Flanagan, detective privado
Flanagan,
detective privado
Por
Félix Massó Milleiro
Estamos en la ciudad de San
Francisco. En el entresuelo de una de las casas del barrio Telegraph Hill tiene
su agencia Jerry Flanagan. En el cristal de la puerta puede leerse: “J.
Flanagan Private Detective”. Es bajito y rubio. Su parecido con Alan Ladd resulta
asombroso. Su secretaria y, a veces, colaboradora en las investigaciones, se
llama Judith Dickinson. Estamos en pleno mes de septiembre, y hace mucho calor.
Son las siete de la tarde y
alguien llama a la puerta. Se trata de un hombre bien trajeado que oculta su
cara tras unas oscuras gafas de sol. Judith abre la puerta y le pregunta que es
lo que desea. El individuo, que luce exquisitas maneras, pide ser atendido de
inmediato por el señor Flanagan. Dice que se trata de un asunto urgente y que
requiere la máxima discreción.
Flanagan, sentado en su mesa
de despacho, con tirantes y en mangas de camisa, recibe al visitante. Cuando ve
su cara no sale de su asombro, se trata de Oliver Jones un famoso actor de
películas B para la televisión.
Oliver le dice a Flanagan
que acaba de llegar en vuelo desde Los Ángeles y que necesita de sus servicios
porque últimamente está desconcertado con algunas cosas que le están sucediendo.
Necesita saber si solo son imaginaciones suyas o es que alguien quiere
deshacerse de él. Tiene poco tiempo, necesita estar en el plató al día
siguiente.
Flanagan le pide que le
cuente que es lo que le está sucediendo, y Jones le dice que en el plató han
intentado matarlo en dos ocasiones. En una de ellas la grúa cámara casi se lo
lleva por delante y en otra el responsable del atrezo había detectado que una
de las pistolas de atrezo a utilizar en una de las tomas del día había sido
cargada con balas de verdad. Por otra parte, sospecha que su domicilio ha sido
violado por desconocidos. Se había dado cuenta de que faltaban algunas joyas de
Elen, su mujer. Denunciaron el robo pero la policía no encontró evidencia
alguna de que alguien hubiese entrado en su casa de Hollywood. Por otra parte
resultaba extraño que el ladrón, o los ladrones, no se hubiesen hecho con el
total de las alhajas. También, había observado en el agua de la piscina un exceso
de cloro y que, desde hacía algún tiempo las comidas le sabían raro y le
producían trastornos digestivos.
Flanagan trató de
tranquilizarlo y le prometió desplazarse a Los Ángeles para iniciar unas
primeras investigaciones que le ayudasen a averiguar que es lo que estaba
sucediendo.
Jerry llegó a Los Ángeles a
los pocos días de la visita de su cliente.
Su primera actuación fue
vigilar la casa para observar si alguien que le resultara sospechoso se
encontraba por las inmediaciones. En los dos días que dedicó a vigilar el
domicilio no observó nada raro. Únicamente le extraño las salidas que Elen hacía
con cierta frecuencia, y decidió seguirla. En una ocasión pudo comprobar que Elen
se entrevistaba con un hombre mayor con el que mantuvo una fuerte discusión.
Averiguó que el problema de
las comidas había empezado desde que habían contratado a una cocinera mexicana.
También, descubrió que el exceso de cloro en el agua de la piscina coincidía
con el cambio de la empresa encargada de su mantenimiento, A Flanagan no le
cupo la menor duda de que ambos aspectos del asunto deberían de ser dejados al
margen de las investigaciones.
Le preguntó a Elen quien era
la persona con la que la había visto discutir y ella le dijo que era su padre
al que no había visto desde hacía muchos años y que, recientemente, había
aparecido en su vida para pedirle dinero. Estaba viviendo en la indigencia. Pensó
que la mejor manera de quitárselo de en medio, sin que Oliver se enterase, era
darle algunas de sus alhajas para que las vendiese y se fuese a otra parte. El
asunto del supuesto robo quedó aclarado..
Solo quedaban por explicar
los intentos de acabar con la vida de Mr. Jones en el plató de grabaciones.
Mientras estaba pensando
como acometer las investigaciones, recibió una llamada telefónica. Era Elen, para
comunicarle que Oliver había sufrido un accidente con su coche, del que había
resultado milagrosamente ileso. Los frenos del vehículo habían sido
manipulados.
Fue este hecho el que hizo
saltar todas las alarmas en la cabeza del detective. Parecía que los hechos
dejaban de ser puras especulaciones y pasaban a ser dignos de ser investigados
en profundidad. ¿Quiénes eran los que querían deshacerse de Mr. Jones, y por
qué?. ¿Quién había manipulado el mecanismo de la grúa cámara y los frenos del
coche? ¿Quien había sustituido las balas de fogueo en el revólver que se iba a
utilizar en la filmación de una de las secuencias de su última película?.
Ante los hechos, y a la
espera de encontrar alguna evidencia, el detective decidió investigar más a
fondo las frecuentes salidas de Elen. Asimismo, se preguntó el por qué no hacía
lo mismo con el propio Oliver. Quizás, en esos seguimientos encontraría la
clave.
Flanagan observó que en
algunas de sus salidas a Elen se la veía especialmente arreglada. En una de
esas ocasiones la siguió y comprobó que acudía a una cita en las afueras de la
ciudad. Equipado con una cámara fotográfica provista de un teleobjetivo pudo
hacerse con varias instantáneas del encuentro de Elen con un apuesto joven. El tipo
de relación que unía a la pareja resultaba evidente. Ahora solo quedaba
averiguar quién era el joven que aparecía en las fotografías. Finalmente, Oliver
lo identificó como Carl Weber, uno de los mecánicos que trabajaban en el plató.
Había llegado el momento de
instalar la trampa con el cebo adecuado para capturar a las comadrejas. En la
elección del cebo, Flanagan se iba a jugar todo a una carta.
Decidió enviarle a Elen un
anónimo con las fotografías solicitándole cien mil dólares por los negativos.
Acompañó las instantáneas con un escrito en el que la citaba en un cuchitril
situado en una de las calles de Skid Row, uno de los barrios más bajos de la
ciudad de Los Ángeles.
A la hora y lugar indicado,
Flanagan esperaba a que se presentase Elen, probablemente acompañada de su
amante, para ajustarle las cuentas. No tardaron mucho. Los golpes en la puerta
pusieron en guardia al detective que invitó a pasar al visitante indicándole
que la puerta estaba abierta.
Se abrió la puerta de golpe
al mismo tiempo que sonó una lluvia de disparos dirigidos hacia donde Flanagan
estaba sentado. El atacante comprobó que el supuesto chantajista que lo
esperaba no había sido alcanzado por sus disparos. Perplejos, Carl y Elen
observaron como de detrás de unas cortinas salían dos policías uniformados que
procedieron a su detención.
Carl había utilizado la
pistola que Oliver guardaba en el cajón de su mesilla de noche y en la que
Flanagan había sustituido las balas por munición de fogueo. El arma, como era
previsible, se la había proporcionado a su amante su esposa Elen. Flanagan había
decidido jugarse la vida a una sola carta y le salió bien. La intención de Elen
era hacerse con el dinero del seguro de vida del actor y huir a Mexico
acompañada de su amante.
A los pocos días Flanagan
regresó a San Francisco, en donde Judith lo esperaba con un nuevo caso que
resolver.
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