Historia de un sombrero

Historia de un sombrero

Por Félix Massó Milleiro

Allí estaba yo, en el escaparate y a la espera de que alguien se animase a comprarme y a ponerme. Digo ponerme en el sentido de encasquetarme, porque en el otro no puede ser; solo soy un sombrero; tampoco puedo colocarme. Fueron tiempos de aburrimiento que transcurrían en la oscuridad hasta que el dueño de la sombrerería levantaba la persiana y volvía a ver la luz. En ese pequeño mundo disfruté de días soleados, de días oscuros, lluviosos, de viento, y de temporadas cálidas y de otras frías. Mi vocación de sombrero útil hacía que me sintiera mejor en los días soleados, lluviosos, o de mucho frío; sobre todo cuando me ilusionaba pensando en que mi futuro dueño sería calvo. Mi jefe era un hombre mayor que había dedicado la mayor parte de su vida a estar en la sombrerería. Lo consideraba un traidor porque nunca usaba sombrero. Jamás supe a qué dedicaba el resto de su tiempo.  

Mis compañeros de escaparate eran otros sobreros, algunos de mi misma raza aunque de distinto color, gorras, sombreros para señoras, para curas, y boinas. ¡Qué tristes son las boinas!, siempre están de luto riguroso.

Me consideraba afortunado de poder estar en un escaparate y no metido en una sombrerera como le sucedía a muchos de mis compatriotas.

Un día salí del aburrido transcurrir de mi existencia y me enamore de uno de los sombreros para señora que compartía escaparate conmigo.  No me hizo ni caso, estaba comprometida con un gorro guapísimo.  Desistí de probar con los otros sombreros de señora con los que compartía escaparate.

Añoraba los tiempos en los que, según contaban mis semejantes, casi todo el mundo llevaba sombrero, hasta los policías y los gánsteres. ¡Qué tiempos!, pensaba yo.

Cierto día noté que me descolgaban y me llevaban al mostrador. Allí estaba un señor entrado en años que deseaba comprar un sombrero. Mientras se lo probaba yo gritaba para mis adentros: ¡Sácame de aquí, sácame de aquí!.

Al final, lo compró y se lo encasquetó. Al salir no pide evitar derramar unas lágrimas por no poder haberme despedido de mis amigos. Allí se quedaban prisioneros en el escaparate. Por primera vez en mi vida de sombrero pude experimentar la caricia de una brisa.

Llegamos a su casa y tuve la novísima sensación de lo que era ser colgado en un perchero. Allí no había más sombreros y tuve que acostumbrarme a establecer relaciones con paraguas, bastones, y prendas de vestir. Fue como viajar a otra dimensión. También, tuve que acostumbrarme a vivir en un mundo poblado de sonidos hasta que llegaba el silencio que acompañaba mis noches en el perchero.

Todos los días salía a pasear y cabalgaba montado en  la cabeza de mi dueño.  Antes de salir mi amo me cepillaba cuidadosamente lo que me hacía sentir un placer maravilloso.

Pasó el tiempo y, siendo ya un venerable anciano, a mi dueño le dio por abandonar este mundo. Entonces, me  entraron escalofríos al pensar en cuál sería mi destino.

Pasé una larga temporada colgado en el perchero hasta que un día me descolgaron y me llevaron a una tienda de las llamadas de artículos de segunda mano.

En mi nuevo hogar no tuve más remedio que acostumbrarme a convivir con especies hasta entonces desconocidas para mí, pero no me quedó más remedio que aguantar hasta que alguien me rescatase y pudiese, así, disfrutar de una nueva vida.

Un día, mientras curioseaba entre todo lo que allí había, un calvo se decidió a comprarme. Sentí una felicidad inenarrable, se había consumado uno de los deseos más ardiente que tenía desde que me confeccionaron.

Inesperadamente me pusieron de luto. Mi dueño enviudó y me tiño de negro. Cuándo pasaba por delante de mi antigua morada, el escaparate de la sombrerería, mis amigos no me reconocían.

El calvo, que era sordo y que de la vista no andaba muy bien, fue arrollado por un coche en un paso de peatones y allí quedé yo tendido en la calzada.

Una mano generosa me cogió y, supongo que porque me vio bastante ajado por el uso y el paso del tiempo, me depositó en una papelera cercana al lugar en el que se produjo el fatal accidente.

De ahí pasé a ser fiel acompañante de un músico callejero que no me dio un mal uso. En su compañía me convertí en un melómano.  Además, tenía la ventaja de que mi dueño no tenía necesidad de darme de comer, lo que, dadas las circunstancias, hubiese corrido el riesgo de  ser abandonado.

Pasó el tiempo y aquel músico callejero fue escuchado por un viandante al que sorprendió con su buen cantar y decidió promocionarlo. Volví a quedarme solo.

Viejo, ajado, y desteñido, terminé en el suelo sirviendo de alcancía a un desventurado Sorprendentemente no me sentí humillado, al contrario, con el contacto de las monedas que en mí depositaban los que se apiadaban de mi dueño, me sentía feliz . ¡Me había convertido en un sombrero rico!.

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