Robín
Robín
Por Félix
Massó Milleiro
Se llamaba Raimundo pero en
el pueblo todos lo conocían como Robín.
Años atrás sus familiares
esperaban la llegada de Raimundo, que había emigrado a hacer las Américas.
Cuando lo vieron bajar por la escalerilla del barco, se percataron de que su
pariente no había sido muy afortunado en su aventura. Su raido traje y la
maleta de cartón que portaba no eran buenos augurios. Descubrieron qué en sus
cartas les había mentido. Raimundo estaba ya muy cerca de cumplir los setenta
años de edad.
Una vez en el pueblo, lo
alojaron con ellos. En la trastienda de la zapatería colocaron un jergón para
que pudiera pasar las noches hasta que encontrase un acomodo. En su casa
estaban demasiado apretados y no podían ofrecerle un alojamiento permanente.
Podían darle de comer y cubrir sus primeras necesidades, pero quedaba pendiente
buscarle un sitio en el que pudiera vivir los últimos años de su vida. A la
hora de la cena, su hermana le preguntó por qué los había engañado sobre su situación
en América. Raimundo, avergonzado, le dijo que lo había hecho por amor propio,
y para que no se preocupasen por él
Pasaron los días y a Raimundo
se le ocurrió preguntarle a su familia por la cabaña que tenían en un robledal
cercano a la playa, en el que él tanto había disfrutado cuando era joven. Le
dijeron que sí pero que no estaba en condiciones de ser habitada. Raimundo le
pidió que lo llevaran a verla para comprobar cual era su estado actual.
Como la cabaña no estaba
demasiado alejada del pueblo, aprovecharon un domingo para acercarse y
visitarla. Al llegar comprobaron que estaba bastante desvencijada aunque el
techo, que era de zinc, se mantenía en buen estado. En cuanto abrieron la
puerta, Raimundo comprobó que era tal como él la recordaba, y le entraron ganas
de instalarse en ella en cuanto le hiciera los arreglos imprescindibles que la
dejarían en condiciones de ser habitada, su sobrino que lo acompañaba, le dijo
que su plan le parecía una locura. Raimundo le contestó que iba a estar mejor
que en muchos de los sitios de donde venía. Vamos, que ya estaba acostumbrado a
vivir en esas condiciones, y que sabría cómo arreglárselas.
Volvieron al pueblo. Al día
siguiente, Raimundo salió de casa muy temprano para iniciar las tareas de
rehabilitación de la que iba a ser su futura vivienda. Al cabo de un par de
meses le dio las gracias a su familia por todo lo que le habían ayudado, y le
comunicó que la cabaña ya estaba en condiciones de acogerlo.
Era el mes de junio cuando Raimundo
comenzó a utilizar la cabaña como vivienda. Las comodidades no eran muchas,
disponía de una mesa, un par de sillas, una cama, una rústica chimenea hogar,
un infiernillo de fuel-oil, unos estantes, velas, un quinqué, algunas cacerolas...
En la cabaña había un fregadero de piedra y, fuera, adosada a una de sus
paredes, una letrina.
El primer día llego a la
cabaña, al atardecer y no se le ocurrió otra cosa mejor que poner la mesa fuera
y sentarse en una silla a cenar un poco de queso con pan que le había dado su
hermana. Había una temperatura ideal, y llegaba a sus oídos el ruido que hacían
las olas en la playa. Se encontraba tan a gusto que no se dio cuenta del paso
del tiempo. Cuando consultó su reloj de bolsillo se dio cuenta de que eran casi
las tres de la madrugada, Hacía mucho tiempo que no experimentaba unas
sensaciones tan agradables. Entonces. decidió irse a dormir. Cuando despertó el
sol ya estaba crecido, eran casi las diez de la mañana. Se acordó de que cerca
de la cabaña había un manantial. Cogió su caldero y fue a buscar agua para lavarse
y disponer de ella en su nuevo hogar. Se arreglo lo mejor que pudo y se dispuso
a acercarse al pueblo en donde su familia le esperaba a la hora de la comida.
Por el camino cogió alguna fruta de las ramas que asomaban por lo muros de
algunas propiedades por las que pasaba. Pensó: bueno, me vendrán bien para la
cena, y para darle a mi hermana.
Mientras almorzaban le contó
a la familia la maravillosa experiencia que había tenido la noche anterior.
Reconoció que las cosas no iban a ser fáciles cuando llegaran el frío y la
lluvia, pero pensaba que saldría adelante. Estaba muy animado.
Por la noche se le ocurrió
que debía hacerse con una cabra para que le proporcionara leche. En el monte no
le faltaría alimento al animal.
A los pocos días, eran Raimundo
y la cabra.
Casi siempre iba a comer con
su hermana y, un día, cuando regresaba a la cabaña observó que le seguía un
pequeño perro. Caminaba a su lado y cuando él se paraba, también lo hacía el animal.
Entonces, probó a llamarlo por nombres de perro que se le ocurrieron y, cuál no
sería su sorpresa, cuando pronunció: “Trosky”, el perrito, que estaba sentado a
su lado, enderezó las orejas y y le miró fijamente a los ojos. Ya en la cabaña,
le permitió entrar y le dio algo de comer. Desde entonces fueron: Raimundo, la
cabra, y el perrito. Ya no estaba solo.
Raimundo, al amanecer, le
gustaba bajar a la playa y dar largos paseos por la orilla del mar. El paseo lo
hacía sentirse libre y lleno de vida.
En uno de los paseos por la
playa, en la bajamar, observo a un hombre que andaba por las rocas. Se acercó a
curiosear, y le dio los buenos días. El paisano le dijo que era marinero
jubilado y que dedicaba parte de su tiempo libre a pescar barbadas y lorchas
por las rocas y que, a veces, enganchaba algún pulpo. También, cogía navajas y
algunas almejas. Raimundo le dijo que estaba encantado de conocerlo. El
pescador le respondió que se llamaba Paulino y que vivía en una aldea de
pescadores que no estaba muy lejos de allí.
Paulino y Raimundo se
hicieron amigos. Como coincidían en la playa con cierta frecuencia, Paulino le
preguntó por que no lo acompañaba en la pesca y se brindo a enseñarle como
hacerlo. A los pocos días, Raimundo ya se manejaba bastante bien y era raro que
le faltase un par de barbadas o un pequeño pulpo para cenar. También aprendió a
coger navajas utilizando sal.
En el bosque colocaba lazos
en donde intuía que pasaría por allí algún conejo, de vez en cuando se hacía
con alguno y se lo llevaba a su hermana para que lo cocinase.
Todos los días, Raimundo,
siempre acompañado por Trosky, iba al pueblo a almorzar con su familia.
Pasó el verano y llegó el
otoño, que fue bastante benigno. Con la entrada en el invierno bajaron las
temperaturas y la estancia sin un aporte de calor no resultaba cómoda. Cuando
arreciaba el frio, sobre todo por la noche, Raimundo encendía la chimenea utilizando
leña que encontraba por los alrededores de la cabaña y piñas que buscaba en los
pinares que rodeaban el robledal.
Hacía tiempo que no veía a
Paulino pescando por las rocas de la playa y eso lo preocupó. Decidió acercarse
a la aldea de pescadores y preguntar por él. Localizó la casa de Paulino y
llamó a la puerta. Le salió la mujer que lo invito a pasar y le explicó que es
lo que había sucedido. Según le contó, Paulino, como hacía todos los días
después de comer, apoyo sus brazos y su cabeza en la mesa para dormir un poco
la siesta. Ese día Paulino no despertó.
Cuando preveía que iba a hacer
mal tiempo, su hermana le preparaba una fiambrera con potaje, un guiso de
lentejas o de carne, o una tortilla de patatas, unos huevos, etc., para que
Raimundo no se viese obligado a bajar al pueblo para almorzar.
La vida de anacoreta que
llevaba Raimundo ya era conocida en todo el pueblo. Un día un vecino le
preguntó a un amigo: ¿Quién es ese?, y el amigo que era muy ocurrente, le
respondió: ese es “Robín de los bosques”. Al poco tiempo, en el pueblo todo el
mundo lo conocía por el nombre Robín.
Con el paso de los años las
facultades físicas de Raimundo fueron mermando y cada día le resultaba más
difícil vivir solo en su cabaña. Poco a poco, fueron menos las ocasiones en las
que Raimundo se desplazaba al pueblo para almorzar con su familia. Su sobrino
se encargaba de llevarle alimentos y cualquier otra cosa que necesitase. Se dio
cuenta de que, su tío, cada día que pasaba estaba más débil.
Transcurridos unos días y como,
a pesar del buen tiempo, Raimundo no aparecía por casa, decidió hacerle una visita
para comprobar cómo se encontraba. Llego a la cabaña, abrió la puerta, entró, y
se dio cuenta de que su tío había fallecido mientras dormía. A los pies de la
cama estaba el perro que ladraba como pidiéndole a su dueño que se levantase.
Amarró el perro con una cuerda y se lo llevó con él al pueblo.
Durante algún tiempo, el
perro volvía a la cabaña y se acostaba delante de la puerta esperando a que su
dueño le abriese la puerta. Poco a poco, terminó acostumbrándose a sus nuevos
dueños.
Cuando Trosky paseaba por el
pueblo, al verlo los vecinos, exclamaban: ¡Ahí va el perro de Robín!.
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