Mi calle
Mi
calle
Por
Félix Massó Milleiro
Mi casa estaba situada en la,
por aquel entonces, llamada calle del General Franco. En el bajo tenía la
farmacia mi padre.
Voy a relatar quienes, y
como, eran mis vecinos y mis amigos de calle.
La calle nacía la plaza en donde
está la torre del reloj, anexa a la llamada Iglesia vieja.
En las cercanías estaba la
tienda de Esperón, con sus surtidores de aceite a granel cuyos émbolos manejaba
mediante unas manivelas. Hicieron mención de este personaje en la letra de una
rondalla que decía así: En el laboratorio de la parte de atrás, hace unos
chorizos que saben a gas...
En frente a la Iglesia se
levantaban las ruinas del antiguo Priorato de los monjes cistercienses del
Monasterio de Osera. Varios vecinos trataron de salvar el edificio, pero no lo
consiguieron. Una pena.
En la plaza, estaba la
peluquería de Beloso que, cuando me cortaba el pelo, siempre decía: Este chaval,
tienes pelo de ratón. Beloso era un maestro en el arte de cortar el pelo con
tijera. Allí, cierto día, mientras esperaba a que me tocase a mí, vi como le
afeitaba la cara y la cabeza, a José Blanco. Después del afeitado, José se pasó
por la cara y la cabeza una especie de pastilla de jabón que, años más tarde me
enteré que se trataba de piedra alumbre que por su cualidad astringente cierra
los poros.
En el piso de arriba vivían
los padres de mi amigo José Manuel. Su madre era peluquera.También estaba en la
plaza la frutería “La lechera”. El nieto de la dueña, que se llamaba Manolito,
era uno de mis amigos de la calle. Al lado estaba el Bazar X, allí compré mi
primera navaja y mi primer cortaúñas, de la marca Trim. Por aquel entonces los
cortaúñas eran una novedad llegada del extranjero.
En frente estaba la tienda
de telas de Rafael más conocida como “la tienda de Garabal”. Quien le iba a
decir a Rafael que iba a tener un nieto que ejercería, primero, de vampiro y, más
tarde, de dandi trasnochado.
En un piso de un edificio
situado al lado de la tienda de Garabal,
tenía su clínica Verdú, el dentista A mí me empastó alguna muela que otra. Tenía
la costumbre de fumar, mientras trabajaba, unos pitillos elaborados con
picadura. Algunos, que habían pasado por sus manos le llamaban “Verdugo”; por
algo sería.
Le seguía un edificio en el
que vivía don Victor, censor oficial del Régimen, y la mercería de Montes; su
dueño residía en la cercana Pontevedra de donde venía a diario a atender el
negocio. Más adelante estaba la droguería cuyo dueño, también vivía en la misma
ciudad, Detrás del mostrador estaban él y su empleado, Carlos “Gasta”, ambos
embutidos en sendos guardapolvos de color gris oscuro.
Saliendo de la plaza,
entrando ya en lo que puede considerarse la calle, estaba la sastrería. De
Tubío. Su propietario, el sastre, era un tipo taciturno y un tanto peculiar,
Vivía con una hermana y solo se le podía ver cuando paseaba, muy bien vestido
por cierto, por la acera colindante con su establecimiento. Un día, por sorpresa,
él vecindario se enteró que Tubío se había casado. Fue algo así como un milagro
ya que no se le conocía relación alguna y, sobre todo, porque era un individuo
que vivía en un absoluto aislamiento de su vecindario.
Siguiendo por ese camino nos
topábamos con la fábrica de chocolates de Pajariño. Tenía una particular manera
de hablar, lo hacía por la nariz. Parece que lo estoy escuchando cuando venía a
charlar con Aníbal, el ayudante de farmacia de mi padre, con quien le unía
cierto parentesco. Nunca supe como sabían sus chocolates.
En la acera de enfrente
había una zapatería, la de doña Julia, y encima vivía el cura párroco, don
José, persona muy virtuosa. Siempre estaba acompañado por fray José, un paisano
al que, un día, le dio por encasquetarse una sotana. fray José era bajito y muy
gordo y gozaba de cierta fama de glotón. Era una de las voces en las misas
cantadas y en los funerales.
Algo más adelante estaba una
tienda de ultramarinos. Su cartel decía así: “La Campana, ultramarinos finos”. Era
donde yo compraba las chocolatinas Nestlé para coleccionar lo cromos que venían
dentro de su envoltorio. Todavía conservo el álbum “Las Maravillas de Universo”
que, a base de comer muchas chocolatinas, llegue a completar. Después, vinieron
“Las Maravillas de Universo” II y “Las Maravillas de Universo” III, que también
completé; es decir, me puse de chocolatinas Nestlé hasta las cejas.
Intercambiaba los cromos repetidos con uno de los dependientes de la tienda,
Luis, que tenía la ventaja de no tener que pagar las chocolatinas porque era
cuñado del dueño.
En la misma acera estaba la
relojería. Con la lupa de relojero instalada delante de uno de sus ojos, Tucho,
su dueño, sentado en la mesa de trabajo hurgaba en el mecanismo de algún reloj
mientras la eventual clientela era atendida por sus dos hermanas. En el local había
algunos relojes colgados en las paredes, que sonaban al unísono cuando daban
las horas. Tucho era muy aficionado a la caza, afición que compartía con su
amigo “Gasta”, el de la droguería
Siguiendo la misma acera, llegamos
a la casa de Antonio que se suicido ahorcándose en la que llamábamos “la casa
deshabitada”, un edificio abandonado en el extrarradio del pueblo. Se contaba
que, ese fatídico día, momentos antes de suicidarse, estuvo conversando con un
amigo con la cuerda bajo el brazo. En el bajo de la casa de Antonio estaba el
local de Acción Católica que, en tenía un pequeño escaparate donde se exponían
las calificaciones morales de las películas que se proyectaban en los cines del
pueblo. Para atraer al personal infantil y juvenil, disponían de una mesa de
pin pon; todo un lujo en aquellos tiempos.
En el siguiente edificio vivía, y tenía la clínica don Andrés. Su hijo Andresito fue muy amigo mío.
Llegamos ahora a donde
estaba el Bar América, regentado por Paco “El Carballines” y su numerosa
familia. Encima vivían mis amigos Manolete y Ricardito. Tenían una hermana,
Celita. En su casa, residían don Cesáreo, que era el coadjutor de la parroquia,
y don Ricardo el policía. Se contaba que
cierto día desapareció de una tienda de comestibles un jamón. La tienda había
sido cerrada a las nueve de la noche y el jamón aún estaba allí. El dueño de la
tienda se dio cuenta de su desaparición a las ocho de la mañana cuando fue a
abrirla. Denunciado el robo en la comisaría de policía, parece ser que don
Ricardo sentenció: Es evidente que el robo del jamón tuvo lugar en el lapso de
tiempo que va desde el momento del cierre del establecimiento al de su
apertura.
En el último piso del mismo
edificio vivía Valentín, con Cándida, su mujer, y sus tres hijas, Pilar, Tacha
y Mari Carmen, y acompañado, esporádicamente, por sus cuñadas, Lolita y Maruja.
Valentín era director de una entidad bancaria.
En el siguiente portal
estaba la peluquería de Viana que, además, era músico y tocaba el clarinete en
la banda municipal. En el primer piso vivía Micaela una anciana solterona, y en
el segundo piso Pepito “Bobó”. Todos sus hijos emigraron Bélgica, en donde se
buscaron la vida.
Llegamos al final de la
calle en donde estaba la ferretería de Nartallo. Allí se podía comprar de todo,
desde un martillo, un kilo de puntas, un
cristal; hasta un saco de cemento o un poco de cal viva. La familia Rosales
vivía en el mismo edificio. Eran dueños de una fábrica de hielo.
Pasamos a la acera de enfrente, en dirección contraria a la que vinimos, y nos encontramos con dos farmacias a escasos metros la una de la otra; la de Javier y la de mi padre. Cuando, ambos, se establecieron no existía regulación alguna respecto a la distancia entre farmacias, eso llego más tarde, así como establecer el número de farmacias en función de la población. Entre ambas farmacias estaba la mercería de Benita. Benita era viuda y tenía cuatro hijos: que se llamaban: Fina, Tancita, Charo y Ricardito.
Pasada mi casa estaba la Oficina
de Correos cuyo jefe era don Augusto. Don Augusto era una asiduo contertulio en
la rebotica de la farmacia de mi padre y aficionado a, en el invierno, calentarse
los pies en la chimenea. Don Juan, el jefe de la central telefónica, también
visitaba la farmacia de vez en cuando. A don Juana, cuando hablaba, le
repiqueteaba la dentadura postiza.
Siguiendo por la misma acera
y en la misma dirección estaba el estanco de “Pampillon”. Estaba regentado por
la señora María, ayudada por una sobrina. Cuando María se hizo vieja, pasó a
ocuparse del negocio su hermano José, que se vino del pueblo con su mujer y sus
otros tres hijos. Nunca supe de donde había salido lo de “Pampillón”. En el
mostrador del estanco había una especie de expositor con infinidad de marcas de hojas de afeitar de las
clásicas. Pasados los años de todas ellas solo quedó la marca Guillette.
Pegada al estanco, en una
humilde casa tenían una pequeña tienda Manuela y Ernestina. Vendían carbón y
chucherías. Recuerdo comprar en ella unos chupetes, como los que utilizan los
niños pequeños, elaborados con caramelo. Tiná, que era como yo le llamaba a
Ernestina, era una mujer muy áspera, jamás la vi sonreír, sin embargo, Manuela
era toda simpatía. Eran dos polos opuestos.
Por tiendas que no quede, lo
digo porque a la de las dos hermanas le seguía la tienda de Juvencio que era
hijo de una hermana de mi abuelo paterno. Como Juvencio era un hombre de muy
pocas luces la familia decidió ponerle un negocio con el que pudiese
sobrevivir. Vivía en la trastienda, con su mujer.
Llegamos, ahora a la casa en
donde Vivian mis amigos Julio y Carlos, de sobrenombre “caimán!.
Y así, por la misma acera nos
topamos con la sastrería de Tubío de quien ya hable anteriormente.
Resumiendo; los amigos de la
calle éramos: Manolito “el lechero” (por lo de la frutería), José Manuel,
Manolete, Ricardito, Julio y Carlos “caimán”, y yo, y, juntos, lo pasábamos muy
bien.
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