Ronquidos

Por Félix Massó Milleiro

Andrés apuraba sus últimos años como empleado de una correduría de seguros.

Muy al atardecer, de regreso a casa, y después de la cena, le llegaba la hora de acostarse.

En la cama, tratando de conciliar el sueño, escuchaba, pacientemente los ronquidos, gorgoteos, sibilancias, ronroneos, bramidos, el clic clac del cerrarse y el abrirse de la glotis, y otros variados, y casi indefinibles, sonidos que su compañera emitía mientras dormía, y que lo transportaban a situaciones de los más insólito e inesperado.

Los gorgoteos hacían que en su estado de ensoñación se transformara en un buceador que escuchaba el sonido que hacia el aire al ser expulsado por la válvula de su su escafandra autónoma, mientras trataba de arponear a un enorme sargo que se paseaba por los alrededores de donde él se encontraba.

Al escuchar el sonido de las sibilancias se convertía en el maquinista de una gran locomotora de vapor, y percibía los sonidos de la salida del vapor por las válvulas de su mecanismo de tracción.

En ocasiones se sentía un experimentado cazador situado de pie al borde de la sabana, mientras escuchaba el lejano rugir de los leones.

Tampoco era raro verse transformado en un mahout guiando a un elefante en el Festival de los Elefantes de Jaipur, atendiendo a las señales que le enviaba el animal con sus bramidos. 

Cuando el sonido era el clic clac que producía la glotis de su compañera, se imaginaba sentado en un sofá, leyendo un libro, mientras escuchaba el tictac de un antiguo reloj Morez de pesas.

A veces se sentía como si al otro lado de la cama lo acompañase un enorme gato Maine Coon, que emitía un sonoro ronroneo de placer.

En otras ocasiones se transformaba en Buffalo Bill, persiguiendo, y disparándole con su rifle Springfield Trapdoor, a una manada de bisontes para dar de comer a los trabajadores del ferrocarril de Kansas Pacific Railway.

En los momentos de silencio se imaginaba un astronauta en el transcurso de un paseo espacial, en la soledad del inmenso espacio que lo rodeaba, mientras contemplaba el diminuto y vulnerable planeta en donde habían quedado sus seres más queridos.

Entonces Andrés se despertó en la soledad de su habitación, se percató  de que todo había sido un sueño, y le invadió una profunda tristeza. Se levantó pensando en cuanto no daría por tener a su lado a una compañera que amara y que, con sus ronquidos le recordara que estaba allí, viva, para compartir con él sus penas, y sus alegrías.


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