El columpio

Por Félix Massó Milleiro

Cuando era pequeña, y me visitaba, no podía dejar de sentir que en el entorno de la casa algo le faltaba a la niña.

Estando bien entrada la primavera, paseando por el jardín, observé a un petirrojo balanceándose en una de las  ramas más delgadas  de un árbol. Aquello atrajo mi atención, pero el pájaro emprendió el vuelo, y yo reanudé mi paseo.

En el transcurso de los días siguientes, inexplicablemente, me venía a la cabeza, de manera fugaz, la imagen de petirrojo en el árbol.

El caso es que se aproximaba una próxima visita de la niña, y yo seguía sin resolver el enigma. ¿Qué era lo que faltaba allí que pudiera hacerla feliz?.

En uno de mis sueños la niña observaba un reloj de péndulo mientras extendía sus brazos como si quisiera alcanzarlo. En ese instante se interrumpió el sueño. Me desperté y traté, infructuosamente, de encontrarle un significado a lo que había soñado.

Otra noche, el sueño se repitió pero no estaba la niña, sin embargo, en el péndulo del reloj se balanceaba una mariposa.

Paseé por mi infancia buscando momentos felices con la intención de encontrar alguna pista que me ayudase a responder a la pregunta que me obsesionaba. Absorto en mis pensamientos, fue cuando me di cuenta de que el deseo que tenía de visitar, preferentemente,  a uno de mis amigos, era porque en la huerta de su casa había un columpio. Por fin, había encontrado la tan buscada respuesta.

Construí un columpio y lo colgué de una de las ramas del árbol.

Desde que estuvo el columpio, cuando venía la niña, parecía sentir que alguien la llamaba.

-ÍEh, estoy aquí!

-¡Soy tu columpio!

Cuando la niña no viene, el columpio está triste.

Los días de viento, un leve balanceo mitiga su pena.

Cuando  pasen los años y la que era la niña recuerde el columpio, se acordará de mí.

Ahora, la niña es una jovencita morena y espigada. Su fisonomía me recuerda a una sacerdotisa venida del Egipto faraónico.

Esta jovencita, se llama Noa.

 

 


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