de la charca. Entre al acebo y yo enterraron a dos gatitos.

Fui creciendo pero el acebo, que crecía a mayor ritmo que yo, se hizo alto y frondoso y llegó un momento en que no me quedó más remedio que crecer algo encogido. Pasaron los años y fui creciendo asfixiado por la las ramas de mi vecino.

Nunca entendí por qué a mis dueños les molestaba que el cerezo diera muchos frutos y yo pocas nueces.

El caso es que llegó un momento en el que mis dueños se plantearon podar las ramas del acebo que impedían mi crecimiento o sacrificar un nogal que daba unas nueces pequeñas y con enrevesadas entrañas. A mi pesar, eligieron la segunda de las dos opciones. Asi dejaría de ser un estorbo para mi compañero el acebo.

Fui talado y mis restos fueron destinados a ser pasto de las llamas en la cocina de una vecina. Sobre mi tocón mi dueña colocó un bebedero para los pájaros.

Permítanme que me despida con esta adivinanza: Entre dos peñas feroces, sale un hombre dando voces: ¡¿Quién compra nueces?!.

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