El zapatero prodigioso

El zapatero prodigioso

Por Félix Massó Milleiro

Anselmo tenía un pequeño taller en el que se dedicaba a reparar calzado. El local estaba, medio escondido, en una calle algo lejana del centro de la ciudad. Aprendió el oficio con un zapatero en el pueblo donde nació y vivió su niñez y su adolescencia. Cuando le tocó ir al servicio militar ya era un diestro zapatero. Afortunadamente,  ahora la juventud ya no tiene que perder casi dos años de su vida en lo que llamaban servir a la patria. Cumplida esta impuesta obligación, y aunque andaba con una moza del pueblo, Lucía, decidió marcharse a la ciudad y establecerse por su cuenta.

Cuando alguien le llevaba unos zapatos para que se los arreglase, Anselmo dedicaba algo de su tiempo a explicarle al cliente en que iba a consistir la reparación, las dificultades que ello conllevaba, y los cuidados que había que darle al calzado para mantenerlo en buenas condiciones. Una señora que requería, de vez en cuando, sus servicios, y que era muy guasona, le llamaba “el zapatero prodigioso”, en alusión al famoso cuento  del mismo título. Cuando se enteró, le hizo mucha gracia.

La fama que adquirió Anselmo como zapatero remendón, hizo que acudiesen a su taller clientes procedentes de toda la ciudad y de las localidades vecinas.

El negocio siempre le fue bien aunque algo tocado por las nuevas modas del usar y tirar, que cada vez se están imponen más. De hecho, le molestaba reparar calzado de mala calidad. Consideraba que hacer ese tipo de trabajo era como alargar un poco la salud de un enfermo incurable, que este tipo de calzado era perjudicial para quien lo utilizaba. Decía que los pies son una parte importante de nuestro cuerpo y que, por eso, había que cuidarlos mucho. El creciente uso de zapatillas deportivas, también afectaba en alguna medida a su negocio.

Uno de sus clientes, don Francisco, siempre compraba zapatos de calidad, de esos que solo necesitan pasar por el taller para reponer suelas y tacones, y que mantienen su integridad durante muchos años.

Anselmo terminó casándose con Lucía. El matrimonio tuvo dos hijos, Jorgito y Paquita. Lucía trabajaba asistiendo en casas particulares unas cuantas horas a la semana. Con esta aportación y lo que le generaba su negocio iban  tirando sin grandes dificultades.

A Jorgito le gustaba acompañar a su padre y ver como reparaba el calzado; diríase que le gustaría continuar con el negocio. Anselmo, conocedor de las prematuras intenciones del chaval, trataba de sacarle la idea de la cabeza. Tanto él como Lucía querían que sus hijos estudiasen y tuviesen mejores oficios. Entonces no sucedía como cuando ellos eran pequeños y vivían en el pueblo. Ahora sus hijos podían acceder una escuela pública que les permitiría acceder a una carrera universitaria, o a una formación profesional. Los niños eran buenos estudiantes y, quizás, alcanzarían los méritos necesarios para acceder a una beca. Sería de una gran ayuda. Paquita decía que quería ser enfermera y Jorgito, que es el pequeño, todavía no mostraba orientación alguna, más allá de querer seguir con el oficio de su padre.

Cuando iban  de visita al pueblo, se daban cuenta de cómo habían cambiado las cosas. Se acordaban de la escuela pública de entonces en donde aprendieron a leer, a escribir, las cuatro reglas, y poco más; y de que cuando estaban enfermos, sus padres tenían que pagar el médico y los medicamentos. Los que estudiaban el bachillerato tenían que hacerlo por libre, estudiando en una academia de pago y examinarse en el Instituto de Enseñanza Media más próximo. Su padres, uno un humilde empleado en una tienda de comestibles y el otro un campesino, no pudieron permitírselo. Siendo todavía un niño, Anselmo tuvo que aprender un oficio para labrarse un porvenir. A veces, piensa que las cosas habrían sido diferentes si hubiese vivido en una ciudad y tuviese acceso a una enseñanza media gratuita.  Era mejor no pensar en lo que pudo ser y no fue.

Paquita es médica y Jorgito profesor en una escuela de formación profesional.

Anselmo, una vez jubilado, regresó al pueblo y vive, con Lucía, en la casa que heredó de sus padres. Llevan una vida tranquila, sobradamente merecida.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La sotana del cura

Mantequilla de cacahuete

Condenado a no opinar