Insomnio
Insomnio
Por
Félix Massó Milleiro
Fidel padecía insomnio. Pasaba
las noches con la paciencia de un relojero. Sus párpados abiertos
como las contras de la ventana de la habitación.
Por la mañana se sentía como
si hubiese echado burundanga en el café con leche del desayuno.
En el Metro, camino del
trabajo, en las ventanillas del vagón el paisaje se convertía en una película que
le resultaba insoportable.
Sentado en su mesa de la oficina
se sentía como un condenado a galeras. Era tan parco en palabras que sus compañeros
tenían que sacárselas con un sacabocados.
Su dieta, a base de verduras,
y su forma de vida, le creaban cierto complejo de tortuga.
Finalizada la jornada
laboral, en casa mataba el tiempo visitando páginas en internet que trataran
sobre asesinos en serie. Cuando leyó la historia de Jeffrey Lionel Dahmer, el
llamado carnicero de Milwaukee, sintió una sensación de desprotección. Esa
noche no paró de dar vueltas en la cama tratando de superar su miedo. Los
latidos de su corazón se acompasaban al tic tac de su desaprovechado reloj
despertador.
Al día siguiente, en el
metro, mientras veía la película de siempre, se le ocurrió una posible
solución. Llegó a la conclusión de que tenía que hacerse con un arma.
Se puso manos a la obra y
solicitó una licencia de caza para poder comprar una escopeta.
Con el necesario documento
en su poder se fue a El Corte Inglés y, dejándose aconsejar por el dependiente
que le atendió, adquirió una semiautomática A400 Ultralite de la marca Beretta.
Esa noche la pasó, como
siempre en vela, mientras observaba el arma que había dejado apoyada en el galán
de noche.
Para sentirse más seguro, se
levantó, cogió la escopeta, y la puso a su lado, en la cama, con el extremo del
cañón apoyado en la almohada. Invadido por una sensación de tranquilidad
como no había experimentado desde hacía
mucho tiempo, se quedó profundamente dormido. El ring ring del reloj lo
despertó y le sorprendió haber podido conciliar el sueño después de haber
pasado tantas noches en vela.
Mientras desayunaba, pensó
que la escopeta podía protegerlo mientras estuviese en casa pero que no le
serviría de mucho a la hora de pasear por las callejuelas solitarias de la
ciudad. Como impelido por un resorte corrió al ordenador para averiguar cómo se
hacen los delincuentes con un arma corta. Descubrió que el asunto era más fácil
de lo que pensaba. Averiguó que por unos trescientos euros podía hacerse con
una Star de 9 milímetros corto, con cargador y todo, en el mercado negro.
La búsqueda que emprendió
resultó fructífera y pudo comprar una pistola que le colaron como una Llama
M-82, con la munición necesaria y suficiente. Con el arma en su poder experimentó la sensación de que se había
convertido en una especie de Harry el Sucio. Esa noche dejó la escopeta apoyada
en el galán de noche y se quedó dormido plácidamente, con la pistola debajo de
la almohada.
La sensación de seguridad, y
el descanso, transformaron repentinamente su carácter. Sus compañeros de
trabajo ante un Fidel que por primera vez desde que lo conocían se mostraba
alegre y dicharachero, no salían de su asombro. Desde entonces le llamaron Dr.
Jekyll.
Como la cuestión no se
limitaba a tener una pistola sino que también tenía que aprender a manejarla,
acudió una vez mas a internet para recabar información y encontró una página que le permitió descargar un
manual de instrucciones para tiro con pistola, y procedió a leerlo con avidez.
Se fue el monte, y en un descampado
puso el casco de una botella de sidra encima del tocón de un árbol y se lió a tiros
con ella. Al quinto disparo el arma reventó en su mano. Senderistas, que
andaban por las proximidades, escucharon los gritos de Fidel y acudieron a
socorrerlo. Lo trasladaron al servicio de urgencias del hospital más cercano en
donde procedieron a amputarle la mano por encima de la muñeca.
Y esta es la historia de un
insomne a quien mejor le hubiera ido usar otro método para conciliar el sueño.
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