Campanadas asesinas
Campanadas
asesinas
Por
Félix Massó Milleiro
Don Heriberto era un indiano
que, habiendo hecho una fortuna en tierras brasileñas, regresó a Tuy, su ciudad
natal. Su hijo Alvarito iba a la academia de don Daniel y era un chaval un
tanto aplicado. Todavía no había hecho el ingreso en el bachillerato y ya redactaba
muy bien.
El caso es que don Daniel,
que sabía que don Heriberto no tenía estudios, se animó a visitarlo y hablarle
de las virtudes literarias que adornaban a su hijo Alvarito. Le animó a que
fomentara la lectura en su pupilo y que él colaboraría en la acción prestándole
algunos libros que le sirvieran de iniciación.
El indiano había invertido
parte de su dinero en tres tipos de negocios: una empresa dedicada a la
construcción, una tienda de electrodomésticos, y una imprenta.
Pasó el tiempo y un
cultivado Alvarito, que estudió la carrera de Filosofía y Letras, empezó su
carrera literaria orientándose a escribir cuentos cortos. El tiempo libre que
le quedaba después de impartir sus clases en la academia de su maestro y tutor
intelectual, don Daniel, lo dedicaba a escribir.
En la imprenta de su padre,
hacían pequeñas tiradas de sus trabajos que distribuía entre amistades y
conocidos.
Para animar a diversificar
el campo de la afición de su hijo, a don Heriberto se le ocurrió pedirle a su
amigo don Bernardino, conocido también como don Bombardino, que le consiguiera
a Alvarito la corresponsalía del Faro de Vigo en Tuy.
En sus crónicas semanales,
que no podían ser muy extensas, Alvarito daba cuenta de los acontecimientos
sociales y culturales, de los nacimientos y de los óbitos, acontecidos en la
ciudad de Tuy.
Mediante un aparejador que
vivía en Tomiño conoció a don Eliseo, poeta y escritor que residía en la parroquia de Goian y a quien,
desde entonces, visitaba con cierta frecuencia para leerle sus trabajos y
recibir eventuales consejos que le ayudasen a mejorar su estilo.
Un día, a don Eliseo se le
ocurrió proponerle a Alvarito visitar a don Santiago, un jubilado que tenía una
bodega en San Miguel de Tabagón, en la que elaboraba un magnífico vino Albariño,
y leerle alguno de sus cuentos.
El caso es que un Viernes
Santo se presentaron en casa de don Santiago, que los recibió muy efusivamente.
Don Eliseo le hizo un panegírico de su acompañante, presentándolo como un colega
literario. Le preguntó si le gustaría que Alvarito le leyera alguno de sus
cuentos cortos y don Santiago asintió, añadiendo que a él siempre le había
interesado la literatura.
Desde entonces, las visitas se
convirtieron en rutinarias, pero don Eliseo, al comprobar que don Santiago era
remiso a descorchar una botellita de Albariño para acompañar las lecturas con
unos vinitos, decidió suspender las visitas.
No obstante, Alvarito, a
quien lo que menos le interesaba era el vino Albariño, decidió seguir acudiendo
a la casa de don Santiago para leerle sus últimos trabajos.
Don Santiago terminó aburriéndose
de tanto cuento corto y decidió establecer una estrategia para deshacerse de
Alvarito. Le dijo a la criada que cuando Avarito se presentase le dijese que
estaba en Vigo en viaje de trabajo. Alvarito terminó mosqueándose y dejó,
también, de visitar a don Santiago,
Su amistad con don Eliseo
continuó y solía acompañarlo cuando visitaba a un amigo, que se llamaba
Humberto y que era capitán de la Guardia Civil retirado y radioaficionado. Humberto
tenía un perro amarrado con una cadena al que le dio por hacer un agujero en la
tierra y cobijarse en él. Don Eliseo, que al perro le llamaba Rudolf Hess,
decía que lo que pretendía el pobre animal era suicidarse.
De regreso, Alvarito y don
Eliseo, paraban en la tasca de la Pallana a tomar un par de vinos tintos del país.
Don Eliseo, que era muy ocurrente, le contaba a Alvarito que, cuando la Pallana
se agachaba para llenar la jarra en el barril, a veces, se le escapaba un
cuesco cuyo rebufo alcanzaba la barra.
Alvarito, finalmente, se
canso de tanto cuento y decidió ampliar su horizonte literario escribiendo una
novela. Eligió, para empezar, el género policíaco.
Así nació “Campanadas
asesinas”, que fue el título de su primera novela, después de descartar
titularla: “Las campanas de la muerte” y “Campanadas mortales”.
La trama de la novela discurría
en la ciudad de Tuy en donde se cometían unos asesinatos en los que el criminal
dejaba al lado de sus víctimas una campanilla como las que se utilizan en los viáticos.
El clímax de la novela se alcanza cuando el inspector Álvarez de la policía, hábil
investigador, relaciona las fechas de los crímenes con los días en los que las
campanadas de la catedral tocaban a muerto.
Siguiendo con sus pesquisas.
Álvarez descubrió que las campanillas en realidad eran unas campainhas que vendían en una tienda de la
fortaleza de Valença do Miño, que es una pequeña localidad portuguesa cercana a
la frontera.
Como por el hilo se llega al
ovillo, ell inspector averiguó que quien adquiría campainhas en la tienda portuguesa,
era un tal Eusebio. un acólito de la catedral.
Detenido y hábilmente interrogado,
Eusebio, cantó y se declaró autor de los asesinatos. Decía que cuando oía tocar
las campanas a muerto se despertaban en él sus peores instintos que lo empujaban
a cometer los homicidios. Además, dijo que estaba en sus planes cargarse al
cura y, si se daba el caso, al mismísimo señor obispo.
Y esta es la historia de
cómo Alvarito, el hijo del indiano, comenzó su carrera de novelista.
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