Historia de un fantasma
Historia
de un fantasma
Por
Félix Massó Milleiro
Verán ustedes, yo soy un
fantasma, pero un fantasma de verdad de los de sin carne ni hueso, no como
algunos políticos o vanidosos de otros géneros que van presumiendo por el mundo
de lo que no son, esos son fantasmas de carne y hueso, o lo que es lo mismo,
fantasmas de pega. Habito en eso que a los griegos les dio por llamar el
inframundo. Si les contase lo que me encuentro por aquí, no se lo creerían. Algunos
que conozco eran más fantasmas en vida que una vez palmados. El ambiente
resulta muy divertido pero nada que ver con lo bien que lo paso cuando
interfiero en el mundo de los vivos. Bueno, eso de los vivos es un decir, a
veces pienso que algunos están más muertos que yo.
Generalmente, los fantasmas
viven siempre en un mismo lugar, pero yo soy un fantasma vagabundo, me gusta
cambiar de ambiente de vez en cuando. Se puede decir que soy un culo inquieto,
aunque los fantasmas, como ustedes saben, no tenemos culo.
A veces me sorprende cómo
cambió el mundo desde cuando yo era de carne y hueso. Me está costando un riñón
adaptarme a las nuevas circunstancias de los vivos, Lo del riñón es un decir; los
fantasmas, tampoco tenemos riñones. Ni siquiera usamos sabana, como es popularmente
admitido.
Viví en los tiempos de la
Santa Inquisición, los tiempos en los que la gente se divertía quemando al
prójimo. A mí, como era un poco raro, esa salvajada maldita la gracia que me hacía,
por eso me cuesta mucho entender que, ahora, cuando me aparezco envuelto en
llamas, las gente se asuste tanto.
Recién instalado en el mundo
de los muertos; o sea, en el mundo fantasmal, me resultó muy difícil asumir el
papel de asustador. Mis correligionarios con experiencia me animaban a que me
iniciase en el noble arte de asustar a los vivos.
Como fallecí en un pueblo de
Galicia, mi primera incursión la hice en la casa de un vecino mío que ejercía
de cacique. Se llamaba don Ricardo y vivía del oscuro mundo de las influencias.
Recuerdo la primera vez que me vio, Al principio, como siempre se iba a la cama
con un par de copas de más, pensó que lo que estaba viendo era una alucinación.
Al hacerle el primer ¡Buuu!, pego tal respingo en la cama que se le pasó la
borrachera. Yo me partía el alma de risa. Sí, los fantasmas carecemos de culo y
riñones, pero como somos almas en pena, pues eso, tenemos alma. Al segundo
¡Buuu! salió disparado a buscar la escopeta de caza y se lio a tiros. Dejó la
habitación hecha unos zorros. No quedó pie con bola. Entonces, opté por
desaparecer y posponer el susto para otro momento, no fuese a ser que le diese
un infarto y tuviese que convivir con él estando recién estrenado. Decidí
dejarlo una temporadita tranquilo, y marcharme con los sustos a otra parte.
Fue entonces cuando me
acorde del señor cura y me asalto la curiosidad de cómo reaccionaría cuando se
le apareciese. Don José, que así se llamaba el cura, vivía, como suele ser
habitual con una hermana, Enriqueta. Se me planteó el dilema de si aparecerme
primero a Enriqueta o al señor cura. Pensé que tendría más éxito hacerlo a la
hermana porque no estaba muy seguro de el cura se asustase porque suponía que
estaría ducho en lo de enfrentarse a las ánimas en pena. Lo de la Santa Compaña
da mucho rodaje para enfrentarse con este tipo de situaciones sobrenaturales. Cuando
le solté el ¡Buuu! Enriqueta se lanzó a
coger el rosario, se arrodilló, y empezó con los del ora pro nobis mi serenovis
y me largué para no escuchar el rollo completo. Cuando se lo contó a don José,
este le dijo que los fantasmas que tienen peligro son los que van en fila
portando velas y con una cruz al frente, que los fantasmas autónomos somos
inofensivos.
Por cierto, no me presenté;
mi nombre de vivo era Genucho y
trabajaba de enterrador. Algo que a la hora de fantasmear le da a uno
cierto empaque, de hecho, los que serían mis compañeros de fatigas, me
recibieron en el otro mundo con mucho respeto.
Cierto día me vino a la cabeza
la idea de, en el verano, desplazarme al Pazo de Meiras a asustar un poco al
Caudillo. Un compañero me dijo que no se me ocurriera, que el lo había hecho y
que con el susto don Francisco dio un respingo, se incorporó, y empezó a
largarle aquello del contubernio judeo-masónico-comunista-internacional y tuvo
que escuchar el rollo hasta que apareció doña Carmen en bata y rulos, le sonrió,
y el asustado fue él. Salió de allí
francamente frustrado.
En las casas en las que
habitan niños he decidido no presentarme no vaya a ser que me puteen como le
sucedió a mi amigo el fantasma de Canterville.
Me gustaría desplazarme a
Inglaterra para que un fantasma inglés sedentario me enseñara a aparecerme sin
cabeza y a imitar el sonido de arrastre de cadenas. Estas habilidades me darían
mucho juego. Por ejemplo, podría convertirme en el Sleepy Hollow de las Rías
Baixas.
Lo que no me gusta nada es
que me invoque un médium, y me obligue a trabajar sin ganas y tener que seguirle
el rollo aparentando quien no soy.
Como estoy en Galicia quizás
podría formar parte de la Santa Compaña aunque tuviese que empezar en la cola e ir ascendiendo, poco a poco, hasta conseguir ponerme detrás del vivo que
porta la cruz. Cualquier cosa antes de tener que apuntarme en el la oficina de
fantasmas en paro.
En fin, esto es todo, en
otra ocasión les contaré más fantasmadas.
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