Sam

Sam

Por Félix Massó Milleiro

Sánchez era inspector de policía.  En el mundo de la delincuencia le llamaban Sam y a él le gustaba porque le recordaba los tebeos del “febei” que leía cuando era un niño.

Sam respetaba a los yonkis porque era consciente de que eran víctimas de las mafias de la droga.  En más de una ocasión compartió porro con ellos mientras les contaba alguna de sus actuaciones policiales.

Cuando entraba en un bar y pedía un güisqui, las ratas abandonaban el local.

Vivía en una pensión de mala muerte porque su sueldo no le daba para vivir en un hotel y, como era soltero no le atraía vivir en un piso. Prefería hacerlo en donde le dieran todo hecho.  A la hora de la comida ponía sobre la mesa su Walther PP de la que no le gustaba separarse demasiado.  En más de una ocasión había sido su salvavidas.  La placa, siempre detrás de la solapa izquierda de su chaqueta, para poder enseñarla a la vez que con su mano derecha empuñaba la pistola, si las circunstancias lo requerían.

En la comisaría, su mesa era la más despejada de papeles, en contraste con su papelera que siempre estaba a rebosar de papeles inútiles.  Sus compañeros eran conscientes de que no le gustaba que le fueran con chorradas.

Sam caminaba arrastrando un poco la pierna derecha como consecuencia de una caída que sufrió cuando perseguía a un levantacarteras.  Cuando rondaba por las callejuelas de los barrios bajos, su cojera advertía de su presencia a los aficionados a lo ajeno que lo identificaban.

El cine de policías y ladrones era su gran pasión.  Le privaban las películas de su tocayo Sam Spade, de Philip Marlowe, y de Hércules Poirot. A él le hubiese gustado ser detective privado, pero eso en España no daba para comer.

El inspector jefe era consciente de que Sánchez era la pieza clave de su comisaría a la hora de asignar un caso difícil de resolver.

A veces se le ocurría visitar el barrio chino para echar una ojeada, solía hacerlo en horas punta para junar a los que buscaban un servicio, digamos, de compañía. Odiaba a los proxenetas. Las chicas que lo conocían sabían que Sam siempre les echaba una mano a la hora de defenderlas del eventual acoso de algún macarra. A su amiga, Matilde la Guapita, que trabajaba por su cuenta, la había librado de los abusos de un chulo que la acosaba ofreciéndole protección.

El inspector Sánchez era un fumador empedernido y se cagaba en los muertos de los antitabaco.  Echaba de menos fumar en su mesa de la comisaría mientras pensaba en cómo resolver un caso. Doña Herminia, la patrona de la pensión, le permitía fumar en la habitación.  Antes de acostarse solía echar un par de cigarrillos mientras leía una novela de Raymond Chandler, Dashiell Hammet, o de cualquier otro escritor que estuviese entre sus preferidos. Solía alquilar alguna película de sus preferidas que compartía con sus compañeros de fonda, en donde disponían de un aparato de video. A veces, le costaba convencer a los que trataban de seducirlo a que cambiara de género de vez en cuando, sobre todo a don Marcial, que era viajante de comercio, y le gustaban mucho los dramas.  Un día, le pidió que le trajese el video de “La muerte de un viajante”.

Lo que nunca supo nadie, ni siquiera sus superiores, era que Sam tenía un confidente.  Se llamaba Marcelo y le ayudo en su lucha contra la consideraba una de las peores las lacras de la sociedad, la droga.  Gracias a información que le proporcionó Marcelo pudo meter en chirona a algunos capos de medio pelo.  A uno de los grandes nunca le pudo echar el guante.  Muy a su pesar y a veces sin entender el por qué, nunca estuvo dentro de sus posibilidades.  En cierta ocasión estuvo a punto de atrapar a uno de los importantes, pero recibió órdenes de la superioridad de dejar el caso.  Le dijeron que el asunto era competencia de la Unidad de Droga y Crimen Organizado.

A Sánchez le quedaban pocos años para retirarse del oficio y le preocupaba perder lo que para él era el motor de su vida; la lucha contra la delincuencia. Sabía que lo que le quedaría de  pensión no le iba a dar para mucho. En algunas ocasiones habían intentado corromperlo algunos personajes del mundo del delito.  Le ofrecieron de todo para que hiciese la vista gorda, para que eliminase pruebas o, simplemente, para que no se metiese en donde no le llamaban.  Era cuando se acordaba de la integridad de sus héroes de ficción  sacaba fuerzas de flaqueza y superaba la tentación de aceptar el ofrecimiento. Jamás se arrepintió de no haber fallado a la confianza que la sociedad había depositado en lo que era su oficio.

A Sam, la soledad no era algo que le preocupase, la había sufrido desde que era un niño.  Se sentía acompañado por los héroes que vivían en su cabeza.

Cualquier otro día les contaré más cosas sobre el inspector Sánchez.

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