Historia de un paraguas

Historia de un paraguas

Por Félix Massó Milleiro

Los paraguas servimos para resguardar a nuestros dueños de la lluvia.

Aunque nuestros orígenes se remontan a la antigua China, el paraguas plegable se inventó a principios del siglo XVIII y estaba elaborado con tela de tafetán impermeabilizada.

Yo estoy construido con tela de seda, mi bastón es de los llamados continuo; es decir, forma una sola pieza de madera con la empuñadura, que en mi caso esta forrada de fina piel, y mi varillaje está elaborado con buen acero; se puede decir que soy un paraguas de postín.

Hago las anteriores aclaraciones para que puedan diferenciarme de mis hermanos los modernos paraguas con tela impermeable sintética y bastón metálico, entre los que se encuentran, además, los paraguas de apertura y cierre automáticos y los paraguas plegables.

Mi primer dueño fue un señor mayor a quien le gustaban los paraguas clásicos. Era un tanto presumido y me proporcionó una buena vida, aunque me hizo trabajar mucho porque vivía en una ciudad en donde las lluvias eran frecuentes.

Estuve a su servicio durante algunos años hasta que alguien me sustrajo del paragüero del bar que frecuentaba mi dueño.

El ladrón me llevó a su casa y me encerró en un armario con el resto de mis congéneres, también fruto de sus rapiñas. Podría decirse que este individuo era un cleptómano a quien le daba por apropiarse de paraguas ajenos, y me toco a mí la china.

Cierto día el ladronzuelo fue identificado y la policía me encontró en el armario junto a otros treinta y cuatro paraguas más, fruto de las andanzas del ladronzuelo. Entonces, nos trasladaron a todos a las dependencias policiales y allí estuvimos a la espera de ser reclamados por las personas del bar en donde habían desaparecido muchos de los paraguas víctimas del latrocinio. Algunos fueron reclamados pero mi dueño nunca vino a buscarme.

Allí me quedé hasta un día que un inspector, al que le gusta vestir como los detectives de cine negro americano, había dejado su trinchera en casa y comenzó a llover. Entonces, reclamó mis servicios para salir a la calle y no mojarse. Tuve que acostumbrarme a convivir en un paragüero acompañado de la pistolera del inspector, lo que me causaba tal inquietud que soñaba que mi tela era agujereada por las balas en una de las actuaciones de mi dueño.

Como al policía le gustaba más usar trinchera y sombrero que paraguas, terminó regalándome a un amigo suyo que era relojero. El relojero me trataba muy bien prestándome las mismas atenciones que a un mecanismo de relojería. Siempre me tenía limpio y a punto para utilizarme cuando fuese necesario. Caminando con él sus pasos me sonaban como el tic tac de un reloj.

Fallecido mi dueño uno de sus sobrinos me vendió a un anticuario y poco tiempo después fui adquirido por un cura. Recuerdo lo que me gustaba que mi color negro hiciera juego con su sombreo y su sotana; hacíamos un conjunto muy armonioso. En la Iglesia, mientras mi dueño hacía sus deberes, yo pasaba el tiempo en la sacristía haciendo examen de conciencia.

Me fui haciendo viejo, y ya muy desgastado, el cura, que era muy caritativo, me regaló a un feligrés que era cojo. Mis funciones profesionales pasaron de ser un mero instrumento para protegerse de la lluvia a ejercer, además, de bastón. El cojo me dotó de un regatón de goma para que no resbalase cuando se apoyaba en mí, lo que me causo cierto disgusto porque rompía mi estética de paraguas de postín.

Cierto día, una fuerte ráfaga de viento me dio la vuelta y me causo algunos desperfectos. Mi dueño me llevo a reparar pero, desconozco los motivos, nunca más volvió por la tienda. Supongo que habría preferido comprarse un paraguas nuevo y más moderno, o algo le pasó que se lo impidió.

Como mi dueño, tras la reparación, no pasó a recogerme el reparador de paraguas me puso a la venta y fui comprado por un individuo que me portaba con mucho garbo, era un bailarín retirado. Me veía interpretando la escena en la que Gene Kelly canta y baila la canción “Singin' in the Rain”. Espero que este mi último dueño, disfrute de mis servicios durante el tiempo que mi estructura aguante en condiciones.

Lo cierto es que no puedo quejarme, jamás tuve un dueño pendenciero. Lo digo porque las peleas a paraguazos me causan verdadero pánico; pueden costarle a uno la vida.

Bueno, les dejo; está empezando a llover y tengo que trabajar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La sotana del cura

Mantequilla de cacahuete

Condenado a no opinar