Vamos andando
Vamos
andando
Por
Félix Massó Milleiro
Hoy, a la hora del paseo,
estuve charlando un rato con Agustín. El hombre, apoyado en su andador, sale,
casi todos los días, a tomar un poco el aire y se sienta en la marquesina del
autobús de línea, que está situada a unos doscientos metros de su casa. Me
llamó la atención la leontina que asomaba por su chaleco, le pregunté y,
entonces se aprestó a enseñarme su reloj de bolsillo. Agustín no tiene
calefacción en casa. Me resulta difícil entender como un hombre tan mayor
resiste el frío intenso de estos días. Me dice que en su cama se tapa con tres
mantas y que duerme con la ventana entreabierta porque respira mejor. Agustín
es viudo y vive solo. Se lamenta de haber perdido a su hija y, pocos meses
después. a su mujer. De vez en cuando viene uno de sus hijos a echarle una
mano. De apetito no anda mal, come bien y cena poco, a veces lo que le sobró de
la comida. Es muy madrugador y su desayuno consiste en un tazón de leche con
sopas de pan. Me despido y continúo con mi paseo. Cuando estoy de vuelta, compruebo
que Agustín regresó a su hogar. La marquesina es el punto de encuentro de los
viejos del lugar, entre quienes me encuentro yo.
Pepe, el marido de
Francisca, la dueña de la antigua taberna, está algo cascado. En los últimos
meses sufrió varias caídas. Los años no pasan el balde. Debe de echar mucho de
menos el trabajar la tierra, que era su entretenimiento favorito. La últimas
vez que lo visité estaba en un sillón, al calor de la lumbre de la estufa de
leña. Recientemente le instalaron un ascensor de escalera para que pueda
acceder con facilidad al piso en donde tiene el dormitorio. También utiliza un
andador para caminar. A veces, da un corto paseo, acompañado por Francisca, por
el mismo camino por el que transita Agustín.
De Jesús hace mucho que no sé
nada, no sale de casa. La última vez que lo vi fue en la marquesina, en donde
estaba acompañado de Agustín. Intenté hablar con él pero fue imposible, está
sordo con una tapia. También, supera los noventa años de edad. Vive con su hijo,
José Manuel, que tiene una ganadería de alrededor de noventa vacas, dedicado a
la producción de carne.
“Camposas” y su mujer,
Isabel, que es uno de los dos matrimonio más jovenes del lugar, siempre está
haciendo algo en el campo. Plantan patatas y nabos, que le proporcionan nabizas
y grelos, y, en un pequeño huerto cercano a la casa, cultivan lechugas, tomates,
y pimientos. Están a punto de acabar su nueva casa, aunque dudo que se decidan
a cambiarla por la vieja en la que viven. Siempre puede quedar para sus hijos.
Ayer, Isabel, nos trajo unos grelos y me dijo que ya estaba criando a los pollos
que le encargué.
Ayer vi a Pepe, jubilado de
la Policía Nacional, también nonagenario, preparando el huerto. Todos los días,
por la mañana, y por la tarde, sale a pasear unos cuentos kilómetros. Es
un andarín empedernido. Está en plena
forma. Maruja, su mujer, sigue tan parlanchina como siempre.
Carmen a sus noventa y cinco
años, de vez en cuando aparece por la marquesina, camina tiesa como una vela y ágil
como una ardilla. También vive sola. Su casa está al lado de la de Agustín, con
la antigua peluquería de Isabel de por medio.
El otro Manolo, que vive
enfrente a mi casa, es un trabajador incansable, y eso que está rondando los
ochenta y tienes prótesis en las dos rodillas. Su mujer, Toñita, no sale de
casa. Actualmente, están viviendo con ellos su hija María José y su nieto
Gabriel.
La casa de mi vecino Delfino
está cerrada desde que falleció. Como la de Lelo, que al fallecer soltero y sin
hijos, le quedó a uno de sus hermanos. De vez en cuando viene a airear la casa
y a hacer algún trabajillo. Me entero de que está porque suelta al perro, que
no para de ladrarme cuando le silbo.
Juan falleció, con solo
setenta años de edad. Estrella, su viuda, ahora vive sola, aunque casi todos los
días recibe la visita de alguno de sus seis hijos.
Manolo, jubilado de la
RENFE, viene los viernes y los domingos, al atardecer, regresa a la ciudad. No
se le ve el pelo. El otro día estaba, con su mujer, en el entierro de Juan, y
nos saludamos.
Los árboles pronto tendrán
flores y hojas. Eso si las condiciones meteorológicas le son propicias, El año
pasado el tiempo desconcertó su natural desarrollo y lo hicieron demasiado
tarde. Los primeros en florecer, según me explicó Agustín, son los arboles que
dan los frutos de hueso, después lo hacen los demás. También se aproxima el
momento de plantar las patatas, el maíz, y, algunos, el trigo.
Ayer, mientras leía
recostado en el sofá de la galería, observé a una pareja de palomas torcaces
picoteando el maíz triturado que depositamos en algunas zonas del jardín. Deben
de estar haciendo el nido. De madrugada escuche cantar a un ruiseñor; es la
primera vez en este año.
La primavera ha venido…
Y, como dice la canción:
Vamos
andando, mi amigo
El
sol se está levantando.
Vamos
andando, mi amigo
La
tierra está esperando.
Vamos
a sembrar el trigo,
Ese
que nos dará el pan.
¡Cuánto
tiempo sin sol!
¡Cuánto
tiempo sin trigo!
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