La caja de galletas
La
caja de galletas
Por
Félix Massó Milleiro
Soy una galleta de esas que bautizan
con chocolate con leche. Vivo en una caja de galletas de hojalata, una caja de
galletas de las de siempre. No me gustaría vivir en una caja de galletas de
plástico, en una caja de zapatos, o estar prisionera en una caja fuerte, aunque
estuviese repleta de dinero para galletas.
Mis primas carnales son las galletas
de chocolate negro y las de chocolate blanco. Muchas de las galletas de
chocolate blanco odian a las de chocolate negro. Es algo que no acabo de
entender, porque, al fin y al cabo, todas somos galletas.
Las de nata, las de coco,
las de vainilla, también son rechazadas y despreciadas por algunas otras galletas,
que no son, precisamente de chocolate blanco.
Antes de nacer nos amasan y
así, entramos al horno muy relajadas.
Hace muchos años, las cajas
de galletas de hojalata pasaban de padres a hijos, eran como miembros de la
familia.
Una galleta amiga mía me
contó que, en cierta ocasión, pasó unos días en una caja de galletas que tenía
un negrito con una bandeja de frutas confitadas pintado en la tapa. Supongo que
a algunas galletas de chocolate blanco no les haría mucha ilusión vivir en esa
caja. Lo digo por lo del negrito.
Envidio a las galletas
marineras. Viajan en barco por todos los océanos del mundo. Además, algunas veces
se convierten en verdaderas heroínas. Es el caso de las que ayudaron a
sobrevivir a un tal Robinsón Crusoe durante el
tiempo que permaneció solo en una isla. Desconozco si Viernes llegó a
tiempo para degustarlas.
A las galletitas saladas les
encanta ir de bares. Son muy aficionadas
a tomar el sol en las mesas de las terrazas.
La élite de las galletas viven
en sus propias cajas de hojalata desde que salen del horno. Es su manera de evitar compartir vivienda con las
galletas pertenecientes a las clases medias y bajas. Son galletas de mucho postín.
Desconozco cuales son las razones
que mueven a los que abren una caja de galletas y le presten más atención a las de chocolate
que a las demás.
Cuando me llegue el turno de
ser comida, me gustaría que me mojasen en café con leche. Me pondría blandita y
me dolerían menos los mordiscos.
Las galletas no podemos
quejarnos, peor lo pasan los pobres picatostes, que tienen que sufrir el
tormento del horno y el de la sartén. Desconozco si existen cajas para
picatostes y si son de hojalata como las nuestras. Con frecuencia y sobre todo,
en el caso de las galletas pertenecientes a clases medias y bajas, nuestra
primera vivienda suele ser una caja de cartón, no obstante enseguida nos cambian
de domicilio; es decir, a la caja de galletas de hojalata.
Esto solo sucede si nuestro
dueño no resulta ser un glotón, o que no nos coloquen en la mesa que suele
estar en frente al televisor. En ese caso no tenemos oportunidad de disfrutar
tal privilegio. Parece ser que a los humanos les pasa algo parecido. Algunos pasan
toda su existencia en unas cajas a las que llaman chabolas.
Nuestras primas las pastas
no necesitan caja porque tienen una vida un tanto efímera y no les da tiempo a
acomodarse en ninguna vivienda. Esto es porque las compran y las llevan de
visita a casa de alguien que las está esperando
con el café con leche preparado.
Los churros, a los que
estamos unidos por cierto parentesco, les sucede lo mismo que a los picatostes.
En su caso prefieren ser ablandados en chocolate caliente.
Las porras son los ascendientes
de los churros, algo así como sus abuelos. Viven en territorio madrileño y como
las porras no estén sujetas a la obligación de pagar impuestos igual les daría
lo mismo vivir en cualquier otro sitio; digo yo.
Las galletas de coco me dan
un poco de miedo. No suelo compartir
vivienda con ellas.
Como las galletas carecemos
de formación académica, desconocemos que es el cacao que dicen forma parte de
nuestros genes.
Algún día, por razones
obvias, me gustaría compartir mi caja con galletas María.
No puedo dejar de mencionar
a la aristocracia de las galletas; me refiero a las galletas “príncipe” que
siempre tratan de esconder el chocolate.
Lo ideal sería vivir en una gran
caja de galletas surtidas en donde todas tuviésemos la misma posibilidad de ser
degustadas; y si es de hojalata, muchísimo mejor.
Les ruego que me perdonen
por haberles dado tanto la lata.
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