Juventud, divino tesoro

Juventud, divino tesoro

Por Félix Massó Milleiro

En el pueblo, la vida de los ciudadanos discurría con tranquilidad. A veces era perturbada por algún acontecimiento inesperado. La buena convivencia, salvo raras excepciones, era lo habitual.

Las trastadas de los niños eran asumidas con estoicismo por el vecindario.

Los domingos, en la misa de las doce, la Iglesia solía abarrotarse, y don Perfecto aprovechaba la ocasión para, desde el púlpito, pedirles devoción y buen comportamiento a sus feligreses. A don Perfecto lo mosqueaba ver a algunos comulgar y no recordar que hubiesen pasado antes por el confesionario. Apartaba sus dudas pensando que, a lo mejor, se habían confesado con alguno de los frailes del convento del Colegio Salesiano que estaba en las cercanías del pueblo. Aunque pensando en alguno de los personajes, esa posibilidad no lo tranquilizaba.

Las procesiones eran acompañadas por una marcha procesional interpretada por la Banda Municipal que dirigía don Luis. Los domingos, en el palco de la música, amenizaba la mañana interpretando un repertorio que,  aunque siempre era el mismo, no dejaba de deleitar a los espectadores.

A la academia de don Antonio iban los que querían estudiar el bachillerato. Los que buscaban una formación profesional solían hacerlo en el colegio de los salesianos.

Había un grupo de chavales, compañeros de estudios, a los que les gustaba jugar al gua utilizando bolas de barro de diferentes colores. Los de clase pudiente tenían, además, bolas de cristal. Carlitos “Chivo”, el hijo de Casto, el dueño del taller mecánico, proveía al grupo, de bolas de acero procedentes de rodamientos. Se las cambiaba a sus amigos por tebeos en los que salían las andanzas de Zipi y Zape, o de El Guerrero del Antifaz. Le llamaban “Chivo” porque cuando se peleaba con alguien le trucaba al adversario como si fuera una cabra. A veces, hacían guerras a bolazos, pero en estas lides estaban prohibidas las de acero porque en cierta ocasión Sergito, el hijo de Simón el de la taberna, estuvo a punto de perder un ojo.

Cuando jugaban en la calle, Martita, solía plantarse en la acera mirando a Josesito con ojos de cordero degollado. Un día, muy decidida, se acercó a a Josesito y le espetó

- ¿Quieres ser mi novio?

Y Josesito, muy serio, le respondió

- ¡Vete!, eres como una lapa

Otra de las grandes aficiones del grupo era jugar al trompo. Los mejores trompos eran los de madera de boj. Era habitual cambiarles la punta roma que traían de fábrica por un afilado clavo de hierro. Julián, el hijo de Simón el carpintero, tenía una gran habilidad para partir en dos los trompos de madera de pino.

A  Juan Antonio, el hijo del jefe de Correos, le gustaba mucho escuchar en la radio el serial de Diego Valor y se aficionó a la astronáutica. En cierta ocasión, en la academia, acompañado de algunos de sus compinches, se dedicó a lanzar spunitks que elaboraba con papel de plata de las cajetillas de tabaco y cerillas. Utilizaba como plataforma de lanzamiento la tapa de su pupitre. A Don Antonio, que estaba en el aula de al lado intentando que un grupo de sus alumnos aprendieran la letra de una canción que decía

Au clair de la lune

Mon ami Pierrot

Prête-moi ta plume

Pour écrire un mot…

le olió a chamusquina, salió disparado a ver que es lo que estaba pasando, y los cazó en pleno lanzamiento. Sometió a los congregados a un ligero vapuleo y los puso el resto de la jornada a lijar la tapa del pupitre hasta que eliminaron las quemaduras que habían producido los lanzamientos. A pesar de la experiencia, a José Antonio no le pasó su afición a la astronáutica y cuando lanzaron el satélite “Echo” no paró hasta que consiguió verlo pasar por el firmamento desde una de las ventanas de su casa.

A la academia asistian, también, un par de niñas. A una de ellas, Felicia, no sé sabe por qué, le llamaban Sandunga.

Cuando llegaban las fiestas, en las verbenas los chavales bailaban con las niñas del pueblo que eran de su edad. A Pedrito, el hijo de don Pedro el médico, le gustaba mucho una canción que tocaba la orquesta y que se titulaba “El otorrinolaringólogo”.

Don Perfecto tenía un coadjutor que animaba a los jóvenes a ingresar en un seminario. Algunos lo hicieron, los menos, y a la mayoría de ellos les duró muy poco su presunta vocación.

Sobre lo que hacían los mayores, les hablaré en otra ocasión.

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