El susto
El
susto
Por
Félix Massó Milleiro
La historia que voy a
contar es tan cierta como que los viernes y trece son días de mal augurio.
Antonio era una persona que
presumía de valiente y de no creer en cuentos de meapilas.
Cierto día, reunidos unos paisanos
en torno a una mesa de la taberna, y tomándose unos vinos, decidieron darle un
escarmiento.
A Jesús, que es muy guasón,
se le ocurrió que había que proporcionarle un buen susto para que escarmentase
y le bajasen un poco los humos.
Como Antonio vivía cerca del
cementerio, Jesús y sus compinches planearon comprar unas velas en el estanco
de Pampillón, hacerse con una cruz, pedir prestadas en unas sábanas, y
organizar un simulacro de la Santa Compaña.
Se pusieron manos a la obra
y sabiendo que Antonio, finalizado su
trabajo, regresaba a casa al anochecer, decidieron esperarlo escondidos
detrás de la tapia del cementerio de A Raña.
Disfrazados, con las velas
encendidas, en fila india, y con Jesus al frente portando la cruz, cuando
Antonio se acercaba a la puerta del cementerio salieron y desfilaron en
silencio hacia donde se encontraba la víctima. Antonio reculó, dio media vuelta
y escapó corriendo por donde había llegado, a la vez que daba gritos pidiendo
auxilio. Mientras lo veían escapar los de la pandilla se partían con la risa.
Al día siguiente, que era
domingo, después de la misa de las doce, los vieron hablando con don José, el
cura, dando muestras de de estar muy alterado. El sacerdote, lo cogía del brazo
y trataba de tranquilizarlo.
Pasaron los días y a Antonio
se le veía pensativo. Andaba como atontado y parecía haberse olvidado de la
taberna, a donde, a diario, iba a tomarse un par de vinos blancos de Castilla.
Como Jesús y compañía lo
habían pasado tan bien, y el asunto les supo a poco, decidieron volver a las
andadas.
Esperaron a que llegase el mes de octubre y se pusieron
de acuerdo para repetir la fantasmada.
El día de autos, volvieron a
disfrazarse y a esperar a que Antonio se acercase a la entrada del cementerio. Cuando
lo vieron llegar, pusieron en marcha la procesión y salieron a su encuentro.
Les extraño ver que venía acompañado de sus dos podencos conejeros.
El caso es que cuando la
fila de encapuchados se aproximó a la víctima, les mosqueó que Antonio no reculase
como hizo la primera vez y les presentase cara. Conforme se acercaban,
observaron que por el abrigo que Antonio llevaba sobre los hombros asomaban los
cañones de una escopeta de caza. Antonio regresaba de una jornada de cacería.
Ver acercársele la comitiva
y empezar a dispararles fue todo uno. Los bromistas rompieron filas y pusieron
pies en polvorosa por el camino del cementerio hasta llegar a la carretera
principal por donde discurrió la estampida hasta que alcanzaron el pueblo.
Los tiros se escucharon en
la barriada de San Pedro y los vecinos salían a las ventanas para tratar de enterarse
de lo que estaba pasando.
Al día siguiente, algunos de
los guasones estaban en el consultorio de don Andres para que les extrajera los
perdigones que tenían incrustados en sus espaldas y zonas aledañas.
Pocos días después, Antonio
entró en la taberna, se acercó a la mesa en donde estaba Jesús con sus compinches,
y les susurró: La próxima vez que queráis asustarme aseguraros, si es temporada
de caza, de que está cerrada la veda del fantasma. Soltando una carcajada,
caminó hacia el sitio que ocupaba habitualmente, se sentó, y pidió un vaso de
vino blanco de Castilla.
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