El quincallero

El quincallero

Por Félix Massó Milleiro

Se llamaba Manuel y vivía de la venta de pequeños objetos de todo tipo en  ferias y mercadillos, y de comerciar con algunas antigüedades que caían en sus manos.

Manuel nació en una ciudad en donde su padre tenía una pequeña librería de viejo.

A Manuel nunca le atrajo estudiar, y a duras penas consiguió el título de Bachiller elemental.

Cuando alcanzó la edad necesaria se presentó de voluntario para el cumplimiento del servicio militar y librarse, cuanto antes, de la atadura que representaba.

Una vez licenciado decidió irse de la ciudad y emprender una búsqueda de oportunidades.

Por aquel entonces, muchos jóvenes decidían probar suerte en otros países. Algunos de sus amigos habían emigrado a Bélgica, a Francia, o a Alemania.

Manuel decidió probar suerte y la oportunidad le surgió cuando se solicitaron trabajadores para realizar la vendimia francesa. Su trabajo había de realizarlo en la región vinícola de Bourgogne. Tras un largo viaje en tren, llegó a su destino en la tercera semana del mes de agosto y a la semana siguiente ya estaba trabajando. En contraste con lo que había vivido en su país, le sorprendió el mundo con el que se encontró y tomo la decisión de quedarse a vivir en Francia. Su ilusión era conocer París y su ambiente bohemio.

Manuel sobrevivió en París trabajando en los más variados oficios. Fue ayudante de carpintero, electricista, albañil, y cuando empezó a manejarse con el idioma, trabajo de camarero y pinche de cocina en bares y restaurantes. Le cogió allí el llamado mayo del 68, y tuvo la oportunidad de vivir las protestas de los estudiantes contra la sociedad de consumo, y el capitalismo.. Pasaron algunos años y en un viaje que hizo en el año 1978, comprobó de primera mano que las cosas en su país habían cambiando y decidió quedarse.

Viviría con sus padres mientras buscaba una oportunidad que le permitiera emanciparse.

En uno de sus primeros paseos de los domingos, descubrió que en la plaza del Ayuntamiento se celebraba un mercadillo en el que cualquiera podía exponer los objetos que quería vender. Manuel vio allí la oportunidad que buscaba y decidió probar suerte.

Semanas después, cuando Manuel dispuso de algunos objetos para la venta, estableció un puesto en el mercadillo por primera vez. Las ventas no le fueron mal y este primer resultado lo estimuló a continuar con la experiencia, ampliando su horizonte a mercadillos y  ferias que se hacían en los pueblos vecinos.

Conoció, a Julia, una muchacha bastante más joven que él, que terminó siendo su compañera. A partir de entonces podía vérselo siempre acompañándolo en su puesto de venta.

Manuel y Julia decidieron irse a vivir a una pequeña ciudad en donde dos días al mes era feria. Esos días acudían gente de las aldeas vecinas, y gente de otras ciudades y pueblos del entorno cuando el mercado coincidía con sábado, domingo, o día festivo.

Alquilaron una pequeña vivienda en la parte vieja de la ciudad, Allí atendían el resto de los días a las personas que iban a curiosear los objetos que tenían a la venta y, eventualmente, a adquirir los que le interesasen.

Una de las tareas que acometía la pareja con regularidad era localizar mercancías para nutrir su negocio. Con el tiempo aprendieron a encontrarlas en los más variados ambientes. De vez en cuando caía en sus manos alguna antigüedad de cierto valor. Cuando esto sucedía se avisaban a alguno de sus clientes con posibles, como era el caso de don Amancio, el notario

En la casa de al lado vivía Arsenio, un viejo relojero que se dedicaba a reparar y vender relojes antiguos. Manuel hizo amistad con Arsenio quien solía pedirle que le dijese lo que Georges Brassens contaba en sus canciones. Las que más le gustaban eran "Le petit cheval" y “Fernande”.

Cuando Manuel alcanzaba la sesentena, se rompió su relación con Julia, y se quedó solo. Mantuvo contacto con la muchacha durante algún tiempo, siempre con la esperanza de que volviese a su lado, pero al poco tiempo la relación terminó diluyéndose del todo. Desde entonces a Manuel se le veía deambular por las calles sin aparente rumbo alguno y, como siempre, hiciese frio o calor, exageradamente abrigado. Parecía estar sumido en una fuerte depresión. Era raro verlo conversar con alguien.

Finalmente, el puesto de Manuel desapareció de la feria y los clientes que acudían a su casa la encontraban cerrada.

Por los bares que frecuentaba se corrió el rumor de que se había marchado a Barcelona. Lo cierto es que nunca se supo en donde, ni como, terminó la aventura vital de Manuel, el quincallero.

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