El árbol
Por Félix Massó Milleiro
En la charca del jardín vive un grupo de peces rojos ajenos al
mundo exterior, independencia que le impone su propia naturaleza. Mientras
tanto, los zapateros se deslizan por la superficie, sorteando el nenúfar que, ocasionalmente,
regala una flor.
En la mitad de mi vida, lo arranqué del borde de un arroyo y
lo planté al borde de la charca. Con el paso del tiempo se convirtió en un
grandioso abedul. Cuando el viento lo balancea, sus ramas más bajas acarician las
de un cercano cañaveral. A veces, una pareja de
torcaces lo utilizan como atalaya desde donde descienden a beber en la
charca, y regresan al árbol desde donde emprenden el regreso su nido.
En las cercanías, un majestuoso acebo se abraza a un próximo y
viejo cerezo. El cerezo, con la llegada de la primavera florece, y días más
tarde derrama su nieve sobre la hierba de sus alrededores, cubriéndola con un sorprendente
manto blanco. Cuando algún joven gatito se encarama a una de sus gruesas ramas,
los hace sentirse vivo. Al otro lado de la casa, crece otro cerezo, de su misma
edad, que él no conoce.
Al pie del cerezo se encuentra una mesa cuyo pie fue levantado
con piedras que en otro tiempo fueron casa, y algo más lejos, en un parterre, un viejo y
oxidado arado disfruta de un merecido descanso.
En las proximidades de la charca crecen, también, una pequeña
higuera y un joven peral que tiende a crecer inclinado, pareciendo querer remedar un gesto de reverencia a sus mayores.
Este año, una pareja de mirlos anidó entre la enredadera del
cierre que rodea el jardín. Se afanan en llevarle pequeños gusanos a sus recién
nacidos polluelos que, ansiosos, los esperan en el nido.
En una esquina del jardín hay un hórreo construido con madera
que en otro tiempo estuvo viva. En otra esquina está el pozo en el que bebe la
charca cuando está sedienta.
En ocasiones, al atardecer, se ve a alguna mariposa colibrí revoloteando
cerca de las flores, recién abiertas para pasar la noche, de los Don Diego que
crecen al borde de la parte de la galería que da al jardín.
El abedul está herido de muerte y, mañana, vendrán unos
hombres que, convertidos en arañas, lo rodearan con sus hilos, treparan por él,
y lo devorarán.
En el suelo quedará su recuerdo.
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