Recuerdos de mi infancia

Recuerdos de mi infancia

Por Félix Massó Milleiro

A estas alturas de mi vida, a veces, dirijo mis pensamientos a los días de mi infancia. Me da por recordar a personajes populares del Marín de la década de los años 50.

Recuerdo a Fray José, un seglar a quien, un día, no se cuando, le dio por ponerse una sotana. Acompañaba en misas y funerales, y otros asuntos de la parroquia, a Don José que era el párroco de Marín. Fray José era gordo y amigo del buen comer, y del mejor beber. Hubo una temporada en la que a mí padre le dio por poner unas colmenas en el jardín de detrás de la farmacia y ejercer la afición de la apicultura. Aunque mi padre no iba a misa, quien le ayudaba a extraer la miel de las colmenas era don José, el cura de la parroquia. Recuerdo verlo con una careta de apicultor que se adaptaba a su sombrero de cura. Con ella y su larga sotana resultaba invulnerable a las picaduras de los insectos. Cuando salía un enjambre, mi padre recurría a Camilo “el de la luz”. Le llamaban así porque era el empleado que la compañía eléctrica Fenosa tenía en Marín. Camilo introducía el enjambre en una colmena sin protección alguna. Debía de ser  inmune a las picaduras, si es que le picaba alguna, que nunca se lo preguntaban.

A Ismael le daba por la música y, acompañado por el sonido que le sacaba a un peine cubierto por un papel de fumar,  cantaba aquello de Carmen Miranda que decía:

“Mamãe eu quero, mamãe eu quero

Mamãe eu quero mamar

Dá chupeta, dá chupeta, dá chupeta pro bebê não chorar

Mamãe eu quero, mamãe eu quero

Mamãe eu quero mamar

Dá chupeta, dá chupeta, dá chupeta pro bebê não chorar…”

Joselito el botones del casino era un joven, un tanto escuchimizado, que hacía de chico de los recados en el Liceo Casino del pueblo (me recuerda al botones Sacarino). Parecía tonto, o al menos todos creían que lo era. Hacía los recados de los socios. Un día sorprendió a todos cuando a anciano socio, y quizá en venganza a todos los recados que le hizo realizar durante incontables veces, una frase inesperada; le dijo: a usted ya le queda poco. Desde entonces ya no les pareció que era tan tonto. Un día, Joselito desapareció del Liceo Casino y nunca más se supo de él.

Encarna, la comadrona que me trajo al mundo, vivía y tenía su consulta en el primer piso de una casa que hacía esquina con la calle del Busto. Siempre me negué a entrar en su casa porque decían que tenía un feto metido en un frasco con formol.

Los niños de mi calle le teníamos mucho miedo al marido de Leontina porque cuando dábamos la lata cerca de la puerta de su casa, salía con una escopeta de caza para atemorizarnos. En el bajo de la casa estaba la tienda de Juvencio. Era muy mayor y recuerdo que un día fuimos a comprar caramelos y pretendimos pagarle con un programa de cine, de la película titulada “Bienvenido, Mr. Marshall”, que representaba un billete de un dólar con las caras de Manolo Morán y Pepe Isbert. Pudimos escapar de la furia de Juvencio y, por supuesto, nos fuimos sin los caramelos.

 Rogelio el panadero, imponía por su aspecto, tenía unas cejas muy pobladas, y una mirada que resultaba un tanto diabólica. Su mujer, Agripina, usaba unos vestidos negros que le llegaban hasta los tobillos. Era como si se hubiese quedado anclada en el pasado. Allí, en la panadería, mi tío Manolo, algunas tardes, jugaba a las cartas con Rogelio. Me sorprendía que él no le tuviera miedo.

Me acuerdo de los protestantes. Los domingos salían, en multitud, de su templo, en cuya fachada se podía leer “La paga del pecado es muerte, Dios es vida eterna”, y pasaban por delante de mi casa. Se decía que allí, en el templo, después del sermón del pastor, tomaban “cascarilla”, que es una infusión que se hace con agua y la cascara del cacao. Los primeros pastores, hasta bien entrado el siglo XX, eran ingleses. A mi padre, allá por los años treinta, le dio clases de inglés uno de esos pastores ingleses.

La ferretería de Nartallo tenía unos escaparates con unas grandes lunas de cristal. Un día, mi amigo Senensito se enfadó conmigo y me tiro una piedra estando yo delante de uno de los escaparates; falló el tiro y rompió la luna. Su padre, que era muy amigo del mío, cuando le reclamaron el pago de los desperfectos alego que no se hacía cargo porque la culpa era del hijo de don Félix, o sea yo, porque me había apartado.

Comprábamos las figuritas del Belén, y los trompos (los mejores eran los de madera de boj), en la tienda de "el bicho". Estaba situada en una curva que era conocía como la curva de "el bicho", como no podía ser de otra manera.

En la plaza de la iglesia vieja estaba la casa en la que vivía Don Victor.  Don Victor era el censor oficial. Había que llevarle las letras de las canciones que se cantaban en los mayos, y en las rondallas, para que las censurase. Las rondallas las organizaba, y aportaba su propia música, Don Nicolas Vinteño Romero, que había sido alcalde de Marín durante la Republica (1934-1935). Recuerdo alguno de los nombres: de las rondallas “Los hijos del sol”, “los hijos del mar”, “los hijos de viento”, y no sé cuántos hijos más hubo.

Siendo muy pequeño, en el bar América, a donde iba a jugar con los hijos de los dueños, que se llamaban Manolete y Ricardo, presencié el parto de una perrita. Cuando llegue a casa y lo conté, mi abuela, escandalizada, me explicó que los perritos los había traído la cigüeña. Por lo que me dijo mi primo Nené, que era once años mayor que yo, parece ser que mi respuesta a mi abuela fue: uno no sé, pero los otros cuatro los cagó.

El bar de Chavocas era famoso por sus bocadillos de “patagullos”, y Lola “la choupa” era famosa pos sus magníficos churros. Su marido se llamaba Paco y era guardia de la Policía Municipal.

Yo estudié la mayor parte del bachillerato en la Academia Aboy. En el bajo del edificio había un local en el que se ejercía la prostitución. Recuerdo el día que pusieron los precintos en la puerta de entrada al local cuando, en el año 1956, se ilegalizó esa actividad. En la academia nos daba clase de latín un policía de la que llamaban secreta, aunque todos los conocíamos, que había sido seminarista. Parece ser que había muchos policías que habían pasado por el seminario.

No puedo olvidarme de Pepito Meijón (José Meijón Area).  Había sido un magnífico cantero antes de que los dioses decidieran castigarlo con la locura. Era un hombre pacífico cuya única obsesión era realizar escrituras y símbolos en la piedra. Recuerdo uno de sus grabados, realizado en la fachada de su casa, dirigido contra Fenosa. Se cuenta que unos irlandeses que habían venido a Marín para estudiar los petroglifos de Galicia y especialmente los de Mogor, cierto día, regresaron de una de sus excursiones arqueológicas entusiasmados por la cantidad de signos que habían descubierto, en los montes cercanos a Marín, que no estaban descritos en ningún estudio conocido por ellos. El misterio se resolvió cuando alguien les explicó que todos esos grabados eran obra de Meijón.

La radio de aquellos años es otra de las cosas que recuerdo con añoranza. Siempre radiaban alguno de los cuentos de  Joselín. Su verdadero nombre era José Rodríguez de Vicente. Fue, además de humorista, periodista y político (alcalde de Bayona en la década de los años veinte). Uno de sus se titulaba “O desenclavo” La historia se desarrollaba en un pequeño pueblo de Galicia. Trataba de que, aproximándose la Semana Santa, en dicho pueblo, un indiano rico, en colaboración  con el párroco, deciden hacer una Semana Santa memorable. Entonces, como en la Iglesia no disponían un Cristo crucificado para la ceremonia del desenclavo, decidieron comprarle a un tal Jacinto, vecino de una aldea cercana, uno que había heredado, y que estaba, él pobre, muy viejo y muy lastimado. Asimismo, decidieron contratar los servicios de un predicador, para darle más importancia a la ceremonia. Llegado el día, el predicador, dirigiéndose a los parroquianos, les dice:

¡Ahí o tendes, clavado na cruz; mirai como o puxestedes po las vosas culpas, po las vosas culpas!.

A nai de Rufael, sin decatarse de o que o pradicador quería dicir, respondeulle toda agoniada: ¡non lle fomos nos, xa nos lo venderon así en Cabás, señor!.

También, me acuerdo de Majinet Pelacañas, personaje creado por el locutor catalán de radio José María Tarrasa.

Uno de los cuentos se titulaba “El examen de Majinet”

En dicho examen, después de no haber respondido correctamente a ninguna de las preguntas que le hicieron, el examinador le pregunta a Majinet, ¿Es que no sabes nada?. Majinet le responde: si que sé; sé multiplicar. Bueno, le dice el profesor, entonces dime la tabla del siete. Majinet comienza a recitar la tabla del siete pero al llegar al siete por siete se atasca, y el profesor le dice: ves Majinet, no sabes ni la tabla de multiplicar. Majinet le responde: sí que la sé, señor profesor, la letra no me la sé pero la música sí, verá usted: siete por siete nanananana, nananana nananana. La sé, señor profesor, lo que me falta es la orquesta. A ver sigue, Majinet; le dice el profesor, y Majinet continúa: siete por siete… siete por siete… (entonces comienza a sonar una orquesta)… siete por siete cuarenta y nueve, siete por ocho cincuenta y seis, siete por nueve sesenta y tres, y el que no lo sabe es que tonto es... ¡Aprended a cantar, y sabréis multiplicar!.

Las canciones que podían escucharse en las emisores más populares, por ejemplo Radio Pontevedra”, y en programas tales como el denominado “ecos de sociedad”, eran “La ovejita lucera”, “Cocidito madrileño”, “Dos cruces”, “La vaca lechera”, “La casita de papel, “Campanera”, “Si vas a Calatayud”, etcétera, etcétera. Todo muy “Pop”.

Relacionada con la radio, recuerdo una anécdota que voy a contar. La abuela de mi amigo Manolito tenía una frutería que se llamaba “Frutería La lechera”, estaba al final de la calle en donde jugábamos nuestro grupo de amigos, en la plaza del reloj. Cuando alguien atacaba  a Manolito, enseguida gritaba: ¡Abueeeelaaa!. Entonces, su abuela salía del la frutería con los brazos en jarra y, vestida de negro, acogía a su nieto que, corriendo, acudía a sus brazos. Aquella mujer imponía, metía miedo. Nos daba más miedo que el pirata Morgan de los tebeos de "El cachorro". Manolito, desconocía como era el funcionamiento de la radio por que en su casa no tenían. Un día, escuchando la radio en la casa de uno de nuestros comunes amigos, le espetó: ¡Pon “Campanera”!. Manolito, desgraciadamente, falleció atropellado por un trolebús.

Como bien me recordó mi querido primo Juani, Camilo, “el de la luz”, que también era cazador, acogió un día a un cachorro de zorro que cuidó durante algún tiempo. Lo aguardaba en el local en el que tenía sus instalaciones la empresa Fenosa. Si no recuerdo mal, conforme fue creciendo, el zorrito fue haciéndose más arisco, y Camilo no tuvo más remedio que devolverlo al campo.

Ramiro, a quién se le conocía como “el nécora”, porque a su madre le llamaban “la nécora”, trabajaba como jardinero en la Escuela Naval Militar, y por lo tanto tenía derecho a los servicios médicos de la Armada. Se cuenta que, en cierta ocasión, su madre sufrió un pertinaz estreñimiento y fue atendida en su domicilio por un conocido médico de dicha entidad. El que sea de Marín puede que sepa de quien estoy hablando. El doctor la visitó y le recetó un laxante. Al día siguiente volvió para comprobar cuál había sido el resultado de su tratamiento. Parece ser que al abrir la puerta de la casa, que era un bajo que daba a la calle, el rebufo que recibió fue tal que que no se le ocurrió otra cosa mas que gritar: ¡Ya cagó “la nécora”!.

El cine, ¡ah, el cine!. Mi querido cine. Una de las grandes aficiones de mi vida. En Marín había dos salas de cine, el cine “Avenida” y el cine “Quiroga”. Los estrenos siempre se hacían en el “Avenida” porque era el más grande. Las primeras películas que vi en mi vida, las vi en el las sesiones del llamado “cine infantil”, que era los domingos por la tarde. Allí nos ponían películas apropiadas para niños. Títulos como “Robín de los bosques”, “Kim de la India”, “El libro de la selva”, “Fantomas contra Fantomas”, “Los tambores de Fu-Manchú”, etcétera. Allí, en ese cine, descubrí un mundo mágico del que nunca salí. En la salida del cine, había una señora mayor, a la que llamaban “Anduriña”, toda ella muy enjoyada, que tenía un carrito con chucherías y que vendía, entre otras muchas cosas, pirulís de La Habana (de los que se comen sin gana), de fabricación propia, También, recuerdo unos caramelos de menta muy grandes y muy verdes que llamábamos “adoquines”. Allí, un día, a mi amigo Josesito y a mí, se nos ocurrió comprar dos pitillos de la marca “LM” e irnos a fumarlos a un sitio que llamábamos “los tablones”. Ese lugar estaba en el puerto y consistía en muchos tablones apilados con el objeto de que se secase la madera. Allí, sin que nadie nos viera, fumamos nuestros primeros pitillos, y así nos iniciamos en el noble arte de fumar cigarrillos. Nos habíamos transformado en hombres. Vaya por Dios.

Mi padre me mandaba ir a la “Canexa” a comprar cigarrillos. Allí estaba Julián, para mí inmenso, con su gran y rebelde pelambrera; entonces, armándome de valor, le espetaba: una cajetilla de “Chester" para mi papá.  Me daba la cajetilla, y yo salía corriendo sin mirar para atrás.

Aprendí a leer en las monjas, de la mano de sor Felisa, que era una verdadera santa.  Recuerdo las clases de “Historia Sagrada” que nos impartía sor Elvira con su chasca; Adán y Eva en el paraíso, Caín y Abel, la Torre de Babel, Noé y el arca. Resultaba muy entretenido, salvo en los momentos de los “chascazos” que daba sor Elvira para mantener el orden.  Mi primera lectura la hice en un libro que comenzaba así: Tengo cinco años, todavía no los he cumplido….

Los niños que llamaban “pobres” entraban a recintos diferentes y no convivían con el resto del alumnado. Esa actitud siempre me pareció muy poco cristiana. Así eran las cosas por aquel entonces.

Los tebeos de “El Capitán Trueno”, “El hombre enmascarado”, “Flash Gordon”, “El jabato”, el “TBO”, “Jaimito”, “Roberto Alcázar y Pedrín”, “F.B.I.”, “El guerrero del antifaz”, “Hazañas bélicas”, Pulgarcito”, etc., los compraba en el quiosco de Neli.  Algún domingo me los compraba mi padre, en la librería de “La follata”, cuando regresábamos con mis hermanas de tomar unos cucuruchos de merengue en la Confitería García. García era un extraordinario repostero. Tenía amistad con mi padre por compartir la afición de la caza. Cierto día, en la rebotica, me enseño a hacer el merengue.

De niño, y hasta que me operaron, padecía muchas amigdalitis.  Mi primo Nené se desplazaba a Vigo para comprar penicilina de contrabando en “La piedra”.  Los practicantes que me acribillaban eran los hermanos Lalo y Lolo.  Lolo imitaba muy bien a “Cantinflas” y me hacía reír mucho, lo que me predisponía a recibir, con resignación cristiana, el suplicio del pinchazo.  Lalo, además de ser practicante, estudiaba para marino mercante.  No puedo olvidarme de Rosales ni de su hijo Chito, que también, practicaban el arte del banderilleo.

A finales de los años cuarenta, recuerdo que, en las fiestas de San Miguel, un día se servía chocolate con churros, gratis. Eran los tiempos del racionamiento.

El guardia “Prudencio” era un personaje creado por las instituciones para iniciar a los niños en las normas de circulación.  En Marín, impartió sus clases desde una tarima situada frente a la farmacia de ni padre.

Otro gran amigo de mi padre, y mío, era Gago, carpintero y tapicero.  Tenía la carpintería, en un bajo frente a la Academia Aboy.  Mas tarde, traslado el taller a un local situado en la plaza del reloj, al lado de la tienda de Garabal.  Gago era un tipo ameno y ocurrente.  A mí me contaba muchas historias.  Llevaba clavado en su gran corazón la espina de no haber hecho las paces con su padre antes de que este falleciera.  Siempre me decía que yo no cometiera la misma equivocación.  Me contaba que su hijo Paquito, en cierta ocasión le preguntó: ¿Quién puede más un moro o un guardia civil?, Gago le respondió que un guardia civil. La segunda pregunta de Paquito fue: ¿y quién puede más, tú o un guardia civil?; lo dejo un poco descolocado, pero, cogiendo aliento, le respondió: yo.  Gago en la guerra, sirvió en transmisiones y tenía tan poco que hacer que se dedicaba a leer la enciclopedia Universitas.

Hablando de la tienda de Garabal, que regentaba Méndez, el padre de mi amigo Manolo, me acuerdo que una tarde, estando papando moscas en la puerta de la farmacia, vi pasar a un ciclista que iba a todo meter hacia el Busto. Detrás un policía de la secreta pegando tiros al aire, y detrás del policía, Méndez, que gritaba; ¡Al ladrón, al ladrón!.  Al ladrón lo capturaron por los montes de los alrededores del lavadero.

En la Escuela Naval, había un oficial que impartía a los alumnos las clases de matemáticas.  Se contaba que tenía un Quijote de esos tallados en madera y cuando se bañaba, lo sumergía en el agua, y exclamaba: ¡Muere, cabrón!.   Era copartícipe, con mi padre, mi primo Nené y otros amigos, en la pesca de anguilas en el río Lameira.  Carlos, “el gasta”, era quien preparaba los rosarios con las lombrices que de noche y provisto de una linterna, cogía en el jardín de la parte de atrás de la farmacia.

Mi primo Nené, que para mí era como un hermano, me hacía unas magníficas cometas con astillas obtenidas de la caña de una escoba, pegamento, y papel de seda.  Me llevaba a volarlas a un terreno elevado que había en las cercanías de la llamada “Casa deshabitada”.  También, cuando se declaro 1957 Año Geofísico Internacional, me hacía unos cohetes que lanzábamos en el  siempre tan necesario jardín de la parte de atrás de la farmacia.  Los hacía con fundas de puros, pólvora de macarrón y le añadía unas aletas de cartón.  Subían como balas.

Acompañé a mí querido padre a recoger firmas en contra del derribo del edificio de “El priorato”. No sirvió de nada. La especulación galopó impertérrita.

En el bar Lelé, que creo aún existe y en el mismo lugar, tomamos mis hermanas y yo, nuestra primera Coca-Cola.  Recuerdo que nos había sabido a jarabe de farmacia.  En ese tipo de sabores, como era natural, éramos unos expertos.

Hablando de bares, no puedo dejar de citar al bar de Molas, a donde me llevaba mi padre después de comer.  Molas, que era un coñón, me decía que tenía una foca en la fábrica de hielo.  Cuando le pedía que me llevase a verla, siempre encontraba un argumento para evitarlo. Que si estaba durmiendo, que si no era la hora de darle de comer, etc.,  yo estaba obsesionado con ver la foca, pero no pudo ser..

El padre Bernabeu era cura castrense de la Escuela Naval, participaba en los inicios de lo que, después fue la Asociación de Cultura y Arte Santa Cecilia.  Tenía una magnífica voz.  Un día en el laboratorio de la farmacia, presencié como cantó la canción “Eu de Marín ausenteime”, mientras se grababa en un magnetofón de hilo.  Más tarde llegaron los de cinta magnética.

Mi padre y algunos de sus amigos, entre los que se encontraba un tal Valero, solían jugar a las cartas en el bar Ons. Valero era un hombre muy presumido, hasta el punto de que cuando le venían muchas jotas de la baraja, exclamaba: ¡Como me quieren las mujeres!.  Pues bien, el circo era una atracción que llegaba a Marín de vez en cuando. En una de aquellas ocasiones, uno de los espectáculos que pasaban por la pista consistía en un prestidigitador que hacía trucos con las cartas.  A mi padre y sus compinches se les ocurrió hablar con el prestidigitador y  convencerle de que asistiese a una partida en la que participaría Valero.  Creo que fue una partida memorable en la que, el pobre Valero, salió chamuscado y desconcertado. Lo que no cabe duda es que mi padre y sus amigos se divertían mucho.

José era un asiduo en la rebotica de la farmacia, iba, sobre todo los domingos a escuchar “carrusel deportivo”. Casi siempre se quedaba dormido.  Un día, a los de siempre, se les ocurrió gastarle una broma. Montaron una partida de tute en laboratorio en la que José estaba de espectador, todos sabían que de un momento a otro José se quedaría dormido. Cuando sucedió lo esperado cerraron la puerta y la ventana que daba a la huerta y la habitación quedó  totalmente a oscuras. Los bromistas hicieron que jugaban exclamando en voz alta: “¡Las cuarenta,  arrastro, escoba, etc.!   Al poco tiempo se escucho un grito: ¡Esto ciego, estoy ciego!; era José que se había despertado.

Paco “el de la suerte” me quería mucho, yo a él también.  Solía llevarme a comer los callos al bar de Francisco”, en donde tenía la parada el “coche de línea”. Siempre lo tengo presente en mis recuerdos.  La última vez que lo vi, que fue en el bar de “El merendero” me sorprendió lo que le costó reconocerme. Seguramente eran los primeros síntomas de un incipiente Alzheimer.  Vivía en una casa que estaba al doblar la esquina de la ferretería de Nartallo, en la calle Bastarreche, en el bajo tenía la zapatería que había sido de su padre.

Paco estaba preparando una conferencia que iba a dar en La Asociación de Cultura y Arte Santa Cecilia.  Para practicar, se le ocurrió llevarme a su casa y alli, sentados ambos, uno frente al otro ante una mesa camilla, me soltó todo el rollo de la bendita conferencia. Excuso deciros que me fui de allí sin enterarme de nada, con la misma sensación que experimentaba don Ulises, el de “La familia Ulises” del TBO, ante una frustración.

En el bar Laín – me parece que se llamaba así-, con mis amigos Josesito y Bibín, tomába unos magníficos callos que, recuerdo, estaban cortados en tiras y no tenían garbanzos. El bar estaba en la cuesta que va de la Iglesia vieja a la Escuela Naval Militar.

En la farmacia, en invierno, siempre estaba encendida la chimenea. A su alrededor se calentaban los amigos que asistían a las tertulias de la rebotica. Recuerdo que, en cierta ocasión, Don Juan “el de teléfonos”, se situó frente de la chimenea con las piernas estiradas para calentar los pies y se quedó dormido. Despertó sobresaltado y gritando: ¡Me quemo, mequemo!. Sus zapatos, que tenían la suela de goma, se habían recalentado tanto que su suela se había convertido en una especie de chicle negro. Cuando se puso de pie y empezó a caminar, las pisadas de Don Juan marcaban su recorrido.

La fiesta de los maios siempre fue una fiesta muy celebrada en Marín. Mi padre conjuntamente con los padres de mis amigos decidieron que participásemos en la fiesta. Se reunieron en un galpón de la finca de un familiar mío cuya entrada estaba al lado del taller del “ferrador” y allí se pusieron a construirnos el un barco que le llamarón “El defensor de Pedro”, era el nombre del barco del pirata Benito Soto.  Hasta vino un señor de la escuela naval para elaborar las jarcias del navío. El mascarón de proa lo hizo Soneira, que era comisario de policía “de la secreta” y a quien se la daba muy bien eso de tallar madera con una navajita. Ensayábamos la letra y la música con el maestro “Chapí” al piano, en su casa de “la cuesta”. El coro estaba formado, además del que suscribe, por José Luis, Carlos “Caimán” y su hermano Julio, Manolete, Ricardito, mi primo Manolo, el hijo de “Chapí”, Luis Adolfo, Andresito, Marcial, y Josesito, al que le habían afeitado la cabeza, porque decían que  tenía “la tiña”, y le habían puesto una boina calada hasta las orejas.  Aquel año llevamos el primer premio dedicado a embarcaciones. El concurso se celebraba en la plaza del reloj patrocinado, como no podía ser de otra manera, por la Asociación de Cultura y Arte Santa Cecilia. Al año siguiente nos construyeron una réplica del crucero acorazado Carlos V.

La película titulada “El gran dictador” se estrenó en España en el año 1976. Cuando le comenté a mi padre que había ido a verla a un cine de La Coruña, me soltó una frase que me dejó estupefacto, me dijo: Ya la vi yo hace muchos años. Parece ser que en la Escuela Naval Militar se proyectaban películas que por su  contenido político estaban vetadas al común de los españoles. Quizás alguien pueda confirmar si esto era así.

En otra ocasión la broma se la gastaron a Don Antonio “Aboy”.  Le dijeron que Josecho había sido nombrado representante para Galicia de las maquinas de afeitar eléctricas de la marca “Pineda”. Puestos todos de acuerdo, cuando entró don Antonio en la rebotica, allí estaba Josecho al teléfono tomando nota de las decenas de pedidos que le llegaban. Don Antonio exclamó: ¡Coño, este se va a forrar!.

Lo que voy a contar seguidamente, me lo relató mi primo Nené, y no sé hasta que punto es verdad. Según él, un día, estando desayunado don Antonio y su hermana Maruja, la niña le dijo a su madre: Mamá, teño unha mosca no café. La madre le contesto: Botallé a mosca a Antonio.

Siendo muy pequeño asistí a unas clases de dibujo que impartía Manuel Torres en un bajo de la casa de Dios - No, no era en la Iglesia, era un edificio que había construido un contratista que se apellidaba así-  y que estaba cerca de la curva de “el bicho”.  Excuso decir que entidad cultural organizaba dichas clases de dibujo.  Allí dibujé, al carboncillo, una botella. Bueno, mejor dicho, me la dibujó Torres.  Recuerdo que a esas clases asistía, también, Boro el que más tarde se convertiría en mi cuñado.

Don Antonio Mas era profesor en la Escuela Naval Militar y muy amigo de mi padre. Una vez en la rebotica me estuvo entreteniendo con juegos de magia. Fue destinado, durante una larga temporada, a los Estados Unidos para ampliar sus conocimientos. Fue profesor de la asignatura de electrónica en la Escuela de Peritos Industriales de Vigo en donde yo estudiaba. En cierta ocasión, en la que me había examinado y merecía que me suspendiese en la asignatura, llamó por teléfono a mi padre, le explicó la situación y le preguntó: ¿Qué hago con tu hijo?; mi padre le respondió: ¡Suspéndelo, coño!.

En el verano, por las tardes, venía de Pontevedra, en el trolebús, un vendedor de helados que era mayor y tenía el pelo totalmente blanco.  Se situaba en la esquina en donde estaba la farmacia de Gastañaduy.  Al menos yo, nunca faltaba a la cita.

La siguiente anécdota no la viví yo, me lo contó mi primo Nené.  Según me decía, siendo él un jovencito, con Jaime el de “Pulgarcito”, hacían, con fundas de puros y pólvora, unos magníficos petardos. Un día, que estaban aburridos, se les ocurrió acercarse hasta la casa de “la nécora”, y al ver que tenía la lareira encendida, le echaron uno de sus petardos por la humeante chimenea. Me decía que esperaban a escuchar el clinclin que hacía petardo al rebotar en las paredes de la chimenea y cuando dejaban de oír el clinclin salían corriendo escapando de la furia de la pobre “nécora”, que salía enfurecida a la callé.  Parece que el acto de petardear a “la nécora” acabo convirtiéndose en un hábito durante cierto tiempo.

Mi primo Manolo formó parte importantísima de mi infancia y siempre lo quise como a hermano. De pequeños pasamos mucho tiempo juntos.  Relacionados con él recuerdo dos cosas. La primera es que me descubrió a “Tip y Top”.  Me contaba que los escuchaba en la radio.  La otro es cuando me mostró La Luna a través de un anteojo que tenía en su casa y que, probablemente, había pertenecido a nuestro bisabuelo el marino mercante. Quizás fue ese hecho el que despertó la que sería una de mis grandes aficiones, la Astronomía y la Astrofotografía.

Fui muy amigo de Juan Antonio “parisién”, le llamaban así porque su mamá, los domingos, siempre lo vestía de blanco.  Su padre era Don Cesar, el jefe de correos de la Escuela Naval Militar. Don Cesar imponía bastante, jamás sonreía. Cuando lo iba a buscar a su casa, su madre, mientras esperaba por él, me llevaba a una terraza que tenía una enorme pérgola, y allí se ponía a hablar y hablar, mientras yo callaba todo el tiempo. Cuando Juan Antonio aparecía para irnos a la callé, su madre me decía: Felitos, tienes que venir más por aquí porque tienes una conversación muy agradable. Yo salía de allí, no sé porque, un tanto desconcertado.

Merece la pena contar las cosas buenas que vivimos. Las malas es mejor dejarlas en el baúl de los malos recuerdos.

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