Recuerdos de mi infancia
Recuerdos
de mi infancia
Por
Félix Massó Milleiro
A estas alturas de mi vida,
a veces, dirijo mis pensamientos a los días de mi infancia. Me da por recordar
a personajes populares del Marín de la década de los años 50.
Recuerdo a Fray José, un
seglar a quien, un día, no se cuando, le dio por ponerse una sotana. Acompañaba
en misas y funerales, y otros asuntos de la parroquia, a Don José que era el
párroco de Marín. Fray José era gordo y amigo del buen comer, y del mejor
beber. Hubo una temporada en la que a mí padre le dio por poner unas colmenas
en el jardín de detrás de la farmacia y ejercer la afición de la apicultura.
Aunque mi padre no iba a misa, quien le ayudaba a extraer la miel de las
colmenas era don José, el cura de la parroquia. Recuerdo verlo con una careta
de apicultor que se adaptaba a su sombrero de cura. Con ella y su larga sotana
resultaba invulnerable a las picaduras de los insectos. Cuando salía un
enjambre, mi padre recurría a Camilo “el de la luz”. Le llamaban así porque era
el empleado que la compañía eléctrica Fenosa tenía en Marín. Camilo introducía
el enjambre en una colmena sin protección alguna. Debía de ser inmune a las picaduras, si es que le picaba
alguna, que nunca se lo preguntaban.
A Ismael le daba por la
música y, acompañado por el sonido que le sacaba a un peine cubierto por un
papel de fumar, cantaba aquello de
Carmen Miranda que decía:
“Mamãe eu quero, mamãe eu
quero
Mamãe eu quero mamar
Dá chupeta, dá chupeta, dá
chupeta pro bebê não chorar
Mamãe eu quero, mamãe eu
quero
Mamãe eu quero mamar
Dá chupeta, dá chupeta, dá
chupeta pro bebê não chorar…”
Joselito el botones del
casino era un joven, un tanto escuchimizado, que hacía de chico de los recados
en el Liceo Casino del pueblo (me recuerda al botones Sacarino). Parecía tonto,
o al menos todos creían que lo era. Hacía los recados de los socios. Un día
sorprendió a todos cuando a anciano socio, y quizá en venganza a todos los
recados que le hizo realizar durante incontables veces, una frase inesperada;
le dijo: a usted ya le queda poco. Desde entonces ya no les pareció que era tan
tonto. Un día, Joselito desapareció del Liceo Casino y nunca más se supo de él.
Encarna, la comadrona que me
trajo al mundo, vivía y tenía su consulta en el primer piso de una casa que
hacía esquina con la calle del Busto. Siempre me negué a entrar en su casa
porque decían que tenía un feto metido en un frasco con formol.
Los niños de mi calle le
teníamos mucho miedo al marido de Leontina porque cuando dábamos la lata cerca
de la puerta de su casa, salía con una escopeta de caza para atemorizarnos. En
el bajo de la casa estaba la tienda de Juvencio. Era muy mayor y recuerdo que
un día fuimos a comprar caramelos y pretendimos pagarle con un programa de
cine, de la película titulada “Bienvenido, Mr. Marshall”, que representaba un
billete de un dólar con las caras de Manolo Morán y Pepe Isbert. Pudimos
escapar de la furia de Juvencio y, por supuesto, nos fuimos sin los caramelos.
Rogelio el panadero, imponía por su aspecto,
tenía unas cejas muy pobladas, y una mirada que resultaba un tanto diabólica.
Su mujer, Agripina, usaba unos vestidos negros que le llegaban hasta los
tobillos. Era como si se hubiese quedado anclada en el pasado. Allí, en la
panadería, mi tío Manolo, algunas tardes, jugaba a las cartas con Rogelio. Me
sorprendía que él no le tuviera miedo.
Me acuerdo de los
protestantes. Los domingos salían, en multitud, de su templo, en cuya fachada
se podía leer “La paga del pecado es muerte, Dios es vida eterna”, y pasaban
por delante de mi casa. Se decía que allí, en el templo, después del sermón del
pastor, tomaban “cascarilla”, que es una infusión que se hace con agua y la
cascara del cacao. Los primeros pastores, hasta bien entrado el siglo XX, eran
ingleses. A mi padre, allá por los años treinta, le dio clases de inglés uno de
esos pastores ingleses.
La ferretería de Nartallo
tenía unos escaparates con unas grandes lunas de cristal. Un día, mi amigo
Senensito se enfadó conmigo y me tiro una piedra estando yo delante de uno de
los escaparates; falló el tiro y rompió la luna. Su padre, que era muy amigo
del mío, cuando le reclamaron el pago de los desperfectos alego que no se hacía
cargo porque la culpa era del hijo de don Félix, o sea yo, porque me había
apartado.
Comprábamos las figuritas
del Belén, y los trompos (los mejores eran los de madera de boj), en la tienda
de "el bicho". Estaba situada en una curva que era conocía como la
curva de "el bicho", como no podía ser de otra manera.
En la plaza de la iglesia
vieja estaba la casa en la que vivía Don Victor. Don Victor era el censor oficial. Había que
llevarle las letras de las canciones que se cantaban en los mayos, y en las
rondallas, para que las censurase. Las rondallas las organizaba, y aportaba su
propia música, Don Nicolas Vinteño Romero, que había sido alcalde de Marín
durante la Republica (1934-1935). Recuerdo alguno de los nombres: de las
rondallas “Los hijos del sol”, “los hijos del mar”, “los hijos de viento”, y no
sé cuántos hijos más hubo.
Siendo muy pequeño, en el
bar América, a donde iba a jugar con los hijos de los dueños, que se llamaban
Manolete y Ricardo, presencié el parto de una perrita. Cuando llegue a casa y
lo conté, mi abuela, escandalizada, me explicó que los perritos los había
traído la cigüeña. Por lo que me dijo mi primo Nené, que era once años mayor
que yo, parece ser que mi respuesta a mi abuela fue: uno no sé, pero los otros
cuatro los cagó.
El bar de Chavocas era
famoso por sus bocadillos de “patagullos”, y Lola “la choupa” era famosa pos
sus magníficos churros. Su marido se llamaba Paco y era guardia de la Policía
Municipal.
Yo estudié la mayor parte
del bachillerato en la Academia Aboy. En el bajo del edificio había un local en
el que se ejercía la prostitución. Recuerdo el día que pusieron los precintos
en la puerta de entrada al local cuando, en el año 1956, se ilegalizó esa
actividad. En la academia nos daba clase de latín un policía de la que llamaban
secreta, aunque todos los conocíamos, que había sido seminarista. Parece ser
que había muchos policías que habían pasado por el seminario.
No puedo olvidarme de Pepito
Meijón (José Meijón Area). Había sido un
magnífico cantero antes de que los dioses decidieran castigarlo con la locura.
Era un hombre pacífico cuya única obsesión era realizar escrituras y símbolos
en la piedra. Recuerdo uno de sus grabados, realizado en la fachada de su casa,
dirigido contra Fenosa. Se cuenta que unos irlandeses que habían venido a Marín
para estudiar los petroglifos de Galicia y especialmente los de Mogor, cierto
día, regresaron de una de sus excursiones arqueológicas entusiasmados por la
cantidad de signos que habían descubierto, en los montes cercanos a Marín, que
no estaban descritos en ningún estudio conocido por ellos. El misterio se
resolvió cuando alguien les explicó que todos esos grabados eran obra de
Meijón.
La radio de aquellos años es
otra de las cosas que recuerdo con añoranza. Siempre radiaban alguno de los
cuentos de Joselín. Su verdadero nombre
era José Rodríguez de Vicente. Fue, además de humorista, periodista y político
(alcalde de Bayona en la década de los años veinte). Uno de sus se titulaba “O
desenclavo” La historia se desarrollaba en un pequeño pueblo de Galicia.
Trataba de que, aproximándose la Semana Santa, en dicho pueblo, un indiano
rico, en colaboración con el párroco,
deciden hacer una Semana Santa memorable. Entonces, como en la Iglesia no
disponían un Cristo crucificado para la ceremonia del desenclavo, decidieron
comprarle a un tal Jacinto, vecino de una aldea cercana, uno que había
heredado, y que estaba, él pobre, muy viejo y muy lastimado. Asimismo,
decidieron contratar los servicios de un predicador, para darle más importancia
a la ceremonia. Llegado el día, el predicador, dirigiéndose a los parroquianos,
les dice:
¡Ahí o tendes, clavado na
cruz; mirai como o puxestedes po las vosas culpas, po las vosas culpas!.
A nai de Rufael, sin
decatarse de o que o pradicador quería dicir, respondeulle toda agoniada: ¡non
lle fomos nos, xa nos lo venderon así en Cabás, señor!.
También, me acuerdo de
Majinet Pelacañas, personaje creado por el locutor catalán de radio José María
Tarrasa.
Uno de los cuentos se
titulaba “El examen de Majinet”
En dicho examen, después de
no haber respondido correctamente a ninguna de las preguntas que le hicieron,
el examinador le pregunta a Majinet, ¿Es que no sabes nada?. Majinet le
responde: si que sé; sé multiplicar. Bueno, le dice el profesor, entonces dime
la tabla del siete. Majinet comienza a recitar la tabla del siete pero al
llegar al siete por siete se atasca, y el profesor le dice: ves Majinet, no
sabes ni la tabla de multiplicar. Majinet le responde: sí que la sé, señor
profesor, la letra no me la sé pero la música sí, verá usted: siete por siete
nanananana, nananana nananana. La sé, señor profesor, lo que me falta es la
orquesta. A ver sigue, Majinet; le dice el profesor, y Majinet continúa: siete
por siete… siete por siete… (entonces comienza a sonar una orquesta)… siete por
siete cuarenta y nueve, siete por ocho cincuenta y seis, siete por nueve
sesenta y tres, y el que no lo sabe es que tonto es... ¡Aprended a cantar, y
sabréis multiplicar!.
Las canciones que podían
escucharse en las emisores más populares, por ejemplo Radio Pontevedra”, y en
programas tales como el denominado “ecos de sociedad”, eran “La ovejita
lucera”, “Cocidito madrileño”, “Dos cruces”, “La vaca lechera”, “La casita de
papel, “Campanera”, “Si vas a Calatayud”, etcétera, etcétera. Todo muy “Pop”.
Relacionada con la radio,
recuerdo una anécdota que voy a contar. La abuela de mi amigo Manolito tenía
una frutería que se llamaba “Frutería La lechera”, estaba al final de la calle
en donde jugábamos nuestro grupo de amigos, en la plaza del reloj. Cuando
alguien atacaba a Manolito, enseguida
gritaba: ¡Abueeeelaaa!. Entonces, su abuela salía del la frutería con los
brazos en jarra y, vestida de negro, acogía a su nieto que, corriendo, acudía a
sus brazos. Aquella mujer imponía, metía miedo. Nos daba más miedo que el
pirata Morgan de los tebeos de "El cachorro". Manolito, desconocía
como era el funcionamiento de la radio por que en su casa no tenían. Un día,
escuchando la radio en la casa de uno de nuestros comunes amigos, le espetó:
¡Pon “Campanera”!. Manolito, desgraciadamente, falleció atropellado por un
trolebús.
Como bien me recordó mi
querido primo Juani, Camilo, “el de la luz”, que también era cazador, acogió un
día a un cachorro de zorro que cuidó durante algún tiempo. Lo aguardaba en el
local en el que tenía sus instalaciones la empresa Fenosa. Si no recuerdo mal,
conforme fue creciendo, el zorrito fue haciéndose más arisco, y Camilo no tuvo
más remedio que devolverlo al campo.
Ramiro, a quién se le
conocía como “el nécora”, porque a su madre le llamaban “la nécora”, trabajaba
como jardinero en la Escuela Naval Militar, y por lo tanto tenía derecho a los
servicios médicos de la Armada. Se cuenta que, en cierta ocasión, su madre
sufrió un pertinaz estreñimiento y fue atendida en su domicilio por un conocido
médico de dicha entidad. El que sea de Marín puede que sepa de quien estoy
hablando. El doctor la visitó y le recetó un laxante. Al día siguiente volvió
para comprobar cuál había sido el resultado de su tratamiento. Parece ser que
al abrir la puerta de la casa, que era un bajo que daba a la calle, el rebufo
que recibió fue tal que que no se le ocurrió otra cosa mas que gritar: ¡Ya cagó
“la nécora”!.
El cine, ¡ah, el cine!. Mi
querido cine. Una de las grandes aficiones de mi vida. En Marín había dos salas
de cine, el cine “Avenida” y el cine “Quiroga”. Los estrenos siempre se hacían
en el “Avenida” porque era el más grande. Las primeras películas que vi en mi
vida, las vi en el las sesiones del llamado “cine infantil”, que era los
domingos por la tarde. Allí nos ponían películas apropiadas para niños. Títulos
como “Robín de los bosques”, “Kim de la India”, “El libro de la selva”,
“Fantomas contra Fantomas”, “Los tambores de Fu-Manchú”, etcétera. Allí, en ese
cine, descubrí un mundo mágico del que nunca salí. En la salida del cine, había
una señora mayor, a la que llamaban “Anduriña”, toda ella muy enjoyada, que tenía
un carrito con chucherías y que vendía, entre otras muchas cosas, pirulís de La
Habana (de los que se comen sin gana), de fabricación propia, También, recuerdo
unos caramelos de menta muy grandes y muy verdes que llamábamos “adoquines”.
Allí, un día, a mi amigo Josesito y a mí, se nos ocurrió comprar dos pitillos
de la marca “LM” e irnos a fumarlos a un sitio que llamábamos “los tablones”.
Ese lugar estaba en el puerto y consistía en muchos tablones apilados con el
objeto de que se secase la madera. Allí, sin que nadie nos viera, fumamos
nuestros primeros pitillos, y así nos iniciamos en el noble arte de fumar
cigarrillos. Nos habíamos transformado en hombres. Vaya por Dios.
Mi padre me mandaba ir a la
“Canexa” a comprar cigarrillos. Allí estaba Julián, para mí inmenso, con su
gran y rebelde pelambrera; entonces, armándome de valor, le espetaba: una
cajetilla de “Chester" para mi papá.
Me daba la cajetilla, y yo salía corriendo sin mirar para atrás.
Aprendí a leer en las
monjas, de la mano de sor Felisa, que era una verdadera santa. Recuerdo las clases de “Historia Sagrada” que
nos impartía sor Elvira con su chasca; Adán y Eva en el paraíso, Caín y Abel,
la Torre de Babel, Noé y el arca. Resultaba muy entretenido, salvo en los
momentos de los “chascazos” que daba sor Elvira para mantener el orden. Mi primera lectura la hice en un libro que
comenzaba así: Tengo cinco años, todavía no los he cumplido….
Los niños que llamaban
“pobres” entraban a recintos diferentes y no convivían con el resto del
alumnado. Esa actitud siempre me pareció muy poco cristiana. Así eran las cosas
por aquel entonces.
Los tebeos de “El Capitán
Trueno”, “El hombre enmascarado”, “Flash Gordon”, “El jabato”, el “TBO”,
“Jaimito”, “Roberto Alcázar y Pedrín”, “F.B.I.”, “El guerrero del antifaz”,
“Hazañas bélicas”, Pulgarcito”, etc., los compraba en el quiosco de Neli. Algún domingo me los compraba mi padre, en la
librería de “La follata”, cuando regresábamos con mis hermanas de tomar unos
cucuruchos de merengue en la Confitería García. García era un extraordinario
repostero. Tenía amistad con mi padre por compartir la afición de la caza.
Cierto día, en la rebotica, me enseño a hacer el merengue.
De niño, y hasta que me
operaron, padecía muchas amigdalitis. Mi
primo Nené se desplazaba a Vigo para comprar penicilina de contrabando en “La
piedra”. Los practicantes que me
acribillaban eran los hermanos Lalo y Lolo.
Lolo imitaba muy bien a “Cantinflas” y me hacía reír mucho, lo que me
predisponía a recibir, con resignación cristiana, el suplicio del
pinchazo. Lalo, además de ser
practicante, estudiaba para marino mercante.
No puedo olvidarme de Rosales ni de su hijo Chito, que también,
practicaban el arte del banderilleo.
A finales de los años
cuarenta, recuerdo que, en las fiestas de San Miguel, un día se servía
chocolate con churros, gratis. Eran los tiempos del racionamiento.
El guardia “Prudencio” era
un personaje creado por las instituciones para iniciar a los niños en las
normas de circulación. En Marín,
impartió sus clases desde una tarima situada frente a la farmacia de ni padre.
Otro gran amigo de mi padre,
y mío, era Gago, carpintero y tapicero.
Tenía la carpintería, en un bajo frente a la Academia Aboy. Mas tarde, traslado el taller a un local
situado en la plaza del reloj, al lado de la tienda de Garabal. Gago era un tipo ameno y ocurrente. A mí me contaba muchas historias. Llevaba clavado en su gran corazón la espina
de no haber hecho las paces con su padre antes de que este falleciera. Siempre me decía que yo no cometiera la misma
equivocación. Me contaba que su hijo
Paquito, en cierta ocasión le preguntó: ¿Quién puede más un moro o un guardia
civil?, Gago le respondió que un guardia civil. La segunda pregunta de Paquito
fue: ¿y quién puede más, tú o un guardia civil?; lo dejo un poco descolocado,
pero, cogiendo aliento, le respondió: yo.
Gago en la guerra, sirvió en transmisiones y tenía tan poco que hacer
que se dedicaba a leer la enciclopedia Universitas.
Hablando de la tienda de Garabal,
que regentaba Méndez, el padre de mi amigo Manolo, me acuerdo que una tarde,
estando papando moscas en la puerta de la farmacia, vi pasar a un ciclista que
iba a todo meter hacia el Busto. Detrás un policía de la secreta pegando tiros
al aire, y detrás del policía, Méndez, que gritaba; ¡Al ladrón, al
ladrón!. Al ladrón lo capturaron por los
montes de los alrededores del lavadero.
En la Escuela Naval, había
un oficial que impartía a los alumnos las clases de matemáticas. Se contaba que tenía un Quijote de esos
tallados en madera y cuando se bañaba, lo sumergía en el agua, y exclamaba:
¡Muere, cabrón!. Era copartícipe, con
mi padre, mi primo Nené y otros amigos, en la pesca de anguilas en el río
Lameira. Carlos, “el gasta”, era quien
preparaba los rosarios con las lombrices que de noche y provisto de una
linterna, cogía en el jardín de la parte de atrás de la farmacia.
Mi primo Nené, que para mí
era como un hermano, me hacía unas magníficas cometas con astillas obtenidas de
la caña de una escoba, pegamento, y papel de seda. Me llevaba a volarlas a un terreno elevado
que había en las cercanías de la llamada “Casa deshabitada”. También, cuando se declaro 1957 Año Geofísico
Internacional, me hacía unos cohetes que lanzábamos en el siempre tan necesario jardín de la parte de
atrás de la farmacia. Los hacía con
fundas de puros, pólvora de macarrón y le añadía unas aletas de cartón. Subían como balas.
Acompañé a mí querido padre
a recoger firmas en contra del derribo del edificio de “El priorato”. No sirvió
de nada. La especulación galopó impertérrita.
En el bar Lelé, que creo aún
existe y en el mismo lugar, tomamos mis hermanas y yo, nuestra primera
Coca-Cola. Recuerdo que nos había sabido
a jarabe de farmacia. En ese tipo de
sabores, como era natural, éramos unos expertos.
Hablando de bares, no puedo
dejar de citar al bar de Molas, a donde me llevaba mi padre después de
comer. Molas, que era un coñón, me decía
que tenía una foca en la fábrica de hielo.
Cuando le pedía que me llevase a verla, siempre encontraba un argumento
para evitarlo. Que si estaba durmiendo, que si no era la hora de darle de
comer, etc., yo estaba obsesionado con
ver la foca, pero no pudo ser..
El padre Bernabeu era cura
castrense de la Escuela Naval, participaba en los inicios de lo que, después
fue la Asociación de Cultura y Arte Santa Cecilia. Tenía una magnífica voz. Un día en el laboratorio de la farmacia,
presencié como cantó la canción “Eu de Marín ausenteime”, mientras se grababa
en un magnetofón de hilo. Más tarde llegaron
los de cinta magnética.
Mi padre y algunos de sus
amigos, entre los que se encontraba un tal Valero, solían jugar a las cartas en
el bar Ons. Valero era un hombre muy presumido, hasta el punto de que cuando le
venían muchas jotas de la baraja, exclamaba: ¡Como me quieren las mujeres!. Pues bien, el circo era una atracción que
llegaba a Marín de vez en cuando. En una de aquellas ocasiones, uno de los
espectáculos que pasaban por la pista consistía en un prestidigitador que hacía
trucos con las cartas. A mi padre y sus
compinches se les ocurrió hablar con el prestidigitador y convencerle de que asistiese a una partida en
la que participaría Valero. Creo que fue
una partida memorable en la que, el pobre Valero, salió chamuscado y desconcertado.
Lo que no cabe duda es que mi padre y sus amigos se divertían mucho.
José era un asiduo en la
rebotica de la farmacia, iba, sobre todo los domingos a escuchar “carrusel
deportivo”. Casi siempre se quedaba dormido.
Un día, a los de siempre, se les ocurrió gastarle una broma. Montaron una
partida de tute en laboratorio en la que José estaba de espectador, todos
sabían que de un momento a otro José se quedaría dormido. Cuando sucedió lo
esperado cerraron la puerta y la ventana que daba a la huerta y la habitación
quedó totalmente a oscuras. Los
bromistas hicieron que jugaban exclamando en voz alta: “¡Las cuarenta, arrastro, escoba, etc.! Al poco tiempo se escucho un grito: ¡Esto
ciego, estoy ciego!; era José que se había despertado.
Paco “el de la suerte” me
quería mucho, yo a él también. Solía
llevarme a comer los callos al bar de Francisco”, en donde tenía la parada el
“coche de línea”. Siempre lo tengo presente en mis recuerdos. La última vez que lo vi, que fue en el bar de
“El merendero” me sorprendió lo que le costó reconocerme. Seguramente eran los
primeros síntomas de un incipiente Alzheimer.
Vivía en una casa que estaba al doblar la esquina de la ferretería de
Nartallo, en la calle Bastarreche, en el bajo tenía la zapatería que había sido
de su padre.
Paco estaba preparando una
conferencia que iba a dar en La Asociación de Cultura y Arte Santa
Cecilia. Para practicar, se le ocurrió
llevarme a su casa y alli, sentados ambos, uno frente al otro ante una mesa
camilla, me soltó todo el rollo de la bendita conferencia. Excuso deciros que
me fui de allí sin enterarme de nada, con la misma sensación que experimentaba
don Ulises, el de “La familia Ulises” del TBO, ante una frustración.
En el bar Laín – me parece
que se llamaba así-, con mis amigos Josesito y Bibín, tomába unos magníficos
callos que, recuerdo, estaban cortados en tiras y no tenían garbanzos. El bar
estaba en la cuesta que va de la Iglesia vieja a la Escuela Naval Militar.
En la farmacia, en invierno,
siempre estaba encendida la chimenea. A su alrededor se calentaban los amigos
que asistían a las tertulias de la rebotica. Recuerdo que, en cierta ocasión,
Don Juan “el de teléfonos”, se situó frente de la chimenea con las piernas
estiradas para calentar los pies y se quedó dormido. Despertó sobresaltado y
gritando: ¡Me quemo, mequemo!. Sus zapatos, que tenían la suela de goma, se
habían recalentado tanto que su suela se había convertido en una especie de
chicle negro. Cuando se puso de pie y empezó a caminar, las pisadas de Don Juan
marcaban su recorrido.
La fiesta de los maios
siempre fue una fiesta muy celebrada en Marín. Mi padre conjuntamente con los
padres de mis amigos decidieron que participásemos en la fiesta. Se reunieron
en un galpón de la finca de un familiar mío cuya entrada estaba al lado del
taller del “ferrador” y allí se pusieron a construirnos el un barco que le
llamarón “El defensor de Pedro”, era el nombre del barco del pirata Benito
Soto. Hasta vino un señor de la escuela
naval para elaborar las jarcias del navío. El mascarón de proa lo hizo Soneira,
que era comisario de policía “de la secreta” y a quien se la daba muy bien eso
de tallar madera con una navajita. Ensayábamos la letra y la música con el
maestro “Chapí” al piano, en su casa de “la cuesta”. El coro estaba formado,
además del que suscribe, por José Luis, Carlos “Caimán” y su hermano Julio,
Manolete, Ricardito, mi primo Manolo, el hijo de “Chapí”, Luis Adolfo,
Andresito, Marcial, y Josesito, al que le habían afeitado la cabeza, porque
decían que tenía “la tiña”, y le habían
puesto una boina calada hasta las orejas.
Aquel año llevamos el primer premio dedicado a embarcaciones. El
concurso se celebraba en la plaza del reloj patrocinado, como no podía ser de
otra manera, por la Asociación de Cultura y Arte Santa Cecilia. Al año
siguiente nos construyeron una réplica del crucero acorazado Carlos V.
La película titulada “El
gran dictador” se estrenó en España en el año 1976. Cuando le comenté a mi
padre que había ido a verla a un cine de La Coruña, me soltó una frase que me
dejó estupefacto, me dijo: Ya la vi yo hace muchos años. Parece ser que en la
Escuela Naval Militar se proyectaban películas que por su contenido político estaban vetadas al común
de los españoles. Quizás alguien pueda confirmar si esto era así.
En otra ocasión la broma se
la gastaron a Don Antonio “Aboy”. Le
dijeron que Josecho había sido nombrado representante para Galicia de las
maquinas de afeitar eléctricas de la marca “Pineda”. Puestos todos de acuerdo,
cuando entró don Antonio en la rebotica, allí estaba Josecho al teléfono
tomando nota de las decenas de pedidos que le llegaban. Don Antonio exclamó:
¡Coño, este se va a forrar!.
Lo que voy a contar
seguidamente, me lo relató mi primo Nené, y no sé hasta que punto es verdad.
Según él, un día, estando desayunado don Antonio y su hermana Maruja, la niña
le dijo a su madre: Mamá, teño unha mosca no café. La madre le contesto:
Botallé a mosca a Antonio.
Siendo muy pequeño asistí a
unas clases de dibujo que impartía Manuel Torres en un bajo de la casa de Dios
- No, no era en la Iglesia, era un edificio que había construido un contratista
que se apellidaba así- y que estaba
cerca de la curva de “el bicho”. Excuso
decir que entidad cultural organizaba dichas clases de dibujo. Allí dibujé, al carboncillo, una botella.
Bueno, mejor dicho, me la dibujó Torres.
Recuerdo que a esas clases asistía, también, Boro el que más tarde se
convertiría en mi cuñado.
Don Antonio Mas era profesor
en la Escuela Naval Militar y muy amigo de mi padre. Una vez en la rebotica me
estuvo entreteniendo con juegos de magia. Fue destinado, durante una larga
temporada, a los Estados Unidos para ampliar sus conocimientos. Fue profesor de
la asignatura de electrónica en la Escuela de Peritos Industriales de Vigo en
donde yo estudiaba. En cierta ocasión, en la que me había examinado y merecía
que me suspendiese en la asignatura, llamó por teléfono a mi padre, le explicó
la situación y le preguntó: ¿Qué hago con tu hijo?; mi padre le respondió:
¡Suspéndelo, coño!.
En el verano, por las
tardes, venía de Pontevedra, en el trolebús, un vendedor de helados que era
mayor y tenía el pelo totalmente blanco.
Se situaba en la esquina en donde estaba la farmacia de Gastañaduy. Al menos yo, nunca faltaba a la cita.
La siguiente anécdota no la
viví yo, me lo contó mi primo Nené.
Según me decía, siendo él un jovencito, con Jaime el de “Pulgarcito”,
hacían, con fundas de puros y pólvora, unos magníficos petardos. Un día, que
estaban aburridos, se les ocurrió acercarse hasta la casa de “la nécora”, y al
ver que tenía la lareira encendida, le echaron uno de sus petardos por la
humeante chimenea. Me decía que esperaban a escuchar el clinclin que hacía
petardo al rebotar en las paredes de la chimenea y cuando dejaban de oír el
clinclin salían corriendo escapando de la furia de la pobre “nécora”, que salía
enfurecida a la callé. Parece que el
acto de petardear a “la nécora” acabo convirtiéndose en un hábito durante
cierto tiempo.
Mi primo Manolo formó parte
importantísima de mi infancia y siempre lo quise como a hermano. De pequeños
pasamos mucho tiempo juntos.
Relacionados con él recuerdo dos cosas. La primera es que me descubrió a
“Tip y Top”. Me contaba que los
escuchaba en la radio. La otro es cuando
me mostró La Luna a través de un anteojo que tenía en su casa y que,
probablemente, había pertenecido a nuestro bisabuelo el marino mercante. Quizás
fue ese hecho el que despertó la que sería una de mis grandes aficiones, la
Astronomía y la Astrofotografía.
Fui muy amigo de Juan
Antonio “parisién”, le llamaban así porque su mamá, los domingos, siempre lo
vestía de blanco. Su padre era Don
Cesar, el jefe de correos de la Escuela Naval Militar. Don Cesar imponía
bastante, jamás sonreía. Cuando lo iba a buscar a su casa, su madre, mientras
esperaba por él, me llevaba a una terraza que tenía una enorme pérgola, y allí
se ponía a hablar y hablar, mientras yo callaba todo el tiempo. Cuando Juan
Antonio aparecía para irnos a la callé, su madre me decía: Felitos, tienes que
venir más por aquí porque tienes una conversación muy agradable. Yo salía de
allí, no sé porque, un tanto desconcertado.
Merece la pena contar las
cosas buenas que vivimos. Las malas es mejor dejarlas en el baúl de los malos
recuerdos.
Comentarios
Publicar un comentario