Con la mosca detrás de la oreja
Con
la mosca detrás de la oreja
Por
Félix Massó Milleiro
Hace tiempo que estoy muy
mosqueado porque cada año que pasa veo menos moscas. Recuerdo que en la galería
de mi casa abundaban en los veranos, esas moscas que vuelan pareciendo estar en
un combate aéreo. También, el salón era invadido por las moscas hasta el punto
de que, para evitar el uso de insecticidas, colgábamos de las vigas esas tiras
pegajosas en las que quedan atrapadas las moscas. Tantas eran nuestros visitantes
que, con tanto personal atrapado, por estética y por efectividad, teníamos que
reponerlas con frecuencia,. Pues bien, en los últimos tres años es rara la
mosca que nos molesta y han desaparecido los combates aéreos en la galería.
Quien me iba a decir a mí que echaría de menos a las moscas y a los moscardones.
Bueno, a los moscardones menos. La ausencia de moscas todavía me extraña más si
pienso que vivo en un medio rural en el que hay bastante ganadería.
Ya no se ven libélulas
sobrevolando la charca del jardín, algo que era frecuente contemplar años atrás.
Mis gatos cazaban alguna de vez en cuando. Los zapateros, esa especie de
hemíptero heteróptero, tampoco se ven patinando por la superficie del agua de
la charca. Las pequeñas nubes de mosquitos que, de vez en cuando, revoloteaban por las cercanías de mi pequeño lago, han
desaparecido. Los escarabajos nadadores, también están ausentes.
Las mariquitas, este pequeño
escarabajo perteneciente a los coccinélidos, ya no se pasea por las hojas de las
pocas plantas de falsa menta que uno puede encontrar. Me gustaba cogerlas y
contemplar como trepaban por uno de mis dedos y, al legar a la punta,
emprendían el vuelo.
En canto de los grillos, que
años atrás, en los atardeceres veraniegos, resultaba ensordecedor, ya no se
escucha.
Al anochecer era normal ver
surcar el cielo del jardín a algunos murciélagos buscando comida. Algunos
salían de hórreo en donde se alojaban, incluso, en una ocasión, tuve que cazar a
uno que se coló en casa por la puerta de la galería y devolverlo al jardín.
Hace tiempo que ver alguno es una rareza.
Cuando los dos cerezos de la
finca florecen ya no se escucha el fuerte zumbido de las abejas mientras
sorbían el jugo de las flores. Algunas se ven, pero son escasas.
Los saltamontes parecen
estar en fase de extinción, es raro toparse con alguno cuando, antes, abundaban
en la hierba.
Hace años que no veo un
ciervo volante, ni una mariposa Esfinge colibrí revoloteando los arbustos
florecidos del jardín.
Se ve, de vez en cuando, a
algún abejorro, y la avispa autóctona escasea. Sin embargo, en mis paseos suelo
ver nidos de belutina, la avispa asiática, que se están convirtiendo en una
indeseada plaga, colgando de las ramas de algunos árboles. Hace un par de años
se instaló uno en una rama de uno de mis cerezos.
También,
echo de menos a las luciérnagas, aunque, todavía se ven algunas.
Es
muy significativo que nuestros coches, después de circular durante kilómetros,
mantengan impolutos sus parabrisas.
Todo esto me parece muy extraño,
por no decir de mal augurio. Intuyo que si le va mal a los insectos, peor nos
va a ir a nosotros. Ojalá me equivoque. A veces me pregunto cuantas cosas estamos
haciendo mal y cuan irresponsables somos los seres humanos.
Y ver que, todavía, hay quien
se toma estas cosas a broma, da mucho que pensar.
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