La casa

La casa

Por Félix Massó Milleiro

Emigré a la Argentina cuando tenía veintitrés años. Cincuenta y siete años después, vuelvo a casa.

La herencia de mis padres nunca se repartió. En la casa siguieron viviendo mis dos hermanas. Mi otro hermano, Alfonso, también emigró, y falleció en tierras brasileñas, en donde se había establecido. Tanto él como yo, nunca nos preocupamos de exigir el reparto del patrimonio. La mayor de mis hermanas, Antonia, falleció hace bastantes años y la otra, Josefa, la más joven, poco después de haber mantenido con ella una última conversación telefónica. Eso fue hace casi cinco años.

Mientras camino compruebo que la gente con quien me cruzo me observa con curiosidad. Ver a un viejo con sombrero les llama la atención Supongo que por el sombrero o porque nunca me habían visto antes paseando por el pueblo. Será por la alguna  de las dos razones, o por ambas.

Dejé mi equipaje en la consigna de la estación del ferrocarril y, como ya es algo tarde, he de buscar un alojamiento. Le pregunto a una señora y me dice que conoce una pensión, que no está lejos, en donde puedo encontrar lo que busco. En el pueblo no hay hotel. Como ya es algo tarde he de apresurarme a localizarla y a preguntar si disponen de alojamiento para pasar un tiempo hasta que pueda disponer de mi propia casa.

La pensión la regenta una señora que se llama Josefa que, al verme tan mayor, me atiende con mucho respeto. No me pregunta nada, y yo nada le cuento, Tiempo habrá para contar y preguntar. Intuyo que se dio cuenta de que soy de aquí: quizás, uno de esos que se marcharon del pueblo a buscarse la vida en tierras lejanas. Si es así, está en lo cierto. Al día siguiente, como mi casa está cerrada y no dispongo de  llave alguna, he de agenciarme a alguien que se preste a abrirme la puerta.

Por la mañana, mientras desayuno, le pregunto a la señora Josefa si conoce a la familia de la librería de Eugenio González Portela. Me dijo que se acordaba de las señoras que vivían en la casa, pero que ella no recordaba el negocio abierto. Me pregunto si yo era de esa familia y le explique quien era y de donde venía. Le dije que necesitaba a alguien para que me abriese la puerta y me facilitase la entrada en la casa. Muy amablemente se prestó a llamar por teléfono a un tal Pascual, que es carpintero, para preguntarle si podría resolverme el problema. Hablamos con él y quedamos en vernos en la puerta de la casa alrededor de la doce de mediodía. También necesitaré un jardinero.

A las doce en punto, estaba Pascual, con su caja de herramientas, esperándome. Se puso manos a la obra y en menos que canta un gallo la puerta estaba abierta. Le pagué el servicio prestado y nos despedimos. Quedó en volver por la tarde para instalar una nueva cerradura.

Al entrar comprobé que todo estaba, más o menos, tal como yo lo recordaba. El viejo piano, la muñeca sobre la consola apoyada en el espejo, los armarios de espejo, el chinero, el reloj, la biblioteca, la cocina bilbaína. Me emocioné. En el desván abrí un arcón y me encontré con los tebeos que me hicieron disfrutar mis primeras aventuras. También está mi vieja bicicleta. Me invade una avalancha de recuerdos. La galería está bastante desvencijada y el jardín abandonado. En el bajo de la casa tenía mi padre la librería.

Me siento en uno de los sillones de la sala en donde está el piano y me quedo pensativo. Los recuerdos vienen, otra vez, a mi memoria. Me levanto y decido dar un paseo por el pueblo.

Durante el paseo, compruebo que, además de mi casa, son pocos los edificios que puedo reconocer. No veo a nadie de mi edad a quien preguntar. Ni siquiera sé si alguno de mis amigos de la infancia sigue vivo.

De regreso a la pensión para almorzar, le pregunto a la señora Josefa si conoce a algún taxista que me pueda llevar a la estación de ferrocarril para recuperar mi equipaje, y de alguien que pueda hacerle una limpieza a la casa y dejarla en las condiciones necesarias para que pueda alojarme en ella. También le comento que tendré que contratar a una persona para que me atienda. Ya no estoy en condiciones de vivir solo. Ella lo comprende. Me dice que, después de comer, me ayudará a localizar a Antonio el taxista y a Manuela, que se dedica asistir en casas en donde requieren sus servicios como limpiadora. Lo de la mucama habrá que tomárselo con más calma porque es cuestión de encontrar la persona adecuada. Le dije que estaba de acuerdo y que no me importaba esperar porque, mientras tanto, estaba muy cómodamente en su pensión.

En el pueblo no tengo parientes. Mis padres fueron los primeros de la familia que se establecieron aquí. Procedían de Extremadura y nunca supe que mantuvieran contacto con los que se quedaron allí.

En pocos días la noticia de mi llegada se corrió por el pueblo como un reguero de pólvora. Empezaron a aparecer amigos. Las llamadas a la puerta de la pensión eran continuas. Un día apareció Santiago, al día siguiente lo hizo Eusebio. Andrés se enteró y le faltó tiempo para venir a darme un abrazo. También vinieron Julita, Pilar, y Merceditas. Unos se habían casado y otros permanecian solteros. No cabía en mí de gozo. ¡No iba a estar solo!. Tendríamos tiempo suficiente para reunirnos en mi casa y recordar los viejos tiempos, y a los amigos que ya no están con nosotros.

Pasados unos días, le pedí a Antonio que me llevara al cementerio para poner unas flores en las tumbas de mis padres y de mis hermanas.

Me llamo Jesús González Miranda, y vuelvo a estar en casa. Quedo a su disposición para lo que gusten

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